MOLINOS DE VIENTO EN BROOKLYN de PRUDENCIO DE PEREDA

Para sugerir la lectura de Molinos de viento en Brooklyn sobran los motivos. Tal vez habría que empezar por uno de carácter editorial, destacando la valentía de Hoja de Lata a la hora de jugársela con autores foráneos y desconocidos, sabiendo lo que eso puede representar para una pequeña editorial. Otros tienen que ver con la singularidad del autor, Prudencio de Pereda, nieto de emigrantes españoles que a principios del siglo pasado cruzaron el charco para buscarse la vida en las calles de Brooklyn. El interés por la tierra de los abuelos estuvo siempre presente en su narrativa y, muy especialmente, en esta novela de carácter autobiográfico.
Prudencio de Pereda, a pesar de tener tres novelas publicadas y alguna de ellas traducida al alemán, ha sido, hasta la fecha y especialmente en España, un autor no solo desconocido, sino también invisible. Y, dicho esto, conviene recordar que Molinos de viento en Brooklyn tiene en su edición española otro valedor, además de la editorial Hoja de Lata, sin cuya intervención este libro y su autor seguirían, probablemente por mucho tiempo más, en el olvido. Me refiero al también escritor y bibliófilo Jorge Ordaz, quien, en su permanente afán por buscar en el más allá de la literatura convencional, tuvo la oportunidad de cruzarse con la versión original de este libro y proponérselo a la editorial dirigida por Daniel Álvarez Prendes y Laura Sandoval.
Pero hay más razones a favor de la obra, como su carácter ilustrativo sobre el destino de una comunidad de españoles que eligieron los Estados Unidos como tierra de promisión, en lugar de encarar sus vidas hacia tierras del centro y del sur del continente americano. También, cómo no, Molinos de viento en Brooklyn se justifica por sí misma, por la forma en que está narrada y la habilidad del autor para encandilarnos con una obra que, de ser encuadrada en algún género literario, compartiría espacio junto a pícaros ilustres como Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache o el Buscón.
Desde la perspectiva de un narrador en primera persona, que no es otro que el propio Prudencio de Pereda, la historia transcurre en dos partes muy bien tramadas. En la primera, el niño Prudencio, de la mano de su abuelo, del buscavidas y malhadado Agapito, y de otros personajes entreverados en la historia, va conociendo los entresijos de un oficio tan singular como desconocido, el de “teveriano”. “Mi abuelo se dedicaba a la forma más estigmatizada del negocio de los puros: era un teveriano o ‘traficante’, uno de esos vendedores ambulantes menospreciados por el resto del sector, porque negociaban solo con mentiras: etiquetas falsas, falsa representación de sí mismos y mercancía falsa –unos cigarros muy baratos por los que pedían después precios exorbitantes–, y eso dejaba todavía en peor lugar a los españoles, que estaban hartos de la situación y bastante tenían ya estando relacionados con el negocio legal de los puros”. Unos primeros capítulos que avanzan hasta la incorporación a filas del personaje y su participación en la Segunda Guerra Mundial.
En la segunda parte, la narración nos devuelve a la adolescencia del protagonista, a sus amores imposibles y a la intensa relación con su abuelo, representante por entonces de “La España”, la asociación cultural donde se congregaban aquellos españoles de Brooklyn.
La obra de De Pereda es, en realidad, un homenaje a una forma de vida y a aquella diáspora española que en la segunda mitad del siglo XIX abandonó el país en dirección al continente americano. Algunos recalaron en Nueva York, concretamente en la calle 14, entre las avenidas séptima y octava, configurando lo que se vino a denominar el Little Spain, que llegó a congregar a una comunidad de unos 25.000 españoles. Otros prefirieron Brooklyn, como los abuelos del autor, gracias a cuya capacidad narrativa podemos hoy disfrutar de estos Molinos de viento en Brooklyn.

CARPAS PARA LA WEHRMACHT, de Ota Pavel



A los acontecimientos históricos del siglo pasado podemos acercarnos de diferentes maneras. Una es a través de los libros de texto o de los ensayos académicos que, con intencionalidad pedagógica y presumible objetividad, nos instruyen sobre esos precedentes que nos inquietan. Las novelas históricas, profusas en detalles y personajes que se alternan o evolucionan a través de inagotables páginas según los modelos del siglo XIX, son otra posibilidad. Son historias contadas a vista de gran angular, donde los paisajes son extensos, las acciones y los protagonistas muchos y la dimensión de lo narrado abarca múltiples escenarios.

Pero hay otras narrativas, las que nos acercan al pasado no tanto desde los hechos acontecidos sino desde el punto de vista de los personajes, primando el relativismo de sus percepciones. Se trata aquí de reemplazar el gran angular por la lente macro, penetrando en la esencia del personaje, pasando de la literatura de magnitud a la literatura de profundidad.

Carpas para la Wehrmacht, de Ota Pavel, también mira al mundo desde sus protagonistas, transita por los acontecimientos como si la historia fuese un escenario donde los personajes se ven obligados a vivir. Son ellos, su punto de vista, el tamiz al que Pavel recurre para acercarnos a unos momentos en los que, obviando la objetividad de la crónica o la pluralidad de una novela coral, apuesta por la intensidad emocional de una primera persona, la suya.

Ota Pavel nació en Praga en el año 1930, se convirtió en periodista deportivo y ejerció como cronista en las olimpiadas de Innsbruck del año 1964. Allí experimentó los primeros síntomas de una enfermedad mental que lo apartaría del periodismo, pero que le permitiría encontrar en la literatura una forma de terapia con la que aliviar sus conflictos, convirtiéndole en un valioso escritor autor de dos obras autobiográficas, Carpas para la Wehrmacht y Cómo llegué a conocer a los peces, ambas publicadas por Sajalín Editores.

Carpas para la Wehrmacht es un conjunto de relatos que, por su cronología y reiteración de personajes, bien podría considerarse una novela autobiográfica. Aunque escritos en primera persona por un narrador que fácilmente identificamos con el propio Pavel, el auténtico protagonista es su progenitor, el singular Leo Popper, cuya peripecia transcurre a lo largo del periodo comprendido entre los años previos a la ocupación alemana de Checoslovaquia y la época estalinista.

Leo Popper es un iluso, un quijote obsesionado por los negocios y los peces, hasta el punto de adquirir una balsa donde criarlos esperando hacerse rico con su venta. Su historia es la de un fervoroso soñador que vende electrodomésticos hasta llegar a convertirse en campeón del mundo de la empresa Electrolux, mérito insignificante llegados los tiempos de la supervivencia. Vivió los años del protectorado nazi de Bohemia y Moravia, padeció miseria, por judío fue despreciado y represaliado, y trabajó con dos de sus hijos en un campo de concentración hasta acabada la guerra. 
Las consecuencias del estalinismo fueron su última frustración.

En poco más de cien páginas y conjugando a la perfección la profundidad del drama con el humor ácido que desprenden las historias de un padre corajudo y persistente, Ota Pavel construye la narración de una historia familiar repleta de complicidades, y es a través de esos ojos que vamos descubriendo los hechos que forman parte de la historia reciente.

Carpas para la Wehrmacht tuvo tal vez para Ota Pavel un efecto terapéutico, pero su narrativa trasciende las fronteras de lo interior, sus relatos no son composiciones acotadas por los límites de su enfermedad, van mucho más allá. Tan allá como sea necesario para hacer de un relato particular una historia universal apta para lectores exigentes.

CAMPO ROJO, de Ángel Gracia

Hay quien se sienta a pensar sobre el alma y termina por alabar sus bondades, pero hay quien apuesta por vivir y resuelve que el difícil trecho de la existencia está plagado de hijos de puta, a los que odiaremos con ahínco mientras no podamos acabar con ellos o alejarlos de nuestras vidas.
Leyendo “Campo rojo” (Editorial Canmdaya) uno saca en conclusión que Ángel Gracia despreció durante algún tiempo la vida contemplativa y prefirió narrar lo humano desde lo vivido, desde esa experiencia que salva de las equidistancias y apuesta por la contundencia de los hechos.
Conocí al autor en Zaragoza, durante la pasada feria del libro que tuvo lugar en el mes de junio, me lo presentó Miguel Serrano Larraz y con ellos estaban, entre otros y otras, Nacho Tajahuerce y Miguel Ángel Ortiz, autores también aragoneses. Después nos fuimos a comer el menú del día a un restaurante chino, detalle que da idea de cómo han cambiado los tiempos y en qué medida los escenarios literarios se han globalizado, pasando de los recoletos cafés de inspiración colonial a los transfronterizos salones decorados con farolillos rojos, entre aromas de rollito de primavera y arroz tres delicias.
Allá por los años setenta, William Golding, en su icónico libro “El señor de las moscas” congregó en una isla a una treintena de muchachos para enseñarnos que la crueldad y los peores instintos son inherentes a la lucha por la vida, incluso en los primeros años de nuestra existencia. Algunas décadas más tarde y a falta de isla, Ángel Gracia nos traslada a la periferia de Zaragoza, al barrio de La Balsa, para hablarnos también de cómo la violencia y la dominación forman parte de nuestras experiencias más tempranas.
Cuenta el libro que al barrio de La Balsa también se le conoce como Los Molinos, que más allá está la Academia Militar y todavía más lejos el colegio de los Escolapios, “donde estudian los chavales mariquitas con los curas maricones”. La Balsa está en Casa Cristo, pero desde allí, como una sarcástica metáfora, se puede ver el ir y venir de los coches por la autopista en dirección a Madrid y Barcelona. A lo lejos, cuando los días amanecen limpios, se divisa el Moncayo y envolviéndolo todo, no fuese que al paisaje le faltase elocuencia, la pestilencia de Almidones del Ebro y La Papelera, convierte el aire en una mezcla de gases infectos que los moradores están obligados a respirar.
En el barrio de La Balsa está el Campo Rojo, “un descampado donde germinan los hierbajos y los escombros”, un espacio convertido en campo de batalla y de aprendizaje. El Campo Rojo es eso, el lugar donde se crece a pescozones y a hostia limpia. Todos hemos conocido algún Campo Rojo y es que cuando se es niño, los resortes de la existencia se equilibran entre las cuatro paredes de una clase, en el patio de una escuela o en descampados siniestros. Quizás porque el tema es universal, nunca han faltado plumas dispuestas a construir vehementes argumentos en un intento por conjurar demonios y dar sentido a las complejidades de la niñez.
La literatura, guste o no guste, cumple una función redentora, de los propios pecados, de los dramas nunca resueltos o de los agravios recibidos. Cuando el conflicto está en la infancia, la función reparadora es más incuestionable y Ángel Gracia, sin que yo sepa qué conflicto resuelve, se adentra en ese territorio, resbaladizo como las truchas y tan onírico siempre, que la diferencia entre lo real y lo imaginado depende de la benevolencia del recuerdo.
Sin escatimar detalles y con un tono que ayuda a confraternizar con el relato, nos va descubriendo que la crueldad es tan inherente al ser humano como la bondad y que, sin desvelarnos qué nos hace más propensos a una o a otra, nos demuestra que el primer manual de supervivencia se escribe en esas páginas iniciales de nuestra historia.
“El Gafarras”, protagonista de este relato a quien un narrador en segunda persona parece interpelar convirtiéndolo en el foco que ilumina la novela, siente odio, una emoción tan propia como el amor, porque es el sentimiento inevitable ante la impotencia para afrontar el escarnio. Ángel Gracia lo cuenta sin paños calientes, con el detalle de quien está seguro de no haberse perdido nada, convencido de que el odio tiene que reposar sobre evidencias, sobre hechos  que lo sostengan. No importa si el agravio sobre el que descansan el desprecio y el asco es proporcional a la emoción, lo que importa es lo que queda, un poso que cristaliza y que por más que los años suavicen sus contornos, nunca dejará de ser una callosidad incómoda.
“El Farute”, “El Bandarras”, los “Guaperas”, “El Santito” o “El Bruslí”, existen más allá de “El Campo Rojo”, habitan en cada infancia, son las caricaturas de la mezquindad, los heterónimos pasajeros que un día, cuando lleguen los años de madurez, ellos mismos se esforzarán por enterrar, como si nada hubiese sido real, apenas una broma, un divertimento inocente de la primera juventud por el que deben ser perdonados. Los demás se preguntarán cuánto de aquello quedará ahora, si los malos instintos no dejarán adherencias, si serán también efímeros, como las paperas, la rubeola o cualquier otro mal de infancia que una vez superado inmuniza para siempre.
“Si estuviera permitido matar, si no te encerrasen en una prisión o en un correccional como castigo, si no dieras un disgusto de muerte a tus padres por ser un asesino, te gustaría golpear en la cabeza con un pedrusco al primer malnacido que te llame Cautroojos”, confiesa “El Gafarras”. La diferencia entre maltratadores y maltratados es que los sentimientos de los segundos son menos porosos al bálsamo del tiempo.
"Campo rojo" se presento en la librería Alibri de Barcelona el 9 de junio de 2015. El autor, Ángel Gracia, estuvo acompañado por Milo J. Krmpotic.
Podéis ver íntegra la presentación en el canal de Bracket Cultura en Youtube.

EL RESURGIR DE LA EDICIÓN ASTURIANA


Hace aproximadamente diez años, el autor y traductor asturiano José Luis Piquero publicaba un documento que llevaba por título Diez años (y algo más) de literatura en Asturias, donde ponía al día unas publicaciones previas de Álvaro Ruiz de la Peña y José Antonio Martínez que recogían lo más significativo de la poesía y prosa asturianas hasta el año 1991. En ese pormenorizado documento, Piquero no solo hacía mención a los nuevos nombres de la literatura del Principado, sino que vinculaba la notoriedad y visibilidad de los autores a la eclosión de recientes sellos editoriales y a la creación de diferentes premios literarios que contribuirían activamente a la dinamización de las letras asturianas.

En el año 2006, con motivo del efímero Saló de Llibre de Barcelona, tuve ocasión de colaborar en el proyecto Literatura emergente en Asturias, que permitió acercar a la Ciudad Condal diferentes autores asturianos y una generosa muestra de la obra publicada por las editoriales agrupadas en el, ya también extinto, Gremio de editores de Asturias. En aquella comitiva de las letras asturianas solo un editor estuvo en Barcelona, Álvaro Díaz Huici, de la editorial Trea, quien en compañía de los autores Pedro de Silva, Javier Lasheras y Jorge Ordaz participó en la mesa redonda que llevaba por título El auge de las letras asturianas. El rigor y buen hacer de Díaz Huici tuvieron su reconocimiento el año pasado concediéndole el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural por su compromiso con la temática de la gestión cultural.

Mucho han cambiado las cosas a lo largo de estos años y no siempre para bien. Diferentes son los motivos a los que podríamos recurrir para argumentar la pérdida de fuerza de aquel motor editorial que Piquero vinculaba, con acierto, al resurgir de una literatura que, como toda literatura periférica, adolecía mayoritariamente de proyección exterior. La crisis económica sería uno de ellos y también el cambio de paradigma de un sector abocado a transformaciones inevitables. Aunque existen también otras causas menos coyunturales, achacables en mayor o menor medida al oficio de algunos editores y que tendrían que ver con cierta falta de ambición, traducida principalmente en un exceso de localismo que convierte en casi anecdótica la distribución de la obra publicada, más allá de los límites regionales.

Pero no todo está perdido, y aunque en términos económicos no podamos hablar en mayúsculas de un mercado editorial asturiano que genere riqueza, hay nuevas apuestas dirigidas por editores independientes muy jóvenes que van tomando forma, algunas son propuestas recientes pero sólidas, con catálogos que pronostican voluntad de quedarse, como es el caso de Hoja de Lata, dedicada a la publicación de narrativa contemporánea y ensayo o Pez de plata, con obras ilustradas y una apuesta por los nuevos narradores españoles. Más trayectoria tiene Satori Ediciones, con un catálogo tan específico como valiente, dedicado en exclusiva a la literatura y cultura japonesas.

Otros sellos son más incipientes y casi testimoniales, más cercanos a proyectos creativos de jóvenes emprendedores a los que conviene no perder de vista, y ahí me atrevo a incluir la propuesta de Dos Cuervos Ediciones que, abiertamente y sin complejos, se definen como “proyecto de autoedición entre el libro de artista y la obra gráfica, con ediciones limitadas y numeradas”.

Aventuras Literarias es un experimento híbrido, una aventura a caballo entre lo digital y lo analógico cuya resultante es un complemento para esos lectores preciosistas que buscan rastrear las huellas geográficas de la literatura clásica. Partiendo de una experiencia cartográfica digital, su voluntad es trasladar al papel las rutas literarias de las grandes obras y personajes novelescos. De momento hay que conformarse con Edgar A. Poe, Daniel Defoe, Kipling, Jane Austen y Sherlock Holmes, lo demás está en camino.

Cuando el guionista Karl Tunberg escribía los diálogos entre los personajes representados por Jack Hawkins y Charlton Heston para la legendaria película Ben-Hur, poco imaginaba que cincuenta y seis años después unos jóvenes asturianos se valdrían de ello para ponerle nombre a su flamante editorial. Como el galeote Judá Ben-Hur, la editorial Rema y Vive,  también confía en resistir al menos tres años y un mes publicando ensayo cultural. De momento, con cuatro títulos en la calle y algo así como un año de existencia, navegan dentro de las coordenadas trazadas.

Asturias siempre ha sido un territorio propenso a las iniciativas asociativas con voluntad transformadora y una de ellas es Cambalache, creada en el año 2002 por un grupo de jóvenes procedentes del movimiento estudiantil universitario. Desde sus inicios ha sido un  proyecto heterogéneo en el que han cabido diferentes propuestas, una de ellas Cambalache Libros, sello editorial que, además de narrativa y ensayo, edita la revista La Madeja, publicación feminista de carácter periódico.

Bestia Audax es otro de esos proyectos editoriales consecuencia de iniciativas híbridas como las de la Asociación Cultural Jaseljof, dedicada a la promoción de eventos culturales relacionados con la literatura, la música o las artes visuales El propósito de Bestia Audax es producir títulos con temas vinculados a diferentes disciplinas artísticas, sirviendo a la vez como recurso económico para la financiación de los proyectos de la asociación.

Quizas Suburbia sea una de las apuestas literarias más complejas. Además de tener que sortear las dificultades de un sector en horas bajas, asume el reto de publicar en lengua asturiana, lo que convierte su empeño en una aventura más incierta. Sea como fuere, Suburbia lleva batallando desde el año 2007, está cerca de los cincuenta títulos publicados en diferentes colecciones que tratan sobre narrativa, ensayo, historia y literatura infantil, y es un sello de referencia para conocer la nueva literatura producida en lengua asturiana.

Buena parte de estas editoriales y quizás alguna más, crecen con la voluntad de conseguir visibilidad más allá del neblinoso Pajares, conscientes de que, aunque el tan saeteado mundo editorial se resiste a doblar las rodillas, hacer cultura alejados de las centralidades barcelonesa o madrileña no es tarea fácil ni bien entendida.

Durante los últimos tres años, sin otra ayuda que la del Centro Asturiano de Barcelona, pero sin gremios de por medio ni apoyos institucionales, los nuevos editores asturianos y algunos más veteranos, se han organizado para estar en Barcelona y saborear las esencias de Sant Jordi en esa vorágine festiva saturada de oferta, en la que acostumbra a primar la literatura mediática o de gran distribución.


Laura Sandoval y Daniel Álvarez, de Hoja de Lata; Mónica Vacas y Daniel Castillo, de Aventuras Literarias y Jorge Salvador Galindo de la editorial Pez de Plata han personificado en Barcelona ese colectivo de nuevos editores. Sean todos bienvenidos y ojala el futuro les sea propicio.

AUTOPSIA de Miguel Serrano Larraz



Que la escritura transcurra por los territorios de la infancia tiene sus riesgos, uno de ellos es que la narración no pase de ahí, que se enquiste en el yo y que muera al poco tiempo por falta de oxígeno literario, reducida  a un discurso auto referencial tachonado de lugares comunes, más o menos originales, y en los que el autor se deleita sin caer en la cuenta de que la suya es una historia que él necesita plasmar pero que nadie, o muy pocos, necesitan leer.

Pasar de lo particular a lo universal, convertir la escritura en literatura es el gran reto y la infancia o la adolescencia son terrenos comunes porque todos hemos tenido una y, como en los enamoramientos incondicionales, la nuestra, para bien o para mal, nos parece la más singular y extraordinaria.

Dice Leonardo Sciascia que todo sucede en los primeros diez años de nuestra vida y William  Wordsworth decía que el niño es el padre del hombre, recordándonos que ese niño nos perseguirá durante toda nuestra vida.

"Autopsia" (Candaya, 2014) tiene bastante de eso y, sea desde el terreno de la auto ficción, de la autobiografía o sencillamente desde la creación de un universo inventado con soplos de realidad, Miguel Serrano nos transporta a una historia pendular en la que alterna la petición de indulgencia por actos de acoso contra una compañera de instituto, con la denuncia por la agresión sufrida a manos de un grupo de skin heads, todo ello en un relato fraccionado, trazado a modo de collage y organizado en base a idas y venidas articuladas en historias superpuestas, en ocasiones formuladas como narraciones breves con vida propia.

Cuando se le pregunta al autor por las motivaciones de este trabajo nos remite a su adolescencia y al temor que le infundían aquellas bandas de rapados que crecían a la sombra del final de siglo, un temor que él comparaba con el que sentían los jóvenes acosados en los colegios, señalados por el dedo acusador de alumnos envalentonados entre los que destaca el protagonista de esta historia.

Esta reflexión es la que da origen a "Autopsia", una novela con geografía, un relato de tintes locales que asume el riesgo de perderse en divagaciones costumbristas, sólo interesantes para quienes busquen en la obra rincones reconocibles.

Ese reto lo supera Miguel Serrano con la construcción de una trama fragmentada en la que va desgranando una historia cargada de reflexiones en un paisaje reconocible, Zaragoza, ciudad donde vive y desde la que escribe, pero extrapolable por la universalidad de los conflictos que plantea y en los que profundiza con la narración implacable de quien lleva tiempo discurriendo por los caminos de la poesía y la prosa.

La violencia, la amistad, la dependencia afectiva, el oportunismo o la supervivencia en unos años a caballo ente la década de los ochenta y los noventa, son la base sobre la que se asienta "Autopsia" mientras que al fondo, los perfiles de ese paisaje muy definido pero con actores creíbles, sirven para dar entidad y singularidad a la obra, para superar eso que simplemente por el tema podría hacerla anodina y plana.

"Autopsia" es una historia contada en primera persona a través de un narrador que asume la identidad del autor. A una primera parte más reflexiva e introspectiva le sigue una narración más fluida en la que el autor imprime dinamismo a la historia, creando ese punto de tensión que el relato necesita para funcionar.

Realidad o engaño, da igual, no interesa tanto cuánto del autor hay en la obra sino esas motivaciones que llevan a Miguel Serrano Larraz a escribirla y la manera en que lo hace, sorteando los charcos y evitando verse arrastrado a construir una historia más sobre jóvenes rebeldes, con o sin causa.

Cada vez son más los autores, muchos de ellos jóvenes, que apuestan por la propia exposición ante el lector, por la escritura intimista, una fórmula narrativa que por lo extensa y variada empieza a dotarse de nuevos epítetos que permitan diferenciar los subgéneros que va construyendo. No deja de ser una tentación arriesgada para quien considere que hablar en primera persona y de los sentimientos es una licencia al alcance de cualquiera. No le faltaba razón a aquel que dijo que si algo había que recriminarles a Raymond Carver o a Charles Bukowski era la gran cantidad de malos imitadores que habían provocado.

COLOFÓN


El día 8 de septiembre de 2012 llegué a Pamplona, desde donde me dirigí a Sant Jean Pied de Port para iniciar viaje a Logroño a través de la senda de El Camino de Santiago. Tenía por delante ciento sesenta y cinco kilómetros. 

El día de San Mateo finalizaba la ruta después de caminar el tramo de 20 km que lleva de Torres del Río a la ciudad de Logroño, cruzando la población de Viana. El trayecto fue corto y cómodo, aunque sobraba calor. Hacia el mediodía divisaba ya desde lo lejos las torres de la catedral de Santa María de la Redonda y poco después, al acabar una cuesta que me acercaba a la carretera por donde accedería al puente que se eleva sobre el Ebro, escuché un ruido creciente, como de turbinas, un ruido incómodo tras horas de soledad y canto de pájaros. Después de un recodo rematado por una arboleda, vi emerger sobre las copas las chimeneas de aluminio causantes del ruido y poco más allá, un grupo de personas silenciosas detenidas frente a la fachada de un edificio de planta baja con un rótulo en el friso que anunciaba "Crematorio Municipal". Sobre los tejados sonaban los cohetes de Logroño en fiestas mientras por las chimeneas de los hornos emergían hacia el cielo las almas de los muertos echas jirones de humo.

BERLÍN II (10 de octubre de 2011)




  ...después llueve.
Se han recogido los músicos y el murmullo de gorriones se pierde entre el chapoteo del agua en las ramas.
La esfera de la Fernsehturm brilla alcanzada por la claridad que atraviesa un resquicio entre las nubes.
Estira una mano y ahí están, confiados y atrevidos, comiendo migajas de entre los dedos.

BERLÍN I (10 de octubre de 2011)



En Berlín. Parque de la Alexanderplatz.
Suenan los músicos bajo las sombras de las copas que ese día solo protegen de nubes que amenazan lluvia.
Sentado en cualquier rincón se recomienda dejarse llevar por la música.
Al fondo, creciendo sobre las frondas que nos cobijan, se levanta el Fernsehturm como un estilete que quisiera reventar las nubes y vaciarlas de agua

HACIENDO CAMINO (2 de octubre de 2011)

A las 7,30 de la mañana del 24 de septiembre de 2011 tomaba un tren con destino a Barcelona donde haría escala para retomar viaje hacia Burgos.
Aquel sábado y a esa hora, la estación era un lugar siniestro por donde los viajeros desfilaban lentos con rostros abnegados y aspecto taciturno.
Llovía y solo las luces de algunas farolas clarean el paisaje de andenes vacíos y vías muertas rematadas por un almacén inútil de paredes mugrientas.
Entre la carga de la mochila no faltaba un cuaderno de anotaciones y un libro de Turguéniev que debía acompañarme en las horas vacías del camino. Apenas escribí nada y de Padres e hijos de Turguéniev, con esfuerzo rematé el prólogo a la obra. Nada tuvo que ver el libro con la falta de lectura, fue la ausencia de horas en soledad lo que me privó de ir más allá.
Conocí gente y escuché con atención. El Camino es eso, horas de polvo y calor, de frío y de lluvia cargadas de historias. Turguéniev podía esperar.
Quise escribir y no pude y me preguntaba cómo hacerlo sin caer en la prosa fácil, en el ripio meloso y cargante. Cómo conseguir trascender el impulso repentino si las emociones de cada día eran tan perfectas, tan elementales. Amaneceres que irrumpían por encima de los cerros bañando las choperas del camino; silencios interminables apenas malogrados por la respiración pesada del caminante y el crepitar del guijo bajo las botas; atardeceres en calma que inspiraban confidencias en torno a la mesa compartida del albergue.
Cómo escribir salvando todos estos obstáculos, todas las trampas que la sencillez impone y a las que es tan fácil sucumbir.
Así que decidí esperar, tomar distancia, dejar que la nebulosa escampase, tomar distancia y esperar si de aquello quedaba algún poso.

Primera alteración de la conciencia ajena a efectos psicotrópicos
Causa de la distorsión: La propia lluvia y la manifestación cortical de un empleado público.

En el perímetro de la reducida sala de espera nos observamos dos máquinas expendedoras, un banco vacío de color rojo, una máquina de validar billetes, una silla tras el mostrador de venta con un chubasquero en el respaldo y yo.
Las máquinas y el banco hace años que se observan. Yo acabo de llegar. El chubasquero colgado del respaldo de la silla no creo que lleve ahí demasiado tiempo, probablemente no más de una hora.
Cuando golpeo con los nudillos en el cristal no pasa nada. Las máquinas y el banco no se inmutan ni se alteran por el golpe inoportuno.
Después agacho la cabeza y acerco la cara a la altura de la ventanilla. Reclamo su presencia con un grito contenido y entonces aparece. También me mira, nos miramos todos. A él las máquinas ya lo conocen y lo ignoran.
Él no sabe quien soy pero me mira y también me ignora. Camina sin prisa desde el fondo hasta la silla donde reposa el chubasquero. Sostiene en las manos un rollo de papel higiénico. Mientras avanza separa unas hojas y se suena los mocos con ellas. Se sienta y me observa. Todos nos miramos, nos reconocemos sin interés, tal vez las menos sorprendidas sean las máquinas expendedoras, me han rechazado un billete de cinco euros. Quizás el menos vital sea el banco, es fácil olvidarse de él si no se está cansado.
Le acerco a él el billete de cinco euros que la máquina me ha rechazado y él me entrega el comprobante y una moneda de cambio. Luego encorva la espalda hacia adelante, coloca las manos sobre el regazo y mira.
La máquina de validar billetes parece atragantarse cuando le introduzco el boleto por la ranura. Las máquinas expendedoras, el banco y él me miran. El chubasquero no ve nada, la espalda de él lo comprime contra el respaldo de la silla.
Afuera llueva y hace fresco, ha comenzado el otoño.
Siento una inquietud que me carcome, una angustia que me anida en el estómago. Envidio la calma y la armonía del banco, de las máquinas expendedoras y la de validar billetes, la de la silla con la chaqueta en el respaldo y la del interventor que, sin apartar la vista de mi, me ignora.


(Breve anotación meteorológica sin trascendencia para el interventor que ha quedado atrás, sumido en su intensa labor observadora.)

Llueve…ahora a mares. Sobre el cristal del vagón los ríos de agua enturbian la visión. Todo es gris, el cielo y el paisaje, moteado por destellos de luces dispersas entre las naves de un polígono industrial y de una metalúrgica trazada por cintas transportadoras y tubos de metal.




CONSIDERACIONES PARA AUTORES ATRIBULADOS (...parte 1) - 18 de julio de 2011

La publicación el pasado día 10 de julio en el diario El País de un artículo de Juan Goytisolo cuestionando la calidad de los suplementos culturales y en concreto de las entrevistas realizadas a los autores, me ha llevado por eso de las inevitables asociaciones, al enfrentamiento de John Updike con el ensayista Kevil Kelly en octubre del 2008 a raíz de su propuesta de digitalización de todas las bibliotecas del mundo, abogando por una interactividad entre autor y lector reduciendo todos los libros a una gran publicación enlazada a través de un extensa red mundial de vínculos.
Respecto a Goytisolo, de quien en absoluto pondré en cuestión sus cualidades literarias, apunta en su artículo que la tendencia a la promoción de los libros no es más que una pérdida de tiempo y una “tendencia trivializadora impuesta por la moda”.

Por su parte John Updike, aprovechando la controvertida propuesta de Kevil Kelly, proclamó una defensa a ultranza del librero como vínculo entre el autor y el lector a la par que hacía gala de su casi inexistente concesión de entrevistas ni aparición en medios públicos durante sus primeros veinte años de autoría, a pesar de lo cual “la obra escrita se vendía por sí misma y se vendía sola”. Este tipo de posicionamientos, lícitos y comprensibles, no son ajenos a muchos autores consagrados de este y otros países, enormes autores que a pesar de su maestría literaria no son capaces de darse cuenta de cuánto y a qué velocidad cambia el mundo en el que ellos se desenvolvieron, especialmente a partir de esa compleja combinación provocada por las nuevas tecnologías y la crisis económica.

Cuenta Piglia en “El último lector” sobre la consternación de Kafka ante el uso de la máquina de escribir y cómo en la primera carta a Felice le manifiesta que “el inconveniente de escribir a máquina es que uno pierde el hilo”. La máquina de escribir, nos cuenta Piglia, separa históricamente la escritura artesanal y la edición. Cambia el modo de leer el original, lo ordena. De hecho fue inventada para copiar manuscritos y facilitar el dictado, pero rápidamente se convirtió en un instrumento de producción.

Si la aparición de la máquina de escribir tuvo semejante efecto en Kafka, no es de extrañar la desorientación y suspicacia que para muchos autores puede producir la imparable evolución de las nuevas tecnologías.

La primera paradoja está en que todos ellos (como todos los demás) escriben con la voluntad de ser leídos y algunos hasta para ganarse la vida. Por este motivo ceden sus derechos a una editorial, encargada de acercar el libro a los lectores a través de un mecanismo en el que además del autor, del editor y no pocas veces de un agente literario, están implicados el distribuidor y el librero, procedimiento tradicional que todos estos autores han conocido.

Es una obviedad no pocas veces olvidada que el texto generado por un autor, una vez adaptado al formato libro (cualquiera que sea el soporte) y puesto en la cadena descrita adquiere, mal que a muchos parece pesarles, la condición de producto de consumo.  Producto cultural eso sí, pero de consumo, poco diferente en su carácter comercial a una lata de atún o a unas zapatillas deportivas. Y me explico (*):

          • Va dirigido a un público determinado: El 57% de los mayores de 14 años se declaran lectores en su tiempo libre. El perfil medio es el de una mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.
          • Satisface una necesidad: Entretenimiento para el 85,2% de los lectores mayores de 14 años
          • Se comercializa a través de unos canales de distribución: Facturación del 52% en las librerías y cadenas y del 10% en hipermercados.
         • Se adquieren mediante el pago de una cuantía económica: Precio medio sin IVA de 12,67 euros en el año 2010.
         • Su comercialización conlleva el logro de un beneficio económico: Facturación en 2010 de unos 995 millones de euros en libros de literatura, infantiles y juveniles.

Estos mismos preceptos son tenidos en cuenta por cualquier empresa que pretenda hacer llegar sus productos a un público determinado, con la finalidad no solo de cubrir una necesidad sino también de aportar un beneficio a esos agentes implicados en el mercado en el cual el libro se desenvuelve. Tal vez el problema de base empiece por ahí, por no entender el concepto de mercado “Conjunto de operaciones comerciales que afectan a un determinado sector de bienes / Estado y evolución de la oferta y la demanda en un sector económico dado”, según acepción de la RAE.

Algo tan fácil de asumir en cualquier otro sector parece que se resiste a la comprensión de muchos autores literarios y lo que es más grave, a muchos editores. En todo ese proceso mencionado, desde la creación por parte del autor a la compra por parte del lector, la adecuada distribución, la promoción y la publicidad juegan un factor relevante sin el cual la venta sale perjudicada y la rentabilización de la inversión es poco menos que imposible.

Banalización de la literatura dirán algunos. En absoluto, digamos mejor dignificación de la cultura y de la industria vinculada a ella, en un país donde hemos interiorizado que como no sirve para nada debe salirnos gratis. La incomprensión de esta realidad unida a la escasa preparación comercial de no pocos editores hace que a veces resulte milagroso entender que este sector pueda salir adelante.

Pero ya entrados en materia y con las primeras reflexiones sobre el mantel, me permitiré avanzar sobre el asunto desmenuzando algunos detalles de poco o ningún interés para los autores consagrados, esos cuyos libros desaparecen de las librerías sin ningún esfuerzo y cuyas obras tienen garantizada su divulgación antes incluso de haber sido escritas. Sin embargo, para los autores que aun no han conseguido su primera aventura editorial o para aquellos que después de plantada la primera pica ven que la experiencia ha sido un fraude y que retomarla en mejores condiciones es poco menos que imposible, tal vez se sientan identificados al leer estas líneas. (...sigue)