24-jun-2009

PERTURBACIONES: Antología del relato fantástico español actual.

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El jueves 18 de junio se presentó en la Llibrería Catalonia de Barcelona la antología de cuentos “Perturbaciones”, un recopilatorio de relatos fantásticos en los que veintiséis autores desgranan sus obsesiones en una edición muy cuidada de la editorial Salto de Página, prologada por Juan Jacinto Muñoz Rengel.
Me desplacé con pereza hasta Barcelona, pero el motivo y las personas con las que esperaba encontrarme compensaron la galbana de siete horas de trabajo a la espalda y setenta y cinco kilómetros de distancia. Y ahí estuve con puntualidad y la máquina de fotografiar preparada buscando inmortalizar el momento.
Sabía que estarían David Roas y Cristina Fernández Cubas. A los dos los conozco, me gusta la mordacidad de David y sobre todo, sus profundos conocimiento sobre literatura fantástica, adoro la locuacidad de Cristina Fernández Cubas, su capacidad para comunicar y llegar sin esfuerzo al público que la escucha.
Fue una velada agradable, me encontré a otros amantes de “lo corto”, Mercedes Abad (“Media docena de robos y un par de mentiras” – Edit. Alfaguara) y Albert Sánchez Piñol (“Tretze tristos tràngols” – Edit. La Campana / “Trece tristes trances”- Edit. Alfaguara), también se dejó ver el periodista y escritor Ricard Ruiz Garzón (“Las voces del laberinto: historias reales sobre esquizofrenia” – Edit. Debolsillo) y algunos más que me fueron presentados.
Quienes jamás viviremos del cuento pero adoramos perdernos en sus entresijos, agradecemos a editoriales como Salto de Página su osadía y falta de complejos a la hora de implicarse en un proyecto como este. Gracias por la pasión Pablo Mazo.
Quedó clara la dimensión real del relato fantástico, su pretensión por cuestionar la realidad y trasgredirla, la voluntad de poner en tela de juicio la lógica de cada día sin aportar argumentos explicativos. Eso es lo que hay.
La inquietud del lector se consigue evitando la dispersión, apostando por un objetivo único, una única anomalía que impida diseminar la atención, hasta alcanzar esa “perplejidad de la razón”.
De manera entendedora Juan Jacinto desarrolla en el apartado V de su introducción la diferencia del relato fantástico con la literatura realista, el realismo mágico, el realismo maravilloso, la literatura de terror, la ciencia ficción o el surrealismo. Y todo ello pivotando sobre su relación con los tres conceptos de mundo esgrimidos por Popper: El Mundo 1 (el físico), el Mundo 2 (el psicológico: conciencia, sentimientos, voluntad) y el Mundo 3 (los productos de la mente humana). Que nadie se asuste, ni atraganta ni indigesta; es un buen aperitivo para adentrase en la materia del libro, los desvaríos de Pisón, los de Iwasaki, los del propio Roas y los de Cristina Fdez. Cubas, los de Laura Freixas y los de Carlos Castán… y así hasta veintiséis.
Paladéenlo suave y que ustedes lo digieran a gusto.

23-jun-2009

UNA PLANCHA PARA LAS ARRUGAS DEL ALMA

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Si algo tienen de grandioso las pasiones, es que pueden mover montañas, transformar mentes, sanar enfermos, crear imperios, edificar doctrinas y no sé cuántas cosas más.
El cristianismo fue el germen de eso que en el moderno lenguaje empresarial viene a llamarse outsourcing, o lo que es lo mismo la externalización de servicios empresariales.
El mismísimo Jesucristo tuvo algo que ver con los inicios de esa técnica cuando al verse desbordado en su labor evangelizadora decidió recurrir a la ayuda de doce apóstoles para que colaborasen con él en la divulgación del nuevo proyecto: Una empresa de seguros a todo riesgo con la garantía final de tener el cielo ganado.
No se me negará que el negocio ha funcionado bastante bien. Ha resistido al tiempo y tiene más de dos mil años de antigüedad, tiene un Estado y una banca propios e innumerables delegaciones en todo el mundo convertidas en obras de arte. ¿Se conoce una empresa más rentable?
Las labores de apostolado no cesan, las ciudades se ven inundadas de adeptos empeñados en transmitir la palabra de Dios, en ayudarnos a ganar el cielo. Nos lo hacen fácil, con traducción simultánea y metáforas que hagan más comprensible el mensaje. En la Puerta del Sol de Madrid dos jóvenes apasionados intentan salvarnos del mal y ponernos en el camino recto, en dos idiomas y plancha en mano, para estirarnos las arrugas del alma.

31-may-2009

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT: EL SILENCIO DE LOS CLAUSTROS



Escribo estas líneas el domingo 31 de mayo. En el kiosco donde compro la prensa me he hecho con un ejemplar de la revista Qué Leer y entre las primeras páginas descubro una breve reseña insertada en la sección “La divina comedia”, donde la autora Alicia Giménez Bartlett aparece en el “cielo” de este mes, merced al éxito de ventas que “El silencio de los claustros” está teniendo entre el público italiano, geografía donde el último trabajo de la autora ha alcanzado el número uno de la lista de best sellers.
El pasado viernes tuve el placer de presentar su libro en El Vendrell, éramos pocos pero escogidos, por desgracia es lo habitual, he visto demasiadas mediocridades llenar salas y grandes autores hablar en familia, pero esa es otra historia.
Si algo tiene de bueno verse las caras con alguien como Alicia Giménez Bartlett es que la literatura se hace permeable incluso a los que no la consumen. Son autores que crean lectores porque disipan el temor por la cultura y hacen que el libro sea un material de amplio espectro, idóneo para muchos.
Afortunadamente no están la mayoría de autores para remilgos, les gusta dejarse querer, valoran el contacto con los lectores tanto como estos estrechar puentes con los creadores, y ambas cosas se agradecen. La literatura esta inmersa en tiempos de cambio, la facilidad de la comunicación hace que el libro trascienda la lectura y el lector quiere conocer al artífice de la historia, saber más de ella, conocer los disparadores que la generan, los entresijos creativos. Sin ir más lejos, la propia Giménez Bartlett tiene en Facebook una comunidad de incondicionales seguidores (203 hasta el momento de escribir estas líneas) donde se intercambia información sobre la autora y sus obras.
Algunos escritores abominan de ello. El propio Juan Marsé, en la entrevista concedida al programa “El ojo crítico” de RNE tras recibir el Premio Cervantes, declara que es una mentira la pretendida necesidad que los autores, “escritoras principalmente”, tienen de contactar con su público para escribir, es una falacia que no soporta, apunta literalmente. Hay quien comenta que el acercamiento al lector no es más que un acto de egocentrismo.
Respeto, pero no comparto.
Es cierto que en todo autor hay un asomo de vanidad, pero no hay que esperar tanto, se detecta desde el momento en que alguien escribe algo deseando que otros lo lean, y a eso son todos proclives, también los detractores del acercamiento al lector.
Pero volviendo a la presentación de “El silencio de los claustros”. Como trabajo literario me parece que dispone de los ingredientes necesarios para convertirlo en una novela sugerente y recomendable.
El primero, tal vez el más demandado por el lector, es el entretenimiento, algo nada desdeñable cuando se aspira a que la literatura compita con tantas otras alternativas de ocio. Se abren aquí tres escenarios narrativos diferentes que animan a la lectura. Por una parte el argumento troncal que da sentido a la novela, el delito y la investigación policial; por otra el plano familiar, Petra Delicado y Fermín Garzón inauguran estado civil, y los personajes se humanizan por la complejidad de las relaciones, especialmente la de la inspectora con su nuevo marido y sus cuatro hijastros, repentinos y desconocidos. Y el último, el plano personal, el de las inquietudes de la protagonista, el de las flaquezas de su mundo interior y su relación con los demás.
Otro ingrediente de interés, y especialmente indicado para los lectores de novela negra, es que es una historia con trampas, en el sentido más policiaco del término. Quiero decir que se trata de una novela con sorpresas. Como cualquier hecho criminal, el planteamiento de la línea de investigación surge de una serie de suposiciones derivadas de unos indicios. Pero en muchos casos será obligado un cambio de rumbo pues los indicios acaban apuntando en otras direcciones, obligando a tomar caminos insospechados que nos llevarán a los finales más sorprendentes.
Como tercer y último detalle, “El silencio de los claustros” tiene la virtud de toda buena novela negra, ser permeable a lo cotidiano, ser creíble. En resumidas cuentas, ser un marco de ficción por el que se trasluce la realidad más inmediata.
Alicia G. Bartlett ha abordado en sus novelas diferentes temas de interés general. La pornografía infantil es tratada en su libro “Nido vacío”, donde por cierto la inspectora Petra Delicado conoce a Marcos, su actual marido. Ha abordado el tema de los indigentes y de las mafias en su obra “Un barco cargado de arroz”. Nos ha hablado de infidelidades en “Serpientes en el paraíso”.
Ahora traspasa los muros sagrados de la iglesia y nos conduce a la intimidad de los conventos. Una historia en la que deja patente que nada es lo que parece, que nada de lo que nos rodea le es ajeno a lo más sagrado y que no hay paredes ni cancelas capaces de impedir que los alargados tentáculos de lo mundano lleguen a cualquier parte.

25-may-2009

RAMÓN CALSINA EN EL MUSEU DEU DE EL VENDRELL


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No creo que exista ser humano sin la necesidad ocasional de desaparecer de la realidad que lo envuelve, de abandonar incluso hasta de la propia piel.
Confieso que me sucede. A veces me pesa tanto la rutina que busco cómo disiparme cuando la verdadera huida me es imposible. Así que indago en porciones de realidad donde recluirme y poder llegar tan lejos como la capacidad de evasión me permita.
Son agujeros negros por los que la existencia cambia de dimensión, pequeños atrezzos para la improvisación de una falacia que nos alejará de nuestras vidas, que nos permitirá recrear la fantasía de otro mundo, de otras historias que vivir, aunque sólo sea por unos instantes
Los libros cumplen a menudo esa misión. Transcender en ellos, diluirse en sus historias y trasladarnos a confines tan apartados como la narración nos pueda llevar. Pero otras veces deseamos encontrar en la realidad esas sugerencias donde perdernos.
Entonces me acerco al mar y desde el paseo desierto en los atardeceres, recorro el horizonte con mirada de funambulista, transitando por encima de la línea estrecha que lo delimita. La visión de ese renglón concreto es tranquilizadora para los niños, es la confirmación de los límites del mundo, allá donde el mar se junta con el cielo. Para el adulto, el horizonte es una esperanza, el consuelo de que, más allá de esa ilusión que sosiega al niño, existe otro mundo al que aspirar, una promesa a la que aferrarse.
A veces también me escondo en el arte. Cada cuadro, cada escena. Me convierto en polizonte de esas historias, como el clandestino que se acurruca en la bodega de un barco, observando con discreción, ansiando que un día llegue el momento de formar parte del paisaje prohibido.
En El Vendrell, se encuentra el Museu Deu, compuesto por una notable colección de obras donadas por el notario, ya fallecido, Antoni Deu Font. A lo largo de su vida Antoni Deu llegó a reunir casi 3.000 obras de arte catalogadas en diferentes estilos pictóricos y escultóricos, además de numerosas piezas de mobiliario y artes decorativas, entre las que destaca una valiosa colección de alfombras orientales.
En la primera planta, entre otras pinturas de diferentes estilos, pueden contemplarse algunos cuadros del pintor catalán Ramón Calsina (1901-1992), propiedad de Antoni Deu.
Desde finales de marzo, el museo acoge también una muestra itinerante de obras de Calsina, cedidas por la fundación que lleva su nombre. Si me animo a reseñarlo es porque entre sus trabajos se encuentran muchas de esas pinturas que a mi, como observador insatisfecho, me permiten esos minutos de escapismo de los que antes hablaba.
El interés por Clasina está en la disparidad de su obra, desde el retrato realista más emotivo, pasando por la caricatura satírica, la ilustración, la pintura de tintes oníricos y surrealistas. Pinturas plagadas de personajes envueltos en un halo de irrealidad sobrenatural, a veces de una sordidez que preludia desenlaces inciertos, y otras de una candidez desconcertante que enfrenta al observador a un juego de perspectivas múltiples.
Ramón Calsina es un pintor inclasificable, es un creador poliédrico a quien le molestaba el encasillamiento, tal vez por eso su obra no gozó de las atenciones que debiera ni de las valoraciones merecidas. Sus dibujos están repletos de ironía y procacidad, son provocadores y a través de ellos critica los aspectos más espurios y mercantilistas del mundo del arte.
Sin embargo el paisaje onírico está mucho más vinculado a sus pinturas, en las que incorpora elementos cargados de simbolismo, todos muy próximos a su geografía más inmediata, la del Poblenou barcelones.
He visitado dos veces la exposición, me he empapado de la magia de esas terrazas, de sus pinturas, de los arreboles tristes, como atardeceres de ensueño, de la serenidad que impone el dibujo de ese rostro senil que espera la muerte. Me he recreado en su obra y he vuelto a casa dispuesto a resarcir de nuevo la necesidad de huida, esta vez a través de estas líneas.

10-may-2009

REDESCUBRIENDO EL NEGRO

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Del pasado VISOR’09 “Líneas de sombra: Crónica negra” vuelvo ileso y redivivo. Hacía muchos años que no leía tanta novela negra de un tirón. En el año ochenta y dos, cuando el género en España tomaba cariz y las editoriales apostaban por la divulgación de un sinfín de nombres de aquí y de allá, cayó en mis manos aquel “Triste, solitario y final” de Osvaldo Soriano que me puso en la senda de lo criminal, una historia delirante donde el protagonista toma prestada la ayuda del cáustico Philip Marlowe para documentarse sobre la vida de Stan Laurel y Oliver Hardy. Resulta curioso que en ese libro, y no en los propios de Raymond Chandler, conociese la existencia de su detective, pero no sería la primera ni la última maravillosa sorpresa que me depararían mis desajustes como lector.
El segundo título de aquellos inventariados como de género criminal al que recuerdo haber accedido fue “Un asesino en las calles” de Gil Brewer, novela en la que, como dice en la reseña de la contraportada “No hay nada en ella que resolver, ningún asesino que descubrir. El asesino está ahí, frío e implacable, desde las primeras páginas, y como él hay miles. Porque la responsabilidad de la muerte ha dejado de pertenecer única y exclusivamente a la sabia naturaleza para pasar a manos de una sociedad disparatada, monstruosa y ciega que parece complacerse en su autodestrucción”.
Dicen algunos que las obras de Brewer no pueden considerarse excelsas, si bien “Un asesino en las calles”, la única suya que he leído y que me cautivó desde el inicio, es considera la mejor de sus creaciones. Su vida no fue un camino de rosas y harto de cardos y espinas, decidió poner tierra de por medio y elevarse a la espiritualidad llevándose a sí mismo por delante.
Parece evidente que no llegué a la novela negra por las vías principales sino a través de carreteras secundarias, aunque a pesar de la arbitrariedad de los accesos, esta deplorable memoria que desde siempre me ha acompañado conserva el recuerdo lúcido de algunos títulos y argumentos, algo a lo que no han resistido lecturas mucho más recientes.
Después llegaron muchos más, sin orden ni concierto, como caídos del cielo por obra de un azar del que ya no recuerdo rostros ni nombres, probablemente colegas con los que compartía aficiones y lecturas.
Ross Macdonald, Chester Himes, David Goodis, Mario Lacruz, M.V. Montalván, Carlos Pérez Merinero, James M. Cain, J. Thompson y tantos y tantos otros. Por aficionarme, hasta me aficioné al Gimlet, bebida predilecta de Marlowe, una combinación de ginebra y lima que todavía hoy me gusta paladear cuando el Jack Danields resulta prematuro o se agradece un punto de frescor ácido en las amígdalas.
Agoté muchas horas de lectura bajo las luces del flexo que iluminaba mi cuarto de estudiante, y a través de las páginas ásperas de las ediciones baratas que preludiaban las colecciones de bolsillo, descubrí los paisajes sórdidos de sus escenarios, los detectives dipsómanos y melancólicos que nada tenían que perder, los barrios de Harlem con iglesias de negros cantores, las historias de malos con causa, las bajezas de asesinos detestables y las crueldades de psicópatas enfermizos sin otra solución que terminar con un bala entre las cejas…Hasta que un día, no sé cuando, abandone la obstinación por lo negro para remitirme a otras fuentes menos catalogadas.
No fue ninguna abjuración, la literatura negra deja también impronta en otros autores sin dedicación preferencial por ningún género literario, y de lo último leído podría referirme a “Abril rojo” de Roncagliolo, al “Tiempo de los emperadores extraños” de Nacho del Valle, a algunos relatos de Cristina Fernández Cubas y a “Los asesionos”, una perla descubierta casualmente durante el periodo de preparación de la jornada VISOR’09. “Los asesinos” es una muestra magistral de la narrativa breve de Hemingway. Una historia condensada en trece páginas de la edición publicada por Debolsillo, en la que se incluye una ilustrativa introducción de García Márquez.
“Los asesinos” es un relato de género negro sin muerto, pero que puede tenerlo; sin justificación de la posible muerte, pero que puede tenerla. Es esa punta del iceberg a la que Hemingway gustaba de recurrir cuando quería explicar el fundamento de un buen cuento. “Los asesinos” es una narración cargada de elipsis significativas, de interrogantes y omisiones que ponen al lector ante la obligación de implicarse en la historia.
No es material para haraganes, ni para espectadores pasivos, amantes de historias circulares y cerradas. La grandeza del relato, la potencia de las imágenes que permite recrear en la mente del lector y las innumerables elucubraciones que genera, podrían dar lugar a un material mucho más amplio y explicito. Afortunadamente Hemingway no cayó en esa falta, loada sea su intuición.

19-mar-2009

VISOR'09: LÍNEAS DE SOMBRA - CRÓNICA NEGRA


Vuelve la fiesta de la literatura a El Vendrell con VISOR’09
Un año más se repite este encuentro con las letras convertido en un referente cultural VISOR’09 es la continuación de un proyecto iniciado en el año 2005 y patrocinado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de El Vendrell que tiene como objetivo acercar a nuestra geografía más inmediata la obra y la palabra de destacados autores del actual panorama literario.
El sábado 25 de abril, desde las 12 del mediodía y hasta las 8 de la tarde, tendrá lugar en Vil·la Casals (Casa Museu de Pau Casals) la quinta jornada literaria VISOR’09 que este año llevará por título “Líneas d’ombra: Crònica Negra/Líneas de sombra: Crónica negra” una aproximación a la literatura criminal desde la óptica de la crónica social y política como argumento creativo para los autores del género.
Desde que en 1841 Edgard A. Poe publicara Los crímenes de la calle Morgue, la novela policiaca ha transitado por caminos muy diversos, afectada en gran manera por los avatares de una sociedad en permanente estado de transformación, y en la que la corrupción y el delito han ocupado un lugar nada despreciable, un guante que la novela negra recoge desde su óptica más sórdida para ser desmenuzado en clave literaria.
Desde la gran depresión norteamericana de los años veinte, la literatura policiaca pierde ese carácter de mero ejercicio deductivo para incorporar un enfoque más realista y una prosa mucho más cuidada, tomando los acontecimientos sociales y políticos de cada momento como trasfondo argumental.
En ese sentido Líneas d’ombra: Crònica Negra/Líneas de sombra: Crónica negra quiere abordar la denominada crónica de sucesos como material inagotable y fuente de inspiración para la novela negra.
Desde temáticas y geografías diversas Francisco González Ledesma, Jordi de Manuel, Teresa Solana, Lorenzo Silva, Cristina Fallarás y Raúl Argemí expondrán ante los asistentes las claves que dan sentido a su obra y que justifican el éxito de
un género literario que desde hace casi treinta años en nuestro país, ha ido ganando adeptos entre autores y lectores.

PROGRAMA

12 h. Francisco González Ledesma
La novela de las calles

13 h. Jordi de Manuel
Narrativa negra como forense: autopsia de la naturaleza humana y de la realidad social

17 h. Teresa Solana
La crónica negra: una excusa para contar historias

18 h. Lorenzo Silva
Los delincuentes mediáticos: de la fascinación a la decepción

19 h. Cristina Fallarás y Raúl Argemí
Política, economía y otros trapicheos: Un filón literario

Para saber más
http://visor09cast.blogspot.com


El rincón del truque

Este año se inaugura un punto de intercambio de libros entre los asistentes a la jornada.
Quien tenga libros que ya ha leído y que no sabe dónde colocar, libros duplicados, otros regalados y que no piensa leer, puede llevarlos a la jornada y cambiarlos.

28-feb-2009

"LOS MARES DE WANG" DE GABI MARTÍNEZ



Cuando le propuse a Gabi Martínez la presentación del libro “Los mares de Wang” en la Sala del Portal del Pardo de El Vendrell, aun no me había enfrascado en su lectura. Conocía su obra anterior, “Sudd”, una novela escrita tras un viaje por el Nilo, sobre la que además habíamos hablado en la tertulia Jacarandá que mensualmente organizamos en Barcelona y en la que también Gabi nos adelantó algunos detalles de este libro.
Si me había animado a proponerle la presentación de este trabajo era porque estaba convencido de que no me iba a defraudar.
Debo reconocer de todas formas que esperaba encontrarme con algo así como una crónica escrita a lo largo de su periplo por la costa China, una especie de cuaderno de bitácora en la que el autor nos va introduciendo en el conocimiento de una geografía a través de sus propias experiencias.
Pero más allá de mi consideración, lo que estas páginas esconden es bastante más que eso. Es una profusa obra en la que el autor nos desgrana capítulo a capítulo la forma poliédrica de un gigante de futuro incierto.
La filosofía, el arte, la religión, la economía, la literatura, la política, son los múltiples aderezos con que Gabi Martínez nos sirve ese trasiego de experiencias en un viaje que serpentea trazando una línea sinuosa que discurre desde Pekin a Dongxing. Veintidós capítulos, veintidós escalas, dieciocho mil kilómetros de litoral que representan la prosperidad de un país, una realidad desconcertante donde capitalismo y comunismo dejan de ser sistemas antagónicos para coexistir en un extraño equilibrio.
Dalian, Quingdao, Shnaghai, Hong Kong, cantón, Macao…,ésa era la China que estaba transformando al mundo, y a ella misma. Y parecía dispuesta a hacerlo de una forma tan radical que en adelante la historia se mediría por un antes y un después de la eclosión de sus metrópolis costeras.
La mutación del viejo imperio llegaba desde el mar, espléndida en paradojas. La China litoral aplicaba simultáneamente los antagónicos capitalismo y comunismo al tiempo que ponía la quinta velocidad del desarrollo después del letargo maoísta, obligando a reajustes vitales que no todos estaban en condiciones de asumir
.” (pag. 15)
Hay detrás de cada página de este libro un largo y minucioso trabajo de documentación, una profusión de detalles que confiere a “Los mares de Wang” un calificativo superior al de un libro de viajes.
Pero ¿quién es Wang? Wang es la ejemplificación de ese desconcierto, la personificación de esa paradoja llamada China. Wang es en realidad el auténtico protagonista de esta historia, un joven chino de tierra adentro que nunca ha visto el mar. Un estudiante de español, educado en los valores del comunismo y que se convertirá en el guía elegido por Gabi Martínez para esta singladura.
Estamos ante un relato de descubrimientos encadenados donde el lector no se sorprenderá sólo con la visión del occidental Gabi Martínez, al adentrarse en reveladores escenarios, también conocerá el desconcierto de Wang, el oriental que, a su pesar, va soportando su propio país. Un país que le es ajeno, discordante con las enseñanzas adoctrinadoras en las que ha sido educado, aleccionamientos que han creado una venda tan opaca sobre sus ojos que le impiden aceptar las certezas que juntos irán experimentando.
Querido lector, no esperes aquí una visión dulcificada del gran gigante asiático. Ni una coma emocional ha sido alterada para hacer más amable el recorrido por las páginas de este libro.
Desde el primer momento Gabi Martínez, viajero solitario y anónimo, sin recursos suntuosos que le hagan el trayecto más amigable nos transmite las impresiones de un recorrido por unos mares en los que Wang habría preferido no fondear.

07-feb-2009

MARC PÉREZ OLIVÁN: Pintura contra el desconsuelo.

Siempre he tenido curiosidad por esa habilidad de los pintores en convertir una superficie blanca e impersonal en un mundo nuevo, en un escenario recreado de un paisaje o simplemente inventado.
La fascinación por ver surgir de la nada unas formas capaces de emocionar es algo que me parece sorprendente y que me apasionaría saber hacer.
Imagino que es un fenómeno similar al de la escritura, la creación de otros mundos superando la realidad. El escritor recurre a la palabra escrita, el pintor a las imágenes gráficas, que combinadas con habilidad conmueven y trastocan.
Eso me lleva a pensar que en todo creador late siempre un ser imperfecto, un ser cuyo anclaje en el mundo es incompleto, alguien desubicado de su entorno. Como esa baldosa suelta que parece estar en su sitio, pero que temblequea al mínimo contacto del pie.
La creación es el recurso compensatorio. Una manera de dar redondez a una existencia que en algún punto se desdibuja y pierde la forma. La locura tiene el delirio como forma de escapismo; la inadaptación recurre a la creatividad como artilugio de pacificación interior.
-En mi infancia hay un momento de gran conmoción – me cuenta Marc Pérez Oliván en la Sala del Portal del Pardo en El Vendrell, donde expone una muestra de sus pinturas.
Un día se vio de pronto en Barcelona. Tenía doce años. Una geografía desnortada, ajena para aquel niño acostumbrado a tener como referencia el desierto del Sahara, los escenarios de Mauritania. Un territorio sin límites, una fuente de sorpresas, como el esqueleto de aquel dromedario cuyas vértebras le sirvieron de perfecto refugio infantil.
-Cuando abro un libro y presencio esos paisajes verdes y esos bosques que crecen en el norte de Europa, no siento ninguna emoción especial. En mi memoria retengo los paisajes del desierto.
Los escenarios de sus pinturas son áridos, ocres y resecos, de cielos turquesa, tiznados por nimbos desgajados. Cielos de dibujos animados, como los que representa en sus cuadros, de superficies diáfanas y perfiladas en las que brotan las imágenes de apariencia engañosamente inocente.
-Cuando empecé a pintar predominaba el pop art europeo, se hacía pintura social, eran los años del Equipo Crónica. Yo he querido hacer lo mismo desde una vía intimista. Intento aportar un mensaje positivo a través de los colores, del mensaje o del tema. Quiero hacer pintura optimista.
No es banal el propósito de Marc. A pesar de la desnudez de sus escenas, las figuras centrales alumbran con una intención vitalista. Me acerca hasta una de las pinturas, la de un sencillo pedazo de madera veteado y reseco. La sombra del tronco se erige por detrás, transformada en árbol del que repunta el verdor de una hoja.
Nada es imposible, ante el desamparo siempre hay una oportunidad para que rebrote la esperanza.
Más allá me señala el cuadro en el que un tintero volcado, vierte su esencia áurea en el hueco abierto sobre una mesa, para quedar depositada en un cajón semiabierto. Nada se pierde, lo que nos hace fuertes volverá a nosotros aunque en los peores momentos nos sintamos vacíos y abandonados.
No hay nada inocente, las alegorías se suceden en cada una de las obras. La pintura de Marc Pérez Olivan es una pintura intencionada. Warhol dio un primer paso democratizando lo popular, trasladándolo al arte, otros quisieron hacer del pop art un recurso reivindicativo. Para Marc es la vía por la que difunde un mensaje esperanzador.
-Llevo en esto toda la vida. De los trece a los quince años trabajé en el estudio de Edmond Beaumont, uno de los dibujantes de El Capitán Trueno. Después estuve de ayudante de Rafael Busom, hacía de todo, limpiaba pinceles, borraba marcas de lápiz… y con diecisiete años decidí que ya nada me quedaba por aprender y quise hacer cómic de autor. El resultado fue una cura de humildad.
Ahora miro hacia atrás y no encuentro raíces. Mis orígenes los encuentro en mis amigos, es en ellos que me descubro a mi mismo.
Posiblemente estas pinturas tengan mucho de reparadoras, de acto de reconciliación consigo mismo.
Como decía al inicio de esta reseña, el impulso creativo no es un mero acto irracional sino que palpita desde las vísceras más ocultas. Por eso me ha interesado siempre cualquier forma de manifestación artística. En estos tiempos de sedación humanista, de narcotismo personal, de silencio lanar, de tropecientos canales inútiles en TDT, la propensión del ser humano hacia el arte, sea cual sea, es de los pocos indicios que permiten un atisbo de esperanza.

19-ene-2009

NO GANA UNO PARA SUSTOS - José Luis Espina


Viernes 23 de enero a las 19:30h.
Presentación en la Llibrería Catalonia de Barcelona
C/ Ronda Sant Pere 3 (frente Corte Inglés Pza. Cataluña)
El día de la presentación contaré con la compañía del escritor y periodista cultural Álvaro Colomer y del también periodista y autor multimedia Carlos Villarrubia.


No gana uno para sustos (Ed.Duen de Bux)
176 pag. Precio 16 €
ISBN 978-84-936024-7-5


La editorial Duen de Bux ha tenido a bien confiar en estas doce historias publicadas bajo el título “No gana uno para sustos”.
“No gana uno para sustos” son doce historias cotidianas. La de la negación de la soledad, la de la falsa alegría que hasta un niño es capaz de percibir. La del hombre gris ajeno a la vida y al compromiso. La de quien descubre el amor entre los recovecos del sueño. La del solitario y la del suicida ignorado. La del malvado con moral de hierro…Nada que no esté en la calle o dentro de uno mismo.
Desde diferentes planteamientos, la soledad se convierte en el eje común de las historias que componen este trabajo. No hay fronteras ni margen de edad para el desconsuelo. Puede experimentarla un niño, cuando percibe el desmembramiento de su familia a pesar de los esfuerzos de los adultos por disimularlo. La soledad se vivencia también en los días huecos de una mujer despechada, que a pesar de ello ve en la ausencia de su marido un motivo de desconsuelo. Está presente en el hombre que ha de recurrir al sueño como único camino para llegar a la mujer que ama. Nadie está libre de la desesperanza. Aunque rodeados de seres humanos, la soledad es el obstáculo insuperable con el que todos ellos tropiezan.

06-ene-2009

FRANCISCO CASAVELLA: EPISODIO EFÍMERO


Mientras escribo estas líneas es posible que ya se haya concedido el nuevo Premio Nadal 2009. El último, Francisco Casavella y sus vampiros, se ha ido antes de tiempo. Ya han pasado unas semanas de su muerte, y la estela de su nombre sigue alentando reseñas en los medios.
Me enteré de la noticia el 17 de diciembre por la tarde. Por la noche tomaba un tren destino a Madrid y nada más llegar, lo primero que hice fue abastecerme de la prensa del día buscando si las páginas de cultura, cada vez más magras y sucintas, se hacían eco del deceso. No había diario en el que no se le dedicasen unas palabras.
Tuve el placer de conocer a Casavella en abril del 2007. Lo invité a participar como ponente en una de las mesas de la jornada VISOR’07 que trataba sobre la Novela Emergente, para la que sugerí el título de "Barcelona paisaje interminable".
Cuando confeccionaba los contenidos de la jornada me pareció que hablar de la Barcelona literaria, aunque no sería una novedad, si podía aportarle una nota de interés al encuentro. Se me pasaron por la cabeza varios nombres - algunos, como el de Vázquez Montalván, imposibles - en cuya obra la ciudad de Barcelona se convertía en geografía inevitable.
Ahí estaban entre otros, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Ruiz Zafón, Antonio Rabinad, González Ledesma o Andreu Martín. Diferentes motivos, entre ellos su ya contrastada e incuestionable trayectoria, los hacían por razones obvias, poco propicios para ser incluidos en la categoría de nuevos narradores. Pero Francisco Casavella, aunque ya con obra suficiente como para ver confirmada su calidad literaria, prometía todavía muchas sorpresas.
Fuese suerte o intuición, no me equivocaba, pocos meses después ganaba el Premio Nadal con su obra, “Lo que sé de los vampiros”.
Hablé con él y no puso objeciones, la única petición fue que en lugar de impartir una charla sobre el tema propuesto, prefería que su intervención tuviese un formato de entrevista. Carlos Villarrubia, amigo y polifacético personaje del mundo cultural, asumió gustoso la responsabilidad de conducir la mesa, y de ellos queda el inestimable documento sonoro en el que Casavella desgrana el papel de Barcelona como escenario literario de su obra.
Sólo tras su fallecimiento, y por la lectura de algunas necrológicas publicadas, supe de sus recelos hacia las cuchipandas y cenáculos literarios. Por qué aceptó participar en esta jornada, es algo que desconozco. Tal vez porque se hacía en El Vendrell, territorio menos mediático que las grandes urbes, población cercana a Roda de Bará, lugar donde él acostumbraba a pasar largas temporadas. Quizás porque la invitación no le llegaba de ningún promotor al abrigo de la cultura oficial, sino más bien de un paracaidista recién aterrizado y al margen de parabienes institucionales. No lo sé, pero estuvo con nosotros.
En nuestro intercambio de correos electrónicos me facilitó una sucinta semblanza destacando las obras publicadas y una foto suya en blanco y negro para incorporar a la nota de prensa.
Francisco Casavella se desvelaba ya en aquella foto que me remitía. Un retrato en blanco y negro de su rostro, con cierto desdén no inocente y esa pose de eterno niño grande, rematada por una sonrisa de malicia venial.
Mi acercamiento al autor fue breve. Lo recogí en su casa de Roda de Bará por la mañana, conversamos con el resto de invitados durante la comida y tras su intervención lo acompañé de vuelta a su casa.
En ese conciso encuentro descubrí a una persona cercana y cálida y no encontré más motivo para ese alejamiento de los fastos literarios, que una evidente timidez .No vi rastros del laconismo mencionado en algunas reseñas, solo los rasgos propios de una persona que prefiere el trato en corto antes que la impostura entre multitudes.
Al conocer la noticia de su muerte volví a los archivos de aquella jornada celebrada en Vil·la Casals (El Vendrell) el 21 de abril de 2007. Repasé las fotos de su presentación con Carlos Villarrubia y las otras, durante la comida, en compañía de Álvaro Colomer, Ignacio del Valle, Sergi Doria, Sánchez Piñol y Vanessa Montfort, releí los correos intercambiados y escuché de nuevo la grabación de su intervención, quién sabe si la última o una de las pocas existentes.
Efectivamente Francisco Casavella es un autor para ser leído. Preguntarle en público sobre los cómos y porqués de su escritura, era ponerlo en un aprieto en el que se desenvolvía inteligentemente, pero sin la fertilidad de su escritura.
Desde la fecha de su fallecimiento he ido encontrando reseñas y artículos periodísticos que tratan sobre su persona y su obra. Leí las de Josep Massot y Llàtzer Moix en La Vanguardia, las de Matías Néspolo, Silvia Taulés y Javier Calvo en El Mundo, la de Luisa Castro en El País y la de Luis Mauri en El Periódico de Cataluña.
Fue a través de esta última que conocí la polémica creada por el escritor y cronista Ramón de España tras la publicación de un artículo en ese mismo diario, contenido que Mauri justificaba pero que había provocado la reprobación de varios amigos de Casavella.
Joan Riambau, Xavier Antich, Javier Pérez Andujar y Emili Manzano “deploraban la necrológica firmada por Ramón de España”.
A pesar de lo poco que conocí a Casavella, sus limitadas apariciones en la prensa literaria, su ausencia de los entornos más mediáticos y sus inexistentes declaraciones polémicas, me hacían difícil pensar que alguien pudiese quererle mal, al menos en lo que a lo literario se refiere.
Desde una supuesta amistad y desde un planteamiento paternalista y apocalíptico, Ramón de España nos pone al día de los desmanes de Casavella, causa, según él, del más que premonitorio desenlace.
Qué quieren que les diga. Con una prosa más afinada e igualmente inteligible hace referencia a ello Javier Calvo en su escrito “El último salvaje” cuando menciona “sus excesos legendarios”, apostillando “Si alguna vez he conocido a alguien que rozara la épica en materia de comportamiento insano y autodestructivo, ese era Francis”.
Sí me resulta chocante esa perplejidad del articulista Ramón de España cuando comenta “Pero algo, nunca sabré exactamente qué, le arrastraba a esos bares en los que podía pasarse la vida (sin, por ello, dejar de cumplir sus compromisos con editores y lectores).”
Cerrar bares en solitario no acostumbra ser una forma de entretenimiento, es más bien una consecuencia de la aflicción. No suele tratarse de una impostura literaria en favor de ese malditismo tan socorrido en la creación de tópicos literarios. La sordidez en cualquiera de sus formas, tiene poco fulgor y es un reflejo de la pesadumbre. Y eso, los amigos de verdad, acostumbran a saberlo.

30-nov-2008

LOS PLACERES - VIII JORNADAS DE LITERATURA


De nuevo repetimos en Pravia. De la pasada edición hice una reseña cargada de nostalgia, supongo que por necesidad inherente a esta personalidad mía construida a golpe de emociones dolientes (¡qué irritante llega a ser!). Y como esa premura quedó ya resuelta y el alma saneada, se trata ahora de hacer una reseña más prosaica, intentado ofrecer un punto de vista más global.
Para mi, que me muevo discretamente entre las bambalinas culturales de una ciudad grande como Barcelona, siempre a vista de gorrión anónimo, pero con cierta perspectiva de lo que sucede en una ciudad que rezuma diseño, vanguardismo, modernidad, multiculturalidad…todo eso que dicen que suda la Barcelona modernista de Gaudí, la cinéfila de Allen, la Olímpica de Maragall , la del Forum de las Culturas, la de las estatuas humanas de Las Ramblas, la del Raval polimorfo, la del turismo que va y viene pero menos, la ciudad que algunos se han atrevido a odiar por escrito… Pues eso, desde este macrocosmos de idealizado fulgor cultural, los encuentros como el de Pravia ofrecen una perspectiva mucho más intimista y próxima; los percibo como esos aperitivos abundantes que disipan el apetito y nos hacen intragable la suculenta lubina del primer plato. Son como micromundos donde la cultura se desnuda de la elocuencia más divina y la gente alterna salvando distancias, aparcando vanidades (siempre quedan algunas no resueltas) haciendo del libro una fiesta en la que todos caben, autores (de dentro y de fuera), editores (sorprende la ausencia de los asturianos), periodistas… Será que el acercamiento lo propicia la falta de focos, la ausencia de cámaras, o esa población cargada de historia, menuda y acogedora, que hasta ha honrado con una plaza a los escritores, alfombrado el suelo con baldosas dedicadas, como en Hollywood, pero más hogareño. En resumen un cónclave festivo donde la cultura se ameniza con otros placeres, placeres que este año fueron el eje temático de las jornadas.
El mérito de Pravia no es pequeño. Una población con poco más de nueve mil habitantes albergando cada año esta cita promovida por la AEA (Asociación de Escritores de Asturias). Sin boatos ni protagonismos, sin políticos marcando tempos ni rezumando ideologías, sin otra pretensión que ser partícipes y colaboradores, contribuyendo a que la cultura tenga su hueco, sus minutos de gloria.
Son ya ocho años de jornadas, cinco consecutivos en Pravia, cuatro a los que yo asisto, y como el elogio es sano pero conlleva riesgo de autocomplacencia, no me resisto a despedirme sin una última reflexión. Desde los ochocientos cincuenta kilómetros que me separan de esa geografía y desde la perspectiva de la distancia, echo en falta mayor proyección del evento. Las jornadas necesitan un impulso mediático, superar las lindes asturianas, esa frontera con la que me encuentro en forma de veintidós anacrónicos kilómetros de carretera general entre Unquera y Llanes (si no lo digo reviento), tramo que me recibe junto al indicador de bienvenido al Principado de Asturias, como una burla, como una metáfora de la desidia.
Las Jornadas de Pravia concitan calidad literaria suficiente como para que las aportaciones de los invitados trasciendan el mercado del consumo propio. Generar notoriedad en el resto de la geografía española debe ser también un objetivo a plantearse. Pravia y la literatura asturiana se lo merecen.

03-nov-2008

LIBROS PARA LAS TROPAS


Álvaro Colomer estuvo en el Líbano, cuenta que invitado por la editorial Lumen, para conocer sobre el terreno la misión de las tropas españolas destinadas en esa conflictiva geografía de Oriente Próximo, un destacamento que forma parte de las fuerzas de paz de la ONU. Por lo que conozco de Álvaro y de sus trabajos, estoy convencido de que no ha vuelto con las manos vacías. Por su inquietud y empeño, no me cabe duda de que ha cosechado materia prima suficiente para convertirla en literatura o en reportaje periodístico.
De momento lo que sí sé, es que ha venido con un proyecto surgido de las necesidades manifestadas por los propios militares españoles destacados en ese territorio. Como si de un Papa Noel en periodo de prospección navideña se tratase, Álvaro ha indagado, buscando conocer las inquietudes de los soldados y entre los deseos, uno que no podía pasar desapercibido para alguien comprometido con el mundo de las letras: la necesidad de una biblioteca.
Por lo pronto Álvaro ha creado un blog http://librosparalastropas.blogspot.com/ con la finalidad de dar a conocer un proyecto cuyo objetivo principal está en conseguir que las editoriales colaboren con el envío de ejemplares a los destacamentos en esa zona, a la vez que facilitar un espacio en el que los soldados allí destinados puedan comentar y dejar sus impresiones sobre las lecturas.
Desde el blog invita a participar de su proyecto a todos aquellos que lo deseen, y desde estas líneas aprovecho para difundir una iniciativa que considero generosa, útil e inteligente.

26-oct-2008

GAO XINJIANG EN KOSMOPOLIS'08 (BARCELONA)

video



Con motivo de la visita de GAO XINJIANG, premio Nobel de Literatura, a la reciente Kosmopolis'08 en Barcelona, tomé algunas notas durante la entrevista que se le realizó y algunas imágenes muy breves. Las adjunto en esta entrada por si alguien tiene interés en conocer los puntos de vista de este autor exiliado en París.


...El hombre, tanto el participe de las sociedades libres como el perteneciente a las sociedades autoritarias, se encuentra atrapado por dos poderes entre los que está obligado a decidir: el poder político y el poder del mercado. El escritor, inmerso también en esas fuerzas y conocedor de la realidad, ha de adoptar una mirada lúcida para hacer literatura, una literatura que nada tiene que ver con los best seller. Una literatura que existe en oriente y occidente, que va más allá de la política y que es la que yo defiendo.
El escritor ha de basarse en sus experiencias. Sin recuerdo el escritor no tiene sentido. En su obra deben encontrarse las huellas de su vida. El autor es eclosión. Transmite un momento de sublimación de lo vivido, toma prestadas las experiencias de los otros y a través de ellos, conoce el mundo para fundamentar su escritura. Cuando se está tan próximo a las experiencias humanas, se ha de estar muy atento a las propias experiencias. Ante esa experiencia, si el autor ha tenido la necesidad de describirla, estará abordando la parte fundamental de la condición humana.

…Defiendo la literatura fría, sin compromiso político. La literatura del siglo XX se ha caracterizado por estar marcada por la política. Es erróneo. El individuo se convierte en propagandista y olvida su voz y pone la obra al servicio de la política. La literatura antigua (tragedia griega) no tiene ideología política, hay conocimiento de la humanidad. Este conocimiento va más allá de las ideologías, “El Quijote” trasciende el plano político, recuerda más a un intelectual actual, imagen ridícula que lucha contra los molinos, un pobre intelectual de la época.
Hay una imagen errónea del intelectual, no es un superhombre, el poder político y el del mercado hacen que eso sea imposible. Si el escritor es consciente de su voz, puede explicar las condiciones reales.
La buena literatura es librepensamiento el mundo ha cambiado pero las condiciones humanas no. La voz del escritor deja un testimonio más fuerte y real. Estas obras resisten al tiempo y dan miedo al poder porque no lo elogian. Si hay poder que tolera el pensamiento, hay parte del camino hecho.

…También hay un mundo interior, un yo. Si el autor no lo ve, si está ciego, no puede hacer nada. Si no tiene conciencia sobre si mismo es una catástrofe. Damos demasiada importancia al exterior y al ego, es insoportable. Pero el autor tiene que conocerse a si mismo. Esto le da lucidez. No se creerá un superhombre sino que será un testigo del mundo interno y exterior. Sartre decía que los otros eran los enfermos. Si no somos conscientes de nuestro interior nada puede funcionar. La literatura es un espejo para mirar el mundo y a uno mismo. Me alejé del pensamiento único y político. A la humanidad hay que darle el papel de la literatura: Hace que la conciencia se despierte.

…Creación es una noción de modernidad, pero está basada en una ideología y se cuestiona lo clásico. Todo se cuestiona constantemente, Yo opino que en la evolución de la historia podemos renovar el arte sin pasar por la negación. El renacimientos cuestionó a los griegos, se basó en su patrimonio. La negación no es la única metodología para avanzar. La nueva creación dice que no se repite lo ya hecho y el tiempo es como un rió que evoluciona. Pero sin copiar, sin negar, podemos encontrar un mecanismo para avanzar. Debemos reexaminar qué es el arte, qué significa la pintura, la literatura, el teatro. Detrás del arte hay una imagen, una forma, colores, luz, no podemos hacer tabula rasa.
También en el arte figurativo se puede ir más allá. Hay que mirar cómo existe ese arte. Los fundamentos son superficie y visión. Sin visión, sin mirada, no hay pintura. En los sesenta quisieron olvidarlo y dijeron: el arte se ha acabado. Hay que considerar lo que aun no hemos hecho sobre esa superficie dimensional. Antes había arte figurativo; en el siglo XX entró la abstracción, pero la abstracción no ha puesto el punto y final en la pintura.
Entre figurativo y abstracto hay muchas cosas. Si tenemos una impresión, una imagen, sensaciones, todo evoca cosas, pero no está en el arte figurativo, ni en el abstracto. Yo busco todo eso. La abstracción es expresión de sentimientos. Intento encontrar una avocación entre la abstracción y lo figurativo. Busco una sugerencia, una visión de esas imágenes. Cada pintor puede probar su voz sin cuestionar esa condición. Escribí sobre eso y he dicho que preconizaba otra estética.

..Sobre la crítica: Si los autores nos ponemos en el lugar de la crítica es una catástrofe. La disciplina de la lingüística ha afectado la creación literaria y trata sobre la forma del lenguaje. Para mi el lenguaje no es lingüística, el lenguaje es algo vivo, es una voz, la escritura es la impronta de la voz. Las lenguas primitivas se comunican por la voz, la esencia del lenguaje es la voz. La lengua es muy refinada, pero siempre se puede sofisticar más. Si la sofisticación se separa de la voz, no es literatura, puede ser una teoría de la crítica literaria, pero no fluye la creación literaria. La literatura se basa en la lengua viva convirtiéndola en lengua literaria: entrando en los sentimientos más refinados y borrosos. Estamos codificados por el lenguaje de la vida cotidiana. Si el escritor es un creador ha de estar marcado por las nuevas sutilezas. Eso lo hace el escritor, no el crítico.

18-oct-2008

LOS TIMADORES TIMADOS


Miro y escucho con regocijo la noticia de un chino que en una sala de juegos de Castellón se ha dedicado a estafar a los propietarios de las máquinas tragaperras, engañando al artilugio con una ingeniosa formula consistente en pintar de negro monedas de un euro.
Desde siempre, el negocio de las tragaperras me ha parecido una actividad detestable por su proliferación descontrolada en bares y locales públicos, sin otro beneficio social que vaciar los bolsillos de los incautos más débiles, contribuyendo de manera mezquina al incremento de la ludopatía en nuestro país.
En España (datos del Ministerio del Interior) tenemos la fortuna de contar con más de 92.000 de estos engendros repartidos a diestro y siniestro, con una facturación promedio de 12500€ por máquina y un incremento de facturación interanual que rondó el 13% en el año 2007. El gasto promedio por habitante en estas máquinas fue de 279€, si tenemos en cuenta que muchos no invertimos un céntimo en semejante engaño, el gasto por jugador pone los pelos de punta.
Para quien lo desconozca y considere que el juego en las tragaperras no es más que un ejercicio inocente de la voluntad individual, me gustaría recordarle que la ludopatía entra en la categoría de las enfermedades mentales, englobada bajo el sello de los denominados Trastornos Obsesivo Compulsivos (TOC), entre los que se incluyen la anorexia y la bulimia, conocidos trastornos de la alimentación. Se trata por lo tanto de una patología grave de la personalidad que ocasiona la ruina personal y económica de quienes la padecen y de sus familias, llevando a muchos de los afectados hasta la propia autodestrucción.
Vengo a referirme con esto a que, muchas de esas personas que con cara lánguida y mirada perdida alimentan con sus monedas las detestables maquinitas a primera hora de la mañana, no son otra cosa que enfermos. Enfermos, dicho sea de paso, que embuten las arcas de las diferentes administraciones del Estado, sin que estas eleven la voz ni la ley para que esto deje de suceder. Unas Administraciones que invierten en la curación de unos enfermos que ellos mismos alientan, una pírrica parte de los ingresos que su enfermedad les reporta.
Por abundar en el tema y hacerlo más comprensivo, me permito apuntar que la máquina tragaperras es al ludópata lo que cualquier droga a un toxicómano y mientras los promotores de las toxicomanías (excepto tabaquismo y alcoholismo) son perseguidos y sus negocios clausurados, los promotores del juego son bendecidos y sus empresas aduladas. ¿Qué por qué esa diferencia de trato? Obvio. La ludopatía se fomenta de manera legal y está avalada por los gobiernos porque representa una descomunal fuente de ingresos.
El ludópata es un enfermo cómodo y barato para la Administración. Es alguien que llega a la patología sin darse cuenta y, a diferencia de otros adictos, este tarda en asumir que se trata de un enfermo. Su patología se desarrolla a menudo en edades adultas y en personas de entornos no desestructurados, por lo que el problema se vive con vergüenza y bajo el estigma de la culpabilidad. El ludópata no destruye vidas ajenas por actos delictivos, se resigna a destruir las de la propia familia. Un adicto a las drogas representa un coste sanitario importante por las patologías derivadas de su consumo: SIDA, hepatitis, enfermedades coronarias, etc. El ludópata se desespera solo, desarrollará una depresión y se tratará por ello en un sistema sanitario que le atenderá en un dispensario de salud mental una vez cada tres meses para hacerle un seguimiento con ansiolíticos y antideprsivos. En resumen es un enfermo barato con una patología que cabe exprimir sin costes importantes.
Imagino que aun habrá quien se resista a entender que esos madrugadores encaramados a un taburete y enfrentados a una máquina en la que dilapidan sus menguantes economías no están ahí porque quieren. Espero que les cueste un poco menos aceptar que esas otras almas en pena que circulan como zombis por los estercoleros de la droga, lo hacen desprovistos de cualquier asomo de voluntad.
Pues bien, la misma dependencia psicológica que arrastra a unos a mendigar unos gramos para envenenarse el cuerpo, es la que empuja a un abuelo o a un ama de casa a arruinar su conciencia y sus ahorros frente a una máquina diseñada para que así sea.
A unos y a otros los he conocido como psicólogo muy de cerca, tan de cerca que a veces me ha faltado objetividad para tomar decisiones. Sus miserias son las mismas de cualquiera que se considere a salvo, sin darse cuenta de lo fácil que puede resultar llegar a ello, tan sencillo que muchos se preguntan ¿cómo pudo pasarnos esto a nosotros si somos de lo más convencional? Hombres y mujeres introvertidos, faltos de comunicación, mujeres solas y sin recursos, con hijos emancipados que ya no las necesitan, o tan dependientes que las necesitan tanto que no las dejan envejecer. Hombres maduros, jubilados o prejubilados después de dedicar su vida al trabajo, inútiles repentinos, desamparados, invisibles y sin autoestima. Hasta que un día su ansiedad encuentra cobijo entre la ruleta maldita de frutas y colores y el reclamo de la música inequívoca que actúa como un irreprimible canto de sirenas. Ahí está la clave, en la respuesta inmediata, en la satisfacción instantánea que refuerza y convierte el juego en una adicción.
Quienes gestionan los resortes de los juegos de azar conocen a la perfección los entresijos psicológicos que conducen a las apuestas incontroladas, saben los tiempos máximos de espera entre jugadas, la frecuencia mínima del premio, y han aprendido que la fórmula: desmotivación + ansiedad + refuerzo instantáneo tiene para sus empresas un premio garantizado, el del lucro indecente para ellos a cambio del infierno denigrante para otros.
Por eso proclamo que le den un premio al chino estafador, que le den su nombre a una calle o le hagan un monumento, que lo suban a un altillo y lo condecoren con una banda reconociéndolo como el burlador que se rió de un imperio de estafadores. Cierto que su fechoría no aporta nada a los enfermos, puede que solo una sensación de resarcimiento y la satisfacción de ver al timador timado. Timadores que, a nuestro pesar, tiene el amparo de nuestros Gobiernos.

13-oct-2008

RICARD RUIZ GARZÓN


Viernes 21 de noviembre a las 19:30h.
Presentación por el autor en la Sala del Portal del Pardo
c/Major 20 (El Vendrell - Tarragona)


Esquizo. Històries reals (Ed. La campana)
Las voces del laberinto, una aproximación literaria a la esquizofrenia (Ed. Debolsillo)


El año pasado un enfermo diagnosticado de esquizofrenia lanzó a las vías del metro de Barcelona a un hombre que falleció arrollado por el tren. En el año 2005, en Madrid, otro hombre afectado por la misma patología cometió un acto idéntico causándole la amputación de una pierna a una joven. Estos sucesos acapararon los titulares de todos los medios de comunicación. Para el primero la pena fue de quince años de prisión, para el segundo de once. En cualquier caso el debate está servido. Enajenación mental con incapacitación para ser responsable de sus actos es el punto de vista de unos; para otros, un peligro público que debe encerrarse entre rejas garantizando así la seguridad de los ciudadanos.
Esquizo. Històries reals (Ed. La campana), es la versión en lengua catalana de la obra predecesora Las voces del laberinto, una aproximación literaria a la esquizofrenia (Ed. Debolsillo), publicada por Ricard Ruiz Garzón en el año 2005 tras cuatro años de investigación y más de un centenar de entrevistas. La obra recibió en el año 2006 el I Premio Miradas que concede la Fundación Manantial, dedicada a la atención de personas afectadas por trastornos mentales graves.
Esquizo. Històries reals se presenta ahora como una obra revisada con un nuevo título y una reducción de los quince testimonios reales de la versión castellana, a los diez de la edición catalana. El planteamiento de esta obra, en palabras del propio autor no es un tratado de psiquiatría, ni un ensayo sociológico……Es, sin más, un libro de historias testimoniales sobre la esquizofrenia, una compilación de casos reales sin otra invención que la pactada para garantizar el respeto a la privacidad de sus protagonistas.

Ricard Ruiz Garzón (Barcelona, 1973). Escritor y periodista literario. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UAB, donde también cursó estudios de Humanidades. Colabora desde hace diez años con el suplemento literario El Periódico-Libros, donde publica semanalmente la sección “En primicia” y también en la revista Qué Leer, en los programas Qwerty de Barcelona TV (donde es coordinador de contenidos) y Un altre món de COM Ràdio. Ha colaborado también en otros medios de prensa, radio y televisión (El País-Babelia, La Vanguardia, Avui, TVE, TV3-Canal 33, RNE, Catalunya Ràdio, RAC-1, Cadena SER). Ha formado parte de los volúmenes colectivos Que la vida iba en serio (Martínez Roca, 2003), Fets pols! (Montflorit, 2004), Tierra de nadie (Martínez Roca, 2005) y Dr. Jekyll & Mr. Hyde.
Las voces del laberinto (Plaza & Janes/Debolsillo) obtuvo el I Premio “Miradas” de la fundación Manantial y ha propiciado el cortometraje de Ione Hernández, El palacio de la luna.

21-sep-2008

MEDITACIONES DE UN ARPONERO


DAVID ROAS PRESENTÓ “MEDITACIONES DE UN ARPONERO” EN LA SALA PORTAL DEL PARDO DE EL VENDRELL

El viernes 26 de septiembre a les 8 de la tarde, tuvo lugar en la Sala Portal del Pardo la presentación del libro “Meditaciones de un arponero”, del autor David Roas (Barcelona, 1965)
David Roas es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Como escritor combina asuntos propios de lo fantástico con lo grotesco y lo absurdo, siempre en busca de una distorsión de lo real a medio camino entre lo inquietante y lo burlesco. Buen ejemplo de ello es su libro de microrrelatos Los dichos de un necio (1996) y el volumen de cuentos Horrores cotidianos (2007). Algunas de sus narraciones han sido recogidas en las antologías Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (2005) y Mutantes. Narrativa española de última generación (2007). Especialista en literatura fantástica, Roas ha dedicado a este género diversas obras, entre las que cabe destacar los siguientes ensayos: Teorías de lo fantástico (2001) y De la maravilla al horror. Los orígenes de lo fantástico en la cultura española (1750-1860) (2006)

“Meditaciones de un arponero” (Edit. E.D.A)

Crónicas satíricas de un mundo desquiciado, las Meditaciones de un arponero se publicaron originalmente en la revista Quimera entre 2001 y 2006. Recogidas ahora en forma de volumen no han perdido su validez: el feroz conservadurismo del PP, la intransigencia de la Conferencia Episcopal y del resto de fundamentalismos religiosos, el puritanismo lingüístico y el pensamiento aséptico, la basura televisiva, los desastres de la guerra y otros cataclismos culturales (Derrida, Rohmer, Raphael, J.M. de Prada)…Todo se repite obstinadamente. El humor ácido de estos arponazos quizá ayude a combatir los Moby Dicks que nos acosan en nuestro absurdo vivir diario.

21-jun-2008

BIEN HALLADO KJELL ASKILDSEN


También este año estuve en la Feria del Libro de Madrid. Llegue a Atocha en el AVE muy temprano, serían las nueve y media, así que me di un homenaje en Casa Luciano desayunando chocolate con porras antes de encaminarme al Retiro. Subí tranquilamente por la cuesta que da a la Glorieta del Ángel Caído, después del homenaje no estaba el cuerpo para prisas.

Cantos de pájaros y algunos madrugadores sudando la camiseta a golpe de zapatilla. La calma rescatada en esa especie de burbuja verde que es El Retiro. Después vino el descorrer de persianas y las casetas fueron abriendo y en poco tiempo la Feria se puso en marcha el primer sábado, tras un viernes inaugural que para no contrariar la tradición, llegó cargado de lluvia.
Actos literarios en las carpas. Iniciativa muy loable la de las “Personas Libro” en la del Ayuntamiento de Madrid. Firmas en las casetas y nubes de tormenta en el cielo, que de forma intermitente descargaban chaparrones entre sol y sol.

Muchas cosas de interés y al llegar la noche tapeo en la Plaza de Sta. Ana y cervecitas a ritmo de música en vivo en el Populart y en La Fídula.
Y como siempre hay un detalle que destacar, esta vez, entre muchos posibles, me quedo con el descubrimiento de Kjell Askildsen.

Trasteando en una de las casetas me sedujo la portada del libro Todo como antes (Ed. Lengua de Trapo), una fotografía en blanco y negro de Bruce Davidson en la que la mirada reconcentrada de un anciano en primer plano y la indolencia de un segundo al fondo, irradian la esencia tediosa y desolada de ese Todo como antes. A la hora del almuerzo, bajo las frondas del parque, entro en materia y lo que me encuentro no me decepciona en absoluto.

En la reseña de la contraportada se parangona su obra con la concisión minimalista de Raimond Carver. Algo de ello hay, pero solo algo. No creo que Carver busque emocionar con lo que dice sino con el cómo lo dice, Pienso que ese tono lo consigue por la arquitectura de su escritura, tan poco decorada pero tan bien resuelta. Alguien hacía la metáfora de que era como si el narrador entrase con una cámara y filmase lo que está sucediendo, sin implicarse en la escena. Askildsen es más directo, el tremendo desamparo de los protagonistas se expresa en una narración en primera persona, relata el desaliento de los personajes, el desafecto hacia lo que les rodea y el miedo a la soledad y todo ello sin una fórmula tan elíptica como la de Carver.

Efectivamente, pienso que hay cosas de él, pero también de Bukowski o de Cheever, por poner algunos ejemplos muy ilustrativos. Aunque también encuentro cosas de la china Li Chi (Triste Vida, Ed. Belacqua) y seguro que de muchos más. El retrato del desasosiego es un argumento recurrente en la literatura contemporánea y es causa y reflejo de una forma de vida caracterizada por los desequilibrios de todo tipo.

A mi me queda mucha literatura por descubrir y a la industria editorial le quedan muchos retos por afrontar. Sucumbimos al boom latinoamericano y lo estamos haciendo con el after boom, empezamos a conocer mejor la literatura africana y algunos asiáticos empiezan a asentarse en las librerías españolas. La literatura nórdica es todavía una gran ausente, Henning Mankell, gracias al tirón comercial de la novela negra, y poco más.

En cualquier caso, por lo que a mi respecta, bienvenido seas Kjell Askildsen.

15-jun-2008

... Y KAFKA SE SUBIÓ AL TREN


Subió a uno de aquellos trenes con el billete que le habían vendido en la taquilla de la estación. Indicó un destino y el operario le alargó la cartulina por el hueco que quedaba bajo el cristal. Una vez en el vagón y después de confirmar que no había sitio donde sentarse, buscó un rincón en la plataforma y allí se acomodó.
Después, al poco de iniciarse el viaje, el interventor se le acercó y le pidió el billete que él le alargó sin interés. El revisor le dio la vuelta entre los dedos y mirándolo a los ojos le dijo que aquel billete no era válido.
- ¿No vale? – Contestó con sorpresa - ¿Acabo de comprar este billete hace veinte minutos y me dice usted que no vale? ¿Qué es lo que no vale?
- Este billete es para un tren de cercanías y usted ha subido a un tren especial.
- ¿Especial? – Se quedó mirándolo con cara de ingenuidad, recorriendo con la vista el vagón, intentando encontrar eso que lo hacía especial - ¿Qué tiene este tren de especial? Pasa por los mismos lugares de siempre, los pasajeros hablan dando voces, los niños berrean, no hay lugar donde sentarse, los teléfonos suenan sin control cada dos minutos y la gente cuenta su vida miserable a voz en grito. Eso sin tener en cuenta que hace un calor insoportable y que ha salido de la estación con diez minutos de retraso. ¿Me puede decir dónde está lo especial?
- Este tren no para en ninguna estación - Le aclaró el interventor como quien avisa de que te acabas de colar en una fiesta de gente guapa a la que no estabas invitado – Va directo a destino.
-¡Ah, vaya! Eso lo aclara todo. Lo que lo hace especial es que no para en ninguna estación hasta llegar a término. Me quiere decir que no parando en ninguna estación, y teniendo en cuenta que hemos salido con diez minutos de retraso, tardaremos el tiempo habitual de un tren de cercanías que llegase a su hora. Es decir, que en último extremo, contando con que tiene los mismos inconvenientes que los demás trenes y que la ruta es la misma, lo que tiene de especial es la puntualidad de un cercanías. ¿Es eso, no? Este billete sirve para trenes especiales que tienen como objetivo llegar a la hora de un cercanías.
-Lo que quiero decirle es que este tren es más caro porque es directo – Y ahí nota un punto de intranquilidad en el interventor, que duda entre considerarlo un listo bacilón o un estúpido redomado.
- ¿Se da cuenta de lo que dice? Si este tren no fuese directo llegaría con retraso. Que el tren vaya directo, les beneficia en último extremo a ustedes. ¿Es que no lo entiende? Al menos podrán ofrecer puntualidad de cercanías.
- Lo siento señor. No está usted sólo en este tren. Tengo que atender a otros viajeros – Y el interventor abrió los brazos pretendiendo abarcar la inmensidad de su responsabilidad.
- Pues váyase joven ¿qué le retiene aquí? No soy yo quien le pone pegas al billete.
- Le repito que con este billete no puede viajar en este tren. Este tren es de una categoría superior al que le corresponde con ese billete.
- Nadie me avisó al pedirlo en la taquilla. Nadie me informó de que había billetes distintos para trenes distintos al mismo destino. Pedí un billete y el operario me dio este que le estoy enseñando. Permítame que le diga que se está usted complicando la vida.
- Señor, es usted quien se la está complicando solo. Si usted quería viajar en un tren sin paradas debía comunicárselo al operario de la ventanilla. Si no se lo aclara, él le dará un billete normal.
- ¿Y quién le dice que yo quería viajar en un tren sin paradas? Quería un billete para un tren que me llevase a mi casa y me lo han vendido ¿Debo adivinar cuantas opciones tengo para viajar? Pedí un billete para un destino, me lo vendieron y aquí lo tiene.
- De todas formas debe estar pendiente de la megafonía. Si escucha atentamente verá que este tren no admite billetes de cercanías, y el suyo es un billete de cercanías.
- Vaya, pretende que cuando ya me han vendido el billete esté pendiente de si me sirve o no para un tren que va en la dirección que necesito. ¿Nos hemos vuelto locos? Ustedes deberían informar antes de que hay varias opciones para el mismo destino, entonces yo podré elegir, pero si me avisan cuando ya he hecho la compra ¿Qué opciones me quedan?
- Esperar al próximo cercanías
- ¿Esperar? Escuche joven. Si vengo a la estación a una hora determinada es para viajar en ese momento no para esperar inútilmente media hora más en el andén. Y eso en el supuesto de que ese cercanías de que me habla no salga con unos cuantos minutos de retraso.
- Señor disculpe. Yo soy solamente un interventor. Si quiere hacer cualquier queja hágala en la oficina de atención al viajero en cuanto llegue a su destino.
- Bien, de acuerdo. Así lo haré. Ahora si lo desea puede continuar con su ruta y yo podré descansar un poco.
- Si, pero antes debe abonarme el importe de este trayecto – Insistió el interventor demostrando que aquel asunto se había convertido en una cuestión de honor.
- Oiga, no pretendo eternizarme con esta discusión absurda. ¿Cuanto cuesta de más el billete de este tren?
- Cuarenta céntimos.
- Mire, no tengo ganas de seguir discutiendo por cuarenta céntimos. Se los pago y todo resuelto ¿le parece bien así?
- No. Lo siento pero no puede ser.
-Ah ¿no? ¿Y por qué no puede ser?
- No, no puedo hacerlo. Tengo que cobrarle el billete entero.
- Joven confío en que esté bromeando. Si ya tengo un billete ¿por qué tengo que pagarle un billete entero?
- Porque está usted viajando con un billete incorrecto y si le permitiese hacer eso todo el mundo vendría con un billete de cercanías esperando que el interventor no pase o no llegue a tiempo y así ahorrarse los cuarenta céntimos.
- ¿De verdad cree usted que alguien, por cuarenta céntimos, está dispuesto a arriesgarse a esta situación surrealista por la que yo estoy pasando?
- Son las reglas señor.
- Las reglas. Joven no me tome por estúpido. Según saco en conclusión, debo pagar un billete más caro por tener un mejor servicio. Es obvio que mejor servicio no quiere decir comodidad. ¿Se da cuenta de que estoy viajando de pie? Excluida la comodidad parece que el beneficio está en la rapidez, pero todo lo que voy a conseguir si pago lo que me pide es llegar a la misma hora que llegaría con un billete de cercanías que es el que ya le estoy mostrando. Pues bien, no hay nada más que hablar. Estoy pagando el importe correcto para el servicio que ustedes me ofrecen. Y ahora por favor, desearía disfrutar del paisaje de la costa, ya que dar una cabezada de pie se me va a hacer materialmente imposible.
- Señor, me está poniendo las cosas muy complicadas. Tendré que sancionarle – Y terminó la frase con determinación y contundencia, esperando un efecto definitivo.
- No me diga ¿Y eso? – Contestó sin asomo del efecto esperado.
- Por viajar sin billete.
- ¿Ah sí? Y esto que es – Levantó el billete hasta casi estampárselo en la frente.
- Un billete incorrecto para este tren.
- ¿Pero es un billete por el que he pagado, verdad?
- Si
-Un billete correspondiente a la misma línea que otro que me pretende cobrar.
- Oiga...
- ...Un billete para recorrer el mismo número de kilómetros y llegar al mismo destino con el que llegaría en un cercanías.
- Oiga señor...- Notó que el interrogatorio cambiaba de protagonista y se afanó en enmendarlo.
- ¿Si o no?...
- Si , pero ...- Respiró con resignación y entornó los ojos rogando paciencia.
- ...Entonces no me diga que me sancionará por ir sin billete. ¿Se da cuenta?.. Usted me está acusando de una falta que no he cometido, públicamente me está tratando de incívico y yo puedo denunciarle por eso.
- No le estoy acusando de nada...
- Lo hace desde el momento que me quiere vender un billete completo cuando ya tengo uno. Por otro lado ¿Puede garantizarme que este tren llegará a la hora prevista, que recuperará los diez minutos de retraso?
- Oiga, eso no está en mi mano yo sólo soy un interventor.
- ¿Lo ve? Ustedes acotan su responsabilidad, se blindan en unas cuantas atribuciones de manera que en el fondo la culpa no es nunca suya. Usted no puede garantizarme el servicio por el que pago y, no conforme con que le abone la diferencia por algo que no voy a tener, quiere que pague dos billetes, uno el que le estoy entregando de cercanías y otro para trenes de media distancia.
- Le repito que yo no quiero nada y en vistas de que no se atiene a razones tendré que tomar medidas.
- ¿No me diga? ¿Va a tirarme en marcha?...
- Tendrá que abandonar el tren en la primera parada.
- ¡Genial! Es mi parada.
- Pero si no paga tendré que llamar al servicio de seguridad que le esperará a pie del andén en la estación.
- Vaya. ¿No tienen nada mejor en que ocupar el tiempo? Llame a quien quiera pero no estoy dispuesto a pagar un céntimo más.
En la estación de destino, dos guardias de seguridad con las porras enfundadas y un rottweiler sujeto por una correa esperaban al viajero en el andén. En el mismo momento en que la puerta del tren se abría, lo hacía también la puerta del servicio que había permanecido ocupado la mayor parte del viaje y tres jóvenes en bañador y con toallas enroscadas al cuello saltaban corriendo del vagón mientras los pasajeros de la estación no le quitaban ojo al ciudadano incívico, acordonado por dos guardias de seguridad y un perro de presa.

12-jun-2008

GUARDIANES DE LA MEMORIA - ÁLVARO COLOMER


Álvaro Colomer (Barcelona, 1973) forma parte de un nuevo colectivo de narradores que alternan su actividad literaria entre el periodismo y la narrativa de ficción. Buena parte de su obra participa de las características del denominado periodismo literario o narrativo, de manera que sus libros se fundamentan en la investigación periodística.
Consecuencia de uno de esos trabajos de campo, basado en numerosas conversaciones con diversos protagonistas del mundo de la prostitución, fue su obra “Se alquila una mujer. Historias de putas” (Martínez Roca, 2002).
Una semana en varios tanatorios de Barcelona, conociendo la realidad de unos espacios presididos por la muerte dieron como resultado su novela “Mimodrama de una ciudad muerta” (Siruela, 2004).
Su última obra, “Guardianes de la memoria” (Martínez Roca, 2008), es consecuencia de un trabajo en el que indaga sobre la realidad de diferentes espacios geográficos estigmatizados por hechos concretos causantes de una notoriedad a veces indeseada. Acontecimientos que los despojan de cualquier otro pasado, dejando una impronta que los acompañará por generaciones.
Gernika, Chernóbil, Transilvania, Lourdes y Auschwitw. Cinco referentes cuyo único protagonismo en la historia será el que les concedan unas eventualidades que no dejan hueco para nada más.
El reportaje dedicado a la tragedia de Chernóbil le hizo merecedor del premio Internacional Award for Excellence in Journalism 2007. Otras obras publicadas por el autor son “La calle de los suicidios” (Círculo de Lectores, 2000), “Que la vida iba en serio” (Martínez Roca, 2004) y “Tierra de nadie” (Martínez Roca , 2006).
Álvaro Colomer es también colaborador habitual de La Vanguardia, Qué Leer y Yo Dona. En el año 2007 participó como invitado en la Jornada Literaria VISOR’07 dedicada a la Narrativa emergente.

11-jun-2008

LA CALELLA (TUDELA DE VEGUÍN - ASTURIAS)


No recuerdo cuando vi por primera vez un negro o alguien de otra raza, tampoco recuerdo cuándo me subí por primera vez a un árbol, cuándo fue la primera vez que lloré de tristeza, o cuántas veces me caí antes de sostenerme sobre una bicicleta. Pero recuerdo la primera vez que cometí un acto inútil.
Las casas de los abuelos tienen detalles que se convierten en recuerdos imborrables. De la casa de los míos conservo la imagen de las polillas revoloteando en una bombilla de la entrada, un cuadro con la ilustración de un Ángel de la Guarda custodiando una pareja de niños junto a un río, un cubo de metal esmaltado y decorado con dibujos de flores y la antigua fábrica de la Tejera, que para nosotros siempre fue el castillo de los Reyes Magos.
Delante de la casa, en el centro de algo parecido a una plazoleta en medio de la calella, había una higuera que cada año se atiborraba de higos. Cuando maduraban caían al suelo y las moscas y las abejas zumbaban atraídas por el dulzor de la pulpa.
En la copa, entre las ramas apretadas, el bullicio de los gorriones era constante y abajo, justo enfrente, nosotros nos entreteníamos con cualquier cosa. Porque lo importante no era lo que se hacía, sino hacerlo allí, en aquella calella que tenía de todo. Tenía patos que abrevaban en un reguero y gallinas y perros sueltos y unos troncos de eucalipto que cuando nevaba se cubrían de blanco y quedaban ocultos hasta que el sol los volvía a descubrir, entre los bardales había unos arbustos de bayas rojas que comían las culebras y helechos junto a la pared de un lavadero que aun se conserva.
Mis amigos tenían carabinas, en los pueblos casi todos tenían una y nos pasábamos horas haciendo puntería contra los botes de metal, las dianas de papel y las ramas de los árboles.
Un día, sentado frente a la higuera, acompañado por el zumbido machacón de las abejas y la algarabía de los pájaros, apunté el cañón hacia las ramas y encaré uno de los gorriones que se merendaba un higo a picotazos. Alineé bien la carabina y apreté el gatillo.
Fue instantáneo, una pequeña explosión, una sacudida en el hombro y el bulto gris se precipitó contra la fruta podrida del suelo. Las moscas y las abejas desaparecieron y el zumbido insistente desapareció por unos segundos.
Lo levanté en la palma de la mano y me impresionó la cálida liviandad de su cuerpo y la cabeza pequeña que se le descolgaba de un lado a otro.
-A lo mejor se ha caído del susto- pensé, esperando verlo abrir los ojos y salir volando. Pero no lo hizo, y cuando le aparté el ala izquierda, justo en el medio del lomo vi una pequeña mancha carmín que le empapaba las plumas, y el pequeño amasijo de carne que le había dejado el balín al atravesarle el cuerpo.
No recuerdo si me dio pena, pero me quedó la imagen entre la de las polillas enloquecidas, el cuadro con el Ángel Custodio, el cubo esmaltado y la fábrica abandonada de la Tejera, refugio y almacén de los Reyes Magos.
Mientras que en la evocación de todas esas cosas hay un regusto agradable, la imagen del cuerpo caliente y sin vida del gorrión no me provoca nada, ni alegría ni tristeza. Un recuerdo sin emociones.
Matar aquel pájaro fue mi primer acto inútil, algo que dejó un recuerdo vacío, una huella sin sentimientos.

02-may-2008

AMMAN


Amman a 31 de diciembre. Redacté estos apuntes entonces, aunque es ahora, repasando el cuaderno, cuando recuerdo las anotaciones que he ido escribiendo durante los últimos meses. Si no tengo nada que contar garabateo dibujos y eso me entretiene y hasta me ayuda a dar sentido a los apuntes. Siempre serán recuerdos incompletos, no habrá verdades absolutas, sólo las que la memoria me permita evocar, estimulada por esos trazos sin ninguna pretensión artística. En un estuche negro acumulo lápices y un par de pinceles, los lápices son de acuarela y mojando los pinceles en la lengua voy licuando los colores.


Al Café Viena se accede también desde el vestíbulo del Hotel Crown Plaza. Los hombres fuman narguilé y parecen narcotizados en sus asientos. Al entrar, el humo de las pipas se ha convertido en una cortina espesa que enturbia la vista e inunda el olfato. Cuesta poco acostumbrarse. Si no hubiese dejado de fumar ahora podría disfrutar de su mismo instante, aspirando el humo espeso que vicia el aire. Me limito a inspirar con fuerza las partículas que emborronan la atmósfera.
Hay quien toca su cabeza con la cofia jordana, de colores rojo y blanco la mayoría. Los hay que parecen hombres de negocios, tez morena, nariz ganchuda y un bigote que remarca una virilidad que no deberá ser cuestionada. Trajes de hormas holgadas, color marengo y raya ancha. Camisas blancas y miradas graves, envueltas en conversaciones abigarradas, endulzadas por el humo del tabaco, armonizadas por la música de fondo. No parecen hablar de trabajo, más parece que han terminado la jornada y han venido a descansar, a encontrarse con otros, a disfrutar del placer de conversar, puede que con los mismos que hasta ahora estuvieron trabajando. Un par de mujeres fuman sentadas en los sillones de una esquina recogida entre columnas, las cabezas descubiertas y la indumentaria occidental.En los altavoces suena música jordana a volumen de ambiente. El exotismo de la escena lo rompen las melodías universales de los teléfonos móviles.


Es un país de milagros. Tierra Santa. Tal vez lo más milagroso sea la paz. Por un lado israelíes, palestinos por el otro, fronterizos también con iraquíes, sirios y libaneses. Le pregunto a un guía dónde está el secreto, en el éxito de la diplomacia – contesta- , de su monarquía dialogante, dispuesta a ceder con tal de preservar la buena armonía. Creo que también importan las carencias, no hay riquezas naturales, kilómetros de tierra árida, muerta de sed, desiertos atravesados por jeeps transportando turistas a los escenarios de Lawrence de Arabia, alternando bajo las jaimas con los beduinos que te invitarán a un té y te venderán pistachos y cofias rojiblancas.


El turismo es su salvación, Petra, el Mar Muerto, Accaba, Amman… y el mismo guía me indica que también la cultura. Diez universidades públicas y trece privadas; veintitrés centros para un país que no supera los seis millones de habitantes. Exportar mano de obra cualificada se ha convertido en una fuente alternativa de ingresos. No hay familia jordana que no tenga algún miembro ejerciendo trabajos de responsabilidad fuera de sus fronteras. Curioso ¿verdad?, que alguien caiga en la cuenta de que la educación pueda ser una fuente de ingresos.

28-abr-2008

MANUAL DEL PERFECTO TERRORISTA - MATHIAS ENARD



En el mes de septiembre de 2005 tuve la oportunidad de leer un artículo aparecido en la revista Letras libres que llevaba por título “Muerte y resurrección de la ironía. Nueva narrativa estadounidense”.

En una disertación extensa y detallada Ruth Franklin daba cuenta de la importancia que los autores de otras razas y orígenes, especialmente los procedentes de culturas no occidentales, estaban teniendo en la configuración del panorama literario norteamericano.

Sin que tuviera mucho que ver, ya que la dimensión de esos efectos es difícilmente comparable, me vino a la memoria un artículo publicado en la separata Tendències del diario El Mundo que los viernes se publica en el ámbito geográfico catalán.
El escrito en cuestión llevaba por título “La otra literatura catalana” y su autor, Matías Néspolo, remataba su trabajo con la reflexión de que No sólo en catalán o en castellano se expresa la literatura barcelonesa.

Sidi Seck (Kaolak, Senegal 1967), Jamal Mahjoub (Londres, 1960), Sunny Singh (Varanasi, India 1969) y Mathias Enard (Niurt, Francia 1972), eran los cuatro autores que Néspolo destacaba en sus líneas y cada uno de ellos aportaba su punto de vista sobre su experiencia literaria en un marco geográfico ajeno a su escritura.

A partir de ambas lecturas tuve la curiosidad de conocer a los cuatro autores que habían elegido Barcelona como nueva residencia, y con esa intención planifiqué un ciclo de conferencias que llevaba por título Vincles i ponts culturals /Vínculos y puentes culturales orientado a favorecer la integración a través de la cultura. Este ciclo de conferencias tuvo el apoyo de la Regidoria de Polítiques d'Igualtat/Concejalía de Políticas de Igualdad del Ajuntament del Vendrell y en él intervinieron Sidi Seck, Jamal Mahjoub y Remei Sipi (Rebola, Guinea Ecuatorial, 1952).

De los autores reseñados en Tendències me quedaba por conocer a la hindú Sunny Sing y al francés Mathias Enard. Con la primera llegué a ponerme en contacto telefónico para invitarla a impartir una de las conferencias del ciclo Vincles i ponts culturals, pero por algún asunto particular, se veía en la obligación de volver a Londres, residencia habitual de su familia. En cuanto a Mathias Enard, tuve la oportunidad de conocerlo personalmente hace unas semanas, cuando le llamé para saber de su interés por participar en la jornada literaria VISOR’08.

Fue Álvaro Colomer quien me confirmó la calidad como escritor de Mathias Enard y me sugirió la lectura de su último trabajo publicado, “Manual del perfecto terrorista” (La otra orilla – Belacqua), el relato de Virgilio, jardinero y esclavo negro, que tras dejar entrever el odio que profesa hacia su amo, es instruido por éste en las artes del perfecto terrorista.

Diez serán también los mandamientos que le permitirán hacer de la maldad un arte, algo que para el terrorista convencional no deja de ser otra cosa que violencia efectista y mediática sin más resultado que la masacre irracional.

Virgilio, en su camino plagado de desconciertos y de sobresaltos será también víctima de los deseos sexuales de su amo, de manera que también la lascivia tendrá su lugar en ese proceso de formación encaminado a convertirle en impecable terrorista.

El libro cuenta con la aportación del ilustrador Pierre Marquès, una colaboración un tanto gamberra pues según contaba en VISOR’08 el propio Mathias: “Yo le pedía que me dibujase, por ejemplo, una bomba de tal o cual característica y él me entregaba una tortuga con un paquete bomba encima del caparazón”.

Con cierta frustración por no haber podido departir con Sunny Shing, doy por bien empleados los esfuerzos por conocer e invitar a mis proyectos a esos autores revelados por Matías Néspolo que, vaya usted a saber, si lo mismo que sucede con la nueva literatura estadounidense, no serán también algún día obra y parte de nuestra nueva narrativa catalana.

23-mar-2008

VISOR'08


VISOR'08
26 de abril de 2008
Sala Polivalent Vil·la Casals – Museu Pau Casals
Av. Palfuriana, 59
43880 Sant Salvador (El Vendrell)
Tarragona
Por cuarto año consecutivo, la Sala Polivalent de Vil.la Casals volverá a ser casa común para los amantes de las letras acogiendo la jornada literaria VISOR’08.

Desde que en el año 2005 la Regidoría de Cultura de L’Ajuntament del Vendrell puso en marcha este proyecto, han sido muchos los autores que han participado en estos encuentros, una iniciativa que nació con la voluntad de contribuir a la difusión de la cultura y a la creación de vínculos con el mundo de las letras.

El próximo 26 de abril, a partir de las 12 de la mañana y hasta las 8 de la tarde, VISOR’08 acercará la obra de diferentes autores a un público que busca en la proximidad una forma diferente de profundizar en la comprensión de sus escritos.

En esta nueva edición, el tema que capitalizará el encuentro lleva por título REFERENTES, un recorrido por las motivaciones que dan sentido a la obra literaria de los autores invitados.

Vicenç Villatoro (Terrassa, 1957), Pepe Monteserín (Pravia, Asturias, 1952), Mathias Enard (Niort, Francia, 1972), Jordi Llavina (Gelida, 1968) y Gabi Martínez (Barcelona, 1971), aportarán cinco perspectivas diferentes, cinco maneras de abordar la creación literaria.

Por qué se escribe es la pregunta recurrente que muchos autores aceptan con cierta sensación de perplejidad, una curiosidad que se tolera como quien encaja un golpe inoportuno. Suele ser la pregunta posible, hasta cierto punto esperada, pero que se confía evitar. Y finalmente llega, sin que el entrevistador alcance a suponer en qué medida puede estar interrogando sobre la cuestión más enrevesada con la que tendrá que enfrentarse el autor. Una misma pregunta y tantas respuestas como personalidades se esconden tras la voluntad creadora.

Pero más allá del por qué creador, están las motivaciones a hacerlo en una dirección determinada, a veces inalterable, como si lo escrito estuviese siempre supeditado al mismo hilo conductor, consciente o inconscientemente, y la obra transcurriese por un recorrido invariable, de manera que cada trabajo puede parecer una revisión del anterior.

La creación literaria se supedita a unos referentes, a unos estímulos que movilizarán la voluntad creadora del autor, referentes vinculados a un paisaje, a un contexto social o a un entorno personal, referentes que tendrán que ver con las inquietudes de cada cual, a veces cambiantes, a veces constantes.

22-feb-2008

LA LLUVIA QUE SIEMPRE VUELVE




Cada año encuentro en Pravia una oportunidad literaria, una suerte que trasciende lo cultural. Otra ocasión para viajar a Asturias, un regreso temporal al paisaje verde y a los cielos grises de mi casa.
Miro, remiro, me empapo de prados, de aire marero, y si puedo, me empapo hasta de la lluvia.
Intento llegar siempre un par de días antes y aprovecho para acercarme a Avilés , a su costa, a los acantilados del Cabo Peñas , me entretengo mirando la marea, las lajas brillando al fondo, y me parece un juego de niños...ahora estoy, ahora me he ido... y vuelta otra vez, y el agua con espumeros en el lomo jugando al eterno ir y venir, al ahora están, ahora no están, de los crestones bruñidos.
En Pravia callejeo, visito Santianes, me acerco a la playa del Aguilar, contemplo las casas de indiano en Somao...Simplemente, vivo.
Hace ya unos años que la AEA (Asociación de Escritores de Asturias)
y el Ayuntamiento de Pravia convierten la villa en el punto de encuentro de un buen número de autores asturianos.
Tres años van ya que asisto, hablo de libros, me encuentro con conocidos, participo y comparto mesa, copas y confesiones con otros iluminados a quienes la palabra escrita conmociona también los sentidos.
Dejé Asturias hace ya bastantes años, pero intento mantener esa perspectiva que da la distancia y que a veces no gusta de puertas adentro, cuando se exponen sin prejuicios las conclusiones que uno va sacando.
Como tantas otras cosas de esta tierra, también las letras asturianas padecen a menudo del mal del olvido, el injusto anonimato de muchos autores que a duras penas trascienden los límites de la propia geografía. Y a poco que uno entre en materia, no hay vez que no surja la inquietante reflexión de si para llegar a algo en la literatura (o en lo que sea) hay que hacer las maletas y marchar. Asturias es una comunidad que envejece, de las pocas que padecen una fuga constante de población, y alguna culpa tendrán también quienes la viven y la gobiernan.
El pasado noviembre, durante la jornada CUARTO CRECIENTE, tuve el privilegio de moderar una mesa redonda con el sugerente título de La lluvia que siempre vuelve, dedicada a autores asturianos afincados fuera del Principado. No conocía a Miguel Ángel Galguera ahora establecido en Valladolid, ni a Ada Menéndez Blanco, gijonesa y vecina de Madrid. Con Fernando Beltrán, el hombre que les pone nombre a las cosas, si había coincidido en varias ocasiones, conocía su poesía y sabía que con él la mesa redonda no podía defraudar. Y así fue, estuvo brillante en el emotivo relato de su reencuentro con Asturias. Pero tampoco defraudo la expresiva timidez de Ada, ni la evocadora defensa de la lluvia de Miguel Ángel Galguera.
Por supuesto, volveremos otra vez a reencontrarnos en Pravia. A poco que pueda, no será mi ausencia la que deje un hueco en esa cita con las letras.

Dejo aquí mi breve aportación a la mesa LA LLUVIA QUE SIEMPRE VUELVE

Ahora vivo en Tarragona, pero cuando era un crío de doce años, me llevaron a vivir a Sevilla. En casa teníamos un Seat 850 especial, 843 cc, 47 caballos, y asientos de scay granate, a juego con el color de las nalgas cuando en verano posábamos el culo sobre el asiento.
Cada año en agosto, arrancábamos rumbo al norte y transitábamos por la Ruta de la Plata (Calzadilla de los Barros, Zafra, Baños de Montemayor, Pola de Gordón...) en un viaje de leyenda hasta Asturias.
El sol consumía el alquitrán del firme de unas calzadas mal asfaltadas y de dirección única. España se nos abría en canal y tras los olivares andaluces, cruzábamos la meseta, los campos de Castilla, extensiones de cereales resecos bajo el sol. Y el interior del 850 era un horno azotado por el aire quemante que atravesaba las ventanas.
Sólo después de muchas horas alcanzábamos las primeras gargantas de roca de los montes astures. Y allí estaba, la sempiterna niebla y los desniveles del Pajares. Adentrarse en Asturias era internarse en un mundo de otra dimensión, un territorio de brumas, lluvia y verdor del que yo me sentía parte. Como el personaje de un relato élfico, alguien que retorna a un mundo alimentado por el agua y envuelto por una burbuja de cielos herméticos.
Para Leonardo Sciascia un hombre es aquello que sus diez primeros años de vida han hecho de él. Mis primeros años los pasé en Asturias, dejé de habitarla a los once, pero nunca dejé de vivirla.
Como un día me apuntó mi migo Carlos Villarrubia: El origen es una sombra paralela, si no te persigue te acompaña.


...Y por la noche los poetas recitaron y el verbo se hizo canción. Aunque la calidad de la imagen es bastante deplorable, os invito a escuchar a Pelayo Fueyo y Javier Lasheras leyendo sus poemas.

LECTURA POÉTICA (clica para ver)

26-dic-2007

MARCELO CASAS



EL GONDOLIERO DI TRIANA

Hace unos años acostumbraba a viajar por trabajo casi todas las semanas. No pasaba demasiado tiempo fuera de casa, una o dos noches a lo sumo, tiempo suficiente para ir conociendo muchos rincones en los que, acabadas las obligaciones, me gustaba perderme para escribir o disfrutar con esos espectáculos de pequeño formato que programan los cafés teatro y los locales de música en directo.
La atmósfera de esos lugares me ha servido muchas veces como estímulo para iniciar un relato o para garabatear algunas notas de esas que suelen quedar olvidadas en servilletas, o en los cuadernos que me da por llevar en el bolsillo, no sea que las musas aparezcan y no encuentren lugar donde acomodarse.
Madrid es un buen territorio para recorrer, sin rumbo. Una ciudad para rastrear y gastar suela. Y en una de esas, creo que fue un martes de hace ya unos cuantos años, descubrí en una calle del viejo Madrid de los Austrias el Café del Cosaco, donde esa noche se representaba el monólogo “El gondoliero di Triana”, obra del actor y autor sevillano Marcelo Casas.
Llegué con tiempo de sobra. El local estaba vacío, envuelto por la penumbra de unas lámparas a media luz y la claridad de las velas que decoraban las mesitas. En la barra, un camarero y un cliente, que resultó ser el propio Marcelo Casas, charlaban y esperaban, sin perder de vista al exclusivo visitante que, iluminado apenas por el pábilo de una vela vencida, escribía sin parar en un cuaderno.
La función se retrasó.Al principio apenas si habría tres o cuatro mesas ocupadas, hasta que finalmente Marcelo Casas, un personaje esperpéntico, vestido con un pijama a rayas y un sombrero de ala adornada con una cinta que le colgaba sobre el hombro, desgranaba en el escenario una historia surrealista, sin otra compañía que una mesa camilla y un perchero que sostenía los elementos que le servirían para transformarse en las diferentes criaturas de su historia.
No estaba ante un monologuista de los que proliferan en televisión, ni de un cuenta cuentos, tan de moda por aquella época. Estaba ante un actor que representaba su propia obra, un creador que partiendo de un guión descabellado, era capaz de trazar un hilo argumental lleno de comicidad, desmembrando la obra en diferentes historias paralelas, entroncadas todas en la idea principal de un personaje que funda una comeduría de marrones como forma de ganarse la vida.
El humor andaluz, a veces plagado de ese casticismo ramplón que echa mano del chiste soez para conseguir una sonrisa fácil, estaba superado. Sin prescindir de ese pedigrí local, Marcelo Casas conseguía una creación inteligente que arrancaba risas sin caer en los tópicos propios de un cómico mediocre.
Terminada la obra me dirigí a la barra y pedí al responsable del local que me presentase a Marcelo. Y así nació una buena amistad.
Durante el tiempo que mi trabajo me lo permitió, seguí coincidiendo con él en Madrid y en Sevilla, donde reside. Por él conocí a otros actores sevillanos, y otros lugares donde gastar las horas de la noche.
Nunca he tenido mitos, ni en el papel couche ni en el celuloide he encontrado nunca nada que ambicionar. Pero si he admirado a esas personas que han decidido luchar por una idea o por un proyecto, personas que han renegado de lo convencional para apostar por un ideal. Orientar la vida y las ilusiones en pos de un proyecto cultural es tanto como asumir la convivencia con la precariedad y la incertidumbre. Al menos durante unos cuantos años.
Marcelo renunció a las comodidades que le garantizaba el ejercicio de una profesión más lucrativa y sustituyó la abstracción milimetrada de los planos por el surrealismo desmedido de su fantasía.
Ahora ya no viajo tanto y cuando me toca, suelo volar mucho más lejos y por más días, pero echo de menos los rincones de Madrid, los de Sevilla y los de otras ciudades de este país por las que solía moverme. Ya no veo tan a menudo a algunos amigos, por eso, cuando hace unas semanas Marcelo me llamó para decirme que estaría con su Gondoliero en la provincia de Zaragoza, ni siquiera tuve en cuenta los grados bajo cero que aterían las noches mañas.
Cenamos, paseamos, tomamos copas, hablamos de sus obras y de mis escritos, de sus proyectos y de los míos, de lo bien que le va desde que Laura le representa y de lo que me gustaría que algún día actuase en Barcelona. Y el gélido quince de diciembre, en la Sala Capitol de Villanueva del Gállego, Marcelo Casas volvió a subirse a un escenario para comerse sus marrones sin otra compañía que su habitual mesa camilla y el perchero donde reposan sus criaturas.

10-may-2007

VISOR'07 - EL VENDRELL





LA NOVELA EMERGENTE

El 21 de abril del 2007 tuvo lugar en la Vil.la Casals (Casa Museo de Pau Casals) en El Vendrell – Tarragona, la jornada VISOR’07. Era la tercera edición de estas jornadas literarias, dedicada en esta ocasión a LA NOVELA EMERGENTE. VISOR’07 fue la continuación de un proyecto que presenté en el año 2005 a la Regidoría de Cultura de l'Ajuntament del Vendrell, con el objetivo de difundir la literatura y sus diferentes géneros, y la voluntad de convertir este municipio en un centro de debate cultural en el que la voz de los escritores sirviese para acercarlos a un público que busca referentes en la cultura.
El proyecto fue aceptado y desde entonces he tenido la satisfacción de acercar a esta población diferentes autores representativos de la nueva literatura, tanto en lengua catalana como castellana.
Durante las pasadas jornadas se abordaron diversos aspectos y temáticas literarias, desde la relación de la literatura con otras artes en VISOR’05 o la influencia del entorno geográfico y humano en la escritura, en VISOR’06. Para conmemorar este tercer encuentro, la jornada tuvo como eje la novela, prestando especial atención a los autores de una nueva generación que crece literariamente sin los condicionamientos sociales de sus predecesores. Autores que escriben desde una perspectiva diferente a la del realismo social o del llamado boom latinoamericano. Una generación que abandona la responsabilidad política de quienes vivieron bajo la influencia de la dictadura y que recuperan la narratividad como modo de aproximarse a los lectores. Escritores que propician la aparición de múltiples subgéneros recurriendo unas veces a nuevas técnicas narrativas o en otras, retomando fórmulas de cariz más clásico. Considerado por muchos como el género narrativo por excelencia, la aparición de nuevos valores literarios deja de manifiesto que también la novela es una materia viva que responde al cambio de los tiempos y evoluciona con ellos. La heterogeneidad de estilos y las diferentes aportaciones a la literatura, quedarán de manifiesto en las intervenciones de los autores invitados a esta jornada. Albert Sanchez Piñol, Ignacio del Valle, Vanessa Montfort, Care Santos, Álvaro Colomer, Sergi Doria, Carlos Villarrubia y Francisco Casavella ofrecieron sus puntos de vista y aportaron su experiencia narrativa en esta tercera edición que quiso dar voz a jóvenes autores de incuestionable calidad literaria.

25-feb-2007

Dolce & Gabbana: “Glamour o violencia”



Cuanto rumrum con Dolce & Gabbana, trágica la mentalidad troglodítica de nosotros, los españoles, incapaces de percibir la hermosura de esos cuerpos embadurnados de aceite como recién salidos de una lata de sardinas.
En el fondo, lo que nos pierde es la envidia por no gozar de esas tabletas de chocolate que adornan los torsos de los guaperas y por las que hasta Ronaldinho estaría dispuesto a vender su alma al diablo.
Y qué decir de esas asociaciones de mujeres que ponen el grito en el cielo incapaces de trascender a sus enfermizas elucubraciones, viendo la maldad donde solo brilla (nunca más bien dicho), el arte.
Porque no me negarán que ver voluntad agresiva en este anuncio es buscarle los tres pies al gato. ¿Qué mujer debidamente equilibrada no estaría pidiendo a voces que uno de esos escurridizos cuerpos la aplastase contra el suelo y la inmovilizase con fuerza por las muñecas?¿Qué hembra “comme il faut” no se derretiría de gusto esperando el turno de los atentos colegas? ¿O tanto cuesta ver que el plantel de observadores está en clara actitud auxiliadora por si al primero se le va la mano?
¿Cuánto tardaremos los bárbaros del Sur en compensar ese tramo irremediable que nos separa de los cultos del norte?
Nuestro problema es no saber apreciar el arte. Para nuestra desgracia somos un país sin creativos, sin aportaciones de interés al mundo de la cultura, sin nadie que nos avale como país de vanguardia.
Menos mal que Dolce y Gabbana se encargan de recordarnos que “España se ha quedado un poquito atrás” y yo propongo que sigamos sus consejos pero a nuestra manera.
Propongo que el personaje que sujeta a la mujer contra el suelo sea un mozo fornido, cubierto el torso y los brazos por el hirsuto pelo de la dehesa, y que donde ahora se perfilan las fibras de su abdomen, sobresalga una tripa cervecera talla XXL. Los que miran con impaciente espera, que sean también personajes bien barbados, tripudos, pilosos hasta las uñas, tocados de boina y cejijuntos. Propongo también que las interminables piernas de la hembra se transformen en robustas y paticortas extremidades, embutidos los muslos en una faja de color carne.
Si todo eso fuese así, seguramente los señores de Dolce & Gabbana aceptarían que interpretásemos la escena como una inminente violación en cadena cometida por un grupo de descerebrados.
Porque la clave está en el glamour y, para la modernidad, la belleza exonera del mal gusto. Lo “cool” disipa los malos pensamientos y eleva una sugerida agresión sexual a los altares del arte. Es nuestra vulgaridad la que nos incapacita e inhibe el entendimiento. El marketing es una técnica destinada a descubrir las necesidades del consumidor para desarrollar después los productos que las satisfagan. La publicidad es la herramienta de ese marketing destinada a comunicar que han sido capaces de crear para nosotros aquello que tanto ansiamos, y si no podemos entender que el anuncio nos ofrece hermosura, status, estilo de vida...es que no pertenecemos al “target group” al que destinan sus productos.
No saben el peso que me quitan de encima.

02-feb-2007

CLAUSTROFOBIA


(foto de Amador)

No me gustan los barquillos de los helados. Es una conclusión definitiva. No sé por qué cambian los gustos, por qué lo que ayer fue devoción hoy se repudia. Nunca ensalcé las galletas de los helados, tampoco me apasionaron nunca los bocadillos de anchoa, pero me gustaban y me siguen gustando los de caballa. Qué pasó con los barquillos.
He soñado algo raro esta pasada noche. Creo que fue esta noche. A veces pasa el tiempo y uno recuerda de pronto, como si hubiese sido hace unas horas, lo que soñó hace unos días.
Pero fue esta noche, entre sueño y sueño, cuando la algarabía de la calle me lo permitió, cuando el calor y el griterío me dieron tregua para el descanso.
Había un túnel demasiado estrecho, una tubería tan angosta que me obligaba a pasar gateando y no podía. Un temor intenso. Me retenía un temor intenso. El miedo a que la tubería se desplomase no me dejaba avanzar. Sentía pavor a verme enterrado vivo. Entonces alguien estrelló una botella contra el suelo y se hizo pedazos, y arrinconé el sueño para volver al cuarto ardiente y a la calle recortada por neones iluminados, a la gente que gritaba y al claxon de los coches. Di vueltas enredado en las sábanas que ora me abrigaban ora me molestaban.
La procesión de ruidos siguió y me acordé de los barquillos y de los helados. Odié el ruido, más aun que a los barquillos de los helados, odié a los que gritaban en la calle y juré que jamás atravesaría en sueños una tubería estrecha que amenaza con enterrarme vivo.

Esta mañana al despertarme encontré encendida la luz del cuarto de baño.
No recordaba haberme levantado durante la madrugada, pero en caso de haberlo hecho no habría necesitado dar la luz para orientarme. Me sobra con los tenues rayos que clarean el cuarto desde las persianas a medio cerrar.
Sólo ella podía haber encendido la luz del baño. Sólo alguien como ella, ajena a la geografía del cuarto, olvidada ya de cualquier geografía en común. Sé a la hora que llega por la humedad de las toallas, por el vapor que anula el espejo, por las gotas prendidas de la pared de la ducha. No sé gran cosa más. Ella es sólo el olor que impregna el aire con el perfume a menta de su jabón.

A todos nos pica la nariz alguna vez cuando dormimos. A las rusas también. La rusa que lloraba unas horas antes se sentó junto a mi, buscó acomodo en uno de los sillones duros, encogió las piernas y se ovillo, cansada de llorar. Las moscas revoloteaban sobre las cabezas después de memorizar cada centímetro del aire que nos envolvía, y repetían el trayecto, insistentes y molestas. Hay muchos cosquilleos incómodos, el de las moscas, el del labio que despierta de una enestesia, el de una herida que cura, el de un miembro que se duerme...el de la nariz cuando nos dormimos. A todos nos pica la nariz alguna vez cuando dormimos. A las rusas también. La rusa lloraba y hablaba por su teléfono móvil. Habló más que lloró y al final se acomodó junto a mi y el cansancio la empujó al sueño. Durmió arrellanada en el asiento y a través de los rotos de su pantalón vaquero asomaban las pecas que moteaban su piel morena.

Después volví solo, conduje en silencio sin que nada me alterase, busqué las carreteras más oscuras y solitarias imaginando el paisaje que no veía, inventaba los árboles, las casas desperdigadas de las que sólo reconocía la luz de las fachadas, inventaba la música que no escuchaba y me pregunté por qué de pronto habían dejado de gustarme los barquillos de los helados.

CARLOS VILLARRUBIA


Carlos Villarrubia es un personaje de esos que se agradece conocer. Me lo descubrió Vanessa Montfort, durante la presentación en Barcelona de su libro “El ingrediente secreto”, por el que ha sido galardonada con el XI Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. En una gran muestra de generosidad que yo le agradezco no sabe cuánto, desde que nos conocimos en Pravia (Asturias) con motivo de la reunión anual de la Asociación de Escritores de Asturias, Vanessa tiene la amabilidad de invitarme a sus presentaciones en Barcelona, y en una de estas tuve la fortuna de conocer a Carlos Villarrubia.
No es fácil encasillarle. Carlos es periodista, escritor, autor multimedia, letrista de canciones, director de espacios televisivos, reportero y periodista en numerosos programas de televisión y para diferentes cadenas. Ha escrito letras para Lucrecia, Hilario Camacho, Martirio, Cómplices, Rosario y bastantes más.
Creador de los libretos musicales “Ángeles y demonios”, “Viva Vivaldi” y “María la Candelaria” y autor de los monólogos teatrales “Barceloca” para Silvia Marsó y “Será leyenda luego” para Paola Dominguín. Memorialista en el espacio “Tot va be” del Canal Catalá TV...Y muchas más cosas.
Carlos tiene la apariencia de un misántropo escondido entre legajos que amarillean y calores de brasero, un hombre que sale a la luz para empaparse desde lejos de una vida que contar a su vuelta a los papeles y a las espesuras del cuarto.
Pero no. De pronto el personaje cambia de forma y el prejuicio se desbarata cuando fluye el conversador incansable, lleno de anécdotas y de vida. Un crápula a media jornada que recogió los bártulos a tiempo aunque sin deshacer del todo las maletas; un tipo generoso que nunca se hará de oro porque entiende la vida como un bien para disfrutar, no como un recurso para explotar.
Hace unos días le entrevistaron en Canal Latino digital. Te invito a conocerlo un poco mejor.
(Clica encima de este enlace)
http://canallatino.tv/?id=2&orden=id&video=1283

01-feb-2007

LAS FLORES DE NUEVA ZELANDA



Yo no sé como son las flores que crecen en Nueva Zelanda porque no conozco su luz,
ni puedo percibir su color.

Pueden traerme una semilla de allí y plantarla en algún lugar de mi casa para verla crecer y percibir sus colores bajo el sol de mi cielo.

Pero nunca sabré cómo son las flores que crecen en Nueva Zelanda.

NEGROS


(Imagen tomada de Internet)

Entonces el enésimo negro de la noche se paró frente a mí para ofrecerme películas y discos. Estiró la mano sin decir nada. Lo miré por encima de las gafas. Seguro que le mire mal, siempre miro mal aunque no quiera, no necesariamente a los negros, miro mal cuando miro por primera vez. Fuerzo la vista sobre las gafas, se me frunce el entrecejo y se me forman unos pliegues que me endurecen el rostro. También comprimo la boca y como apenas tengo labios, bajo la nariz se me dibuja una línea delgada y dura, un tajo de última hora para rematar una cara inacabada.
Como envejezco, ahora tengo más arrugas y necesito forzar más el rostro para demostrar alegría. Aquel negro no tenía arrugas, tenía la piel brillante, como las culebras y se le iluminaba por el roce de la luz sobre la capa de sudor que le cubría la cara.
Yo tengo los ojos azules y él los tenía oscuros, puede que negros con perfiles marrones, no me fijé lo bastante. Yo no tengo labios y los suyos eran carnosos y protuberantes, labios de negro, sobran detalles. Yo tengo un color pálido, como la cera o el pergamino y él era como el azabache, negro sin mezcla, virando a azul. Yo sabía donde iba a dormir mal aquella noche y el no sabía si mal dormiría en alguna parte.

08-dic-2006

SIDERALES

(Fotografía de la sombra de un móvil colgado en una de las salas del British Museum de Londres)


SIDERALES

La familia verde paseaba a su hijo en un cochecito con capota verde. El chupete que le colgaba de la solapa, la sudadera con capucha y las botas de ante, eran también verdes.
Se arrimaron a una mesa del burguer un sábado por la tarde, atestado de gente que hacía cola para comer cualquier cosa con que matar el apetito. La mamá, que mecía al niño mientras el papá se comía una hamburguesa vestía, como su hijo, una sudadera y unas deportivas verdes.
Solo el papá se había decidido a sentarse, miraba desde la mesa a su hijo y de vez en cuando estiraba la mano para acercarle una patata frita que el niño trituraba con una par de dientes recién estrenados. Por debajo de la mesa se veían los pies del padre, calzados en unas zapatillas verdes.
Mi hija me miró y me dijo que la familia verde eran lagartos extraterrestres camuflados entre nosotros, pero no le di importancia y continué con mi lectura de un relato de Dorothy Parker. Luego le expliqué que en el mundo globalizado era normal que familias de lagartos extraterrestres se mezclasen con nosotros en los restaurantes de la ciudad, que eso no tenía ninguna importancia y que era comprensible que quisieran conservar algunas señas de identidad, como por ejemplo el color verde.
Después paseamos por el centro comercial y nos fijamos en las familias de colores que caminaban entre nosotros, suponiendo que eran otras especies siderales pasando, como nosotros, la tarde.
Habíamos salido a airearnos, cansados de ver las nubes ancladas en el mismo cielo de cada día. Vivíamos en un pueblo sórdido y aburrido del que no nos interesaba nada, pero seguíamos allí, tal vez esperando que el azar viniese a liberarnos.
Cuando quisimos salir del centro comercial las nubes descargaron agua y arreció un viento que hizo volar hojas de los plátanos. Vimos como dos adolescentes en bicicleta atropellaban a un peatón que hablaba por teléfono, lanzándolo al suelo mojado. Presenciamos también como una anciana luchaba con su paraguas desportillado, intentando recomponer las varillas retorcidas y fuimos salpicados por la pisada de un saltador de charcos que atravesaba una plaza.
Los saltadores de charcos son un claro ejemplo de la plasticidad del cuerpo humano en situaciones de extrema necesidad, aunque mi hija dijo que aquel saltador de charcos era una gacela planetaria camuflada entre nosotros a quien había sorprendido la lluvia en su tarde intergaláctica. No quise alentarla en su obsesión por las especies de otros mundos y le comenté que los pasos de danza son una prolongación estética del saltador de charcos y que su equilibrio anatómico es un ejemplo de en qué medida los movimientos básicos pueden alcanzar la perfección.
Miramos a nuestro alrededor intentando descubrir otros ejemplos del sorprendente proceso de transformación que las ciudades mediterráneas sufren los días de tormenta. La lluvia empieza a ser un espectáculo insólito y cuando de improviso irrumpe en otoño, su aparición fuerza interesantes situaciones que ponen de manifiesto la medida en que determinadas conductas adaptativas se reproducen cada vez con mayor torpeza a causa de su infrecuencia.
De pronto la lluvia ganó en intensidad y los saltadores de charcos se multiplicaron, a la vez que algunos truenos reventaban entre las nubes. Las familias de colores empezaron a quejarse de que un viaje tan largo no hubiese merecido la pena y se abrigaban del agua bajo los voladizos de los edificios y los alfeizares de las ventanas.
Un saltador de charcos resbaló sobre la pintura de un paso de cebra y quedó tendido sobre el asfalto. Alguien le dijo que denunciase al ayuntamiento, no era la primera vez que un ciudadano se descalabraba a causa de esa maldita pintura con que señalaban las líneas de los pasos de peatones.
Mi hija apreció aquel detalle como una muestra de la extinción a la que estaba condenada nuestra especie, incapaz de asimilarse a una climatología adversa. Por mi parte, razoné que los saltadores de charcos no obedecen a edades concretas sino que difieren en la longitud del salto y que tal vez no había que hacer un juicio tan dramático de un accidente que quizás solo respondía a un exceso de confianza por parte del saltador. Ella me miró desde el suelo y ladeando la cabeza dejó clara su falta de acuerdo.
Seguimos caminando a pesar de la lluvia, protegiéndonos las cabezas con las bolsas donde cargábamos las compras que habíamos hecho.
Un grupo de jóvenes arremolinados, se lamentaba de que la lluvia les hubiese desbaratado un concierto de hip-hop, obligando a un cantante gordo a dejar de rapear encima de un escenario repleto de instrumentos y altavoces, que a toda prisa habían cubierto con unos plásticos.
De una iglesia próxima vimos salir corriendo a un niño vestido de marinero que, saltando sobre los charcos, intentaba mantener a salvo los relucientes zapatos de charol. Mi hija me preguntó qué especie interestelar podía camuflarse en un traje blanco de primera comunión y buscamos entre la gente, intentando dar con algún adulto imitando aquel anacronismo.
Como imaginé, no encontramos a nadie y entonces le confesé mis sospechas de que aquella repentina aparición no correspondía a ninguna especie enmascarada, sino al lamentable accidente con un agujero negro por el que aquel niño había viajado desde una época cercana al año mil novecientos sesenta. La suposición de que algo inaudito estaba alterando la normalidad de nuestros días parecía hacerse realidad.
Le seguimos con la mirada mientras daba saltos, intentando evitar el agua empantanada en las aceras. Una pareja que asaba castañas bajo una garita improvisada le gritó - ¿¡A dónde vas Billy Elliot!? – y, el niño asustado, aceleró el paso hasta mezclarse con la marabunta de jóvenes tocados con gorras de beisbol y pantalones enormes, que le confundieron con el reclamo publicitario de un detergente y lo sacaron de allí a pescozones y patadas en el culo.
Nosotros continuamos calle abajo. El agua superaba el bordillo de las aceras y transportaba las hojas de los plátanos que el viento arrancaba de las copas. En silencio contemplábamos el espectáculo novedoso de la ciudad bajo la lluvia, las gotas como alfileres al cruzar las aureolas de luz que forman los faros de los coches y las farolas de la calle, los paraguas retorcidos y las batallas por enderezarlos, los impermeables arrugados con olor a armario cerrado y los pies embutidos en los calcetines empapados.
Unos pájaros verdes atravesaron la ancha avenida en dirección al cielo oscurecido.
- Mira - dije dirigiéndome a mi hija - No eran lagartos, eran loros estelares.

10 de diciembre de 2005
10 de diciembre de 2005

25-oct-2006

"EL AMOR INUTIL" JAVIER LASHERAS


"El amor inutil" Javier Lasheras
Edit. Algaida
“El amor inútil” de Javier Lasheras ha estado a punto de cumplir un año en la estantería de mi cuarto, la que tengo más a mano y en la que acostumbro a colocar los títulos de inminente lectura. Pero suele ocurrir que, por premura y hasta por olvido, no hay vez que no se me cuele una obra imprevista y así, los que un día encabezan mi particular “pole position” literaria, terminan constreñidos bajo el peso de otros que llegaron más tarde.
Había tenido el gusto de leer su trabajo poético “La paz definitiva de la nada”, obra que no tengo intención de reseñar pues, asumiendo que mi criterio para opinar sobre narrativa es ya cuestionable, en lo que respecta a la poesía mi incapacidad es irrebatible. Pero, aun sin ningún fundamento técnico que me permita decir el por qué, disfruté de su lectura.
Puede que por eso mismo, de forma inconsciente o por lo menos no intencionada, llegase a la conclusión de que para un buen poeta, es difícil romper con los criterios estéticos del género y adentrarse en la más mundana suerte de la narrativa.
Grave error por mi parte, incontables ejemplos demuestran lo contrario, pero en ocasiones hay prejuicios que nos traicionan, privándonos de placeres que por ignorancia no llegamos a descubrir.
Con motivo de la próxima visita de varios autores asturianos al Saló del Llibre de Barcelona, inicié una serie de lecturas de quienes pasarán por esta ciudad. Y ahí fue cuando “El amor inutil” volvió otra vez a la luz, esta vez sí, para ser leído.
Desde el principio me sentí cómodo con este “amor inútil” de Javier Lasheras. Pronto empecé a chapotear en medio de un atrezzo que me resultaba sugerente. El poeta bajaba a la arena y me regalaba en su historia ese punto de negrura que tanto me gusta y que me retrotrae a los relatos con trasfondo de misterio y personajes malditos de los que me empachaba a principios de los ochenta.
Los habitantes de sus historias y los escenarios que transitan tienen también su dosis de marginalidad buscada, como si el autor se hubiese visto arrastrado por el rebufo de los últimos coletazos bukowsquianos, impregnando la historia de una derrota sin solución. Pero que nadie se engañe, “El amor inutil” despista, despista el título, como también distrae la obsesiva búsqueda del amor, la quimera que sirve como excusa para justificar el proceso de destrucción en el que los personajes están inmersos.
Esta es una historia de afinidades donde Martín y el narrador comparten el estímulo de la propia aniquilación. El amor despechado no es otro que el amor propio. El sustrato de culpa que cimenta este afán habría que buscarlo entre líneas, pero estoy convencido de que existe, como germen que da sentido a este morboso desapego personal.
En “El amor inútil”, el lector se enfrenta a un libro de libros, dos narraciones engarzadas en las que probablemente una de ellas podría funcionar de forma independiente. Dos historias encarnadas por unos personajes que deambulan como brújulas sin norte o como esos pollos descabezados que corretean como saetas descontroladas, golpeándose contra las paredes y dejando un reguero carmín de vida antes de caer exhaustos.
Hay quien dice que un autor escribe siempre la misma historia, y probablemente sea así cuando la escritura tiene un fondo de catarsis. No sé cuanto de terapéutico hay en la escritura de Javier, ni a efectos literarios me interesa, pero en cuanto a la continuidad temática, lejos de negarla, el no tiene reparos en repetir personaje, de manera que “El amor inútil” y “La paz definitiva de la nada” son complementos inseparables, protagonizados ambos por Martín Huarte.
Al final, como las buenas novelas que se resisten a cerrar el círculo, deja un poso en alguna parte, un regusto en la boca o un aroma. Un olor parecido al que nos aborda al abrir el cajón de una cómoda antigua y aparcada, a madera reseca y cuarteada, a futuro imposible.

25-sep-2006

AMANTES


Ella y él se besan frente a la tienda de bolsos. Ella le acaricia la nuca y él se entretiene ensortijando entre los dedos su pelo moreno mientras la gente pasa buscando algo o mirando al cielo.
Yo espero en la entrada a que mi mujer se decida por uno de los bolsos.
Una niña vestida de penitente atraviesa la calle de la mano de su madre y se fija en los amantes mientras arrastra un capirote negro y un escapulario enorme se le balancea sobre el pecho.
Restos de cera de las últimas procesiones cubren el suelo empedrado y parece que quiere empezar a llover. Posiblemente la procesión de la tarde tenga que suspenderse y la niña que se encamina con su madre hasta el punto de encuentro tenga que volver a casa sin estrenar el capirote.
Los amantes siguen ajenos al resto. Ella dirige la mirada a la entrada del establecimiento, se fija en el aparador y se separa del hombre para acercarse a la vitrina. Le pide que espere mientras entra a dar un vistazo, él le da un beso y le sugiere que se tome su tiempo.
Se separan y ella pasa a mi lado. Arrastra con su cabellera oscura un perfume cálido y dulzón que invade el estrecho espacio que queda entre los dos y me imagino al hombre contagiado del mismo aroma.
Él se dirige al estanco, caminando despacio, fijándose en otros escaparates cercanos. Mi mujer su cuelga bolsos del hombro y se mira en el espejo sin decidirse por ninguno.
Grupos de gente caminan en dirección al lugar del que partirán las cofradías. La niña ya se ha perdido a lo lejos y el cielo sigue amenazando lluvia.
Un negro toca el saxo en un lado de la rambla, en un banco cercano descansa un indigente con un carro de la compra, sucio y lleno de andrajos. En otro banco más alejado han puesto la escultura de un anciano de bronce, sentado y petrificado, como si un rayo le hubiese convertido en estatua.
Sobre un quiosco brillan unos globos color de plata y giran las aspas de los molinillos de colores. En el mostrador se amontonan pipas y palomitas y el tronco enorme del tendero parece abalanzarse contra la calle. Son pocos los que prestan atención al saxo, una familia que pasea un bebé se detiene para depositar unas monedas en el gorro de lana que descansa en el suelo. El saxofonista gesticula y el niño desde el cochecito observa sorprendido la cara negra de carrillos inflados.
Descubro al amante entre la gente, vuelve hacia la tienda de bolsos con un cigarrillo en la boca. De nuevo se detiene frente a los aparadores sabiendo que no hay prisa, ella necesitará algún tiempo para mirar la mercancía. Mi mujer espera frente a la caja, se decidió por un bolso beig con bolsillos marrones. La mujer morena pide consejo a la dependienta y repara también en una maleta de lona con ruedas.
Antes de llegar a la puerta de la tienda, él se detiene un instante y mira hacia la rambla donde el negro sigue tocando. Ahora nadie se fija en él y cada nota grave surge como un ronquido exangüe, como si fuese el último.
El hombre enciende un cigarrillo y se olvida del músico, orienta los pasos hacia el establecimiento de bolsos, un hilván de humo se deshace contra su cara mientras frunce un instante los ojos y la busca con la mirada más allá del umbral.
A punto de llegar se desploma como un fardo mientras el cigarrillo rueda por el suelo como una luciérnaga buscando reposo. Antes de venirse abajo congestiona la cara, los ojos perdidos en cualquier parte, aterrorizados por una sensación angustiosa, tal vez una opresión que no le deja respirar. Su brazo izquierdo parece muerto, se le balancea como dislocado y sin fuerza. Con la mano derecha se comprime el pecho queriendo atravesarlo con las uñas. Dobla las rodillas y el cuerpo se le desmonta. La barbilla apenas levantada y la boca entreabierta sugieren que unas palabras de ayuda se le han quedado atoradas en algún lugar de la garganta.
Los curiosos se arremolinan junto a él, alguien le sujeta por las axilas e intenta hacerlo respirar, una mujer saca un abanico del bolso, lo agita frente a su cara y remolinos de aire le alborotan el pelo. Desde donde estoy le veo la piel lívida, los ojos abiertos y la boca contracturada, como emitiendo un quejido que no ha llegado a articular. Un alboroto de gente le rodea, hay voces que se sobreponen a otras pidiendo un médico o clamando por una ambulancia. La excitación llega al interior de la tienda y algunos clientes se asoman a la calle. Ella continúa distraída, probándose bolsos y considerando la oportunidad de comprar la maleta con ruedas.
Me acerco y le dijo que su pareja ha sufrido un ataque en medio de la calle y ella me mira sin saber de qué le hablo. Le insisto en que el hombre con quien estaba poco antes, acaba de desplomarse en el suelo. Reacciona y se asoma a la entrada desde donde los curiosos preguntan qué ha pasado. Se yergue sobre las punteras y los gemelos dibujan en sus piernas dos contornos perfectos.
Le busca con la mirada entre el corro de personas que le atienden, da con él y le descubro la sorpresa y el terror en los ojos. Vuelve al interior y deja el bolso que aún retenía en la mano. La miro y descubre que sigo allí, esperando una respuesta. No lo conozco de nada, me dice mientras se hace hueco entre la gente y abandona el local sin volver la vista.
Un hombre le ha extraído la cartera de un bolsillo, la abre buscando un teléfono al que llamar o una dirección de contacto. Desde una fotografía guardada en uno de los compartimentos un niño y una mujer rubia regalan una sonrisa.
Hay ruidos de tambores que crecen desde el otro extremo de la rambla, revientan como los truenos que parecen irse labrando en el cielo gris. El saxo ha dejado de sonar y el negro se ha perdido tras un tumulto que va orillando la calle. La procesión avanza en medio del silencio de las personas que enmudecen ante la cercanía de los timbales. Una ambulancia rompe la calma y se aproxima al lugar donde él reposa en el suelo.
Mi mujer ya tiene bolso y desde donde estamos vemos los capirotes negros de los penitentes que acompañan a los santos. Bajo uno de ellos estará escondida la niña del escapulario enorme que le rebotaba contra el pecho.

23 abr. 06

25-ago-2006

MIA COUTO: TIERRA SONÁMBULA

Mia Couto
"Tierra sonámbula"
Edit. Punto de Lectura

Admito, aunque me pese, que no conocí el nombre de Mia Couto hasta principios de este año, cuando colaboraba en la organización de una jornada de literatura hispano-portuguesa que poco después tuvo lugar en Barcelona. De procedencia mozambiqueña, la narrativa de Mia Couto fue alabada en una de las reuniones por una amiga, experta en narrativa portuguesa, quien consideraba al autor africano como una de las voces actuales más representativas en esta lengua.
Unos meses después, conversando en esta ocasión con el presidente de la Fundación Ibo, dedicada al desarrollo de esta isla de Mozambique, el nombre del autor salió a relucir de nuevo, gozando también de la admiración de mi acompañante.
Pero no sería la última vez que, de forma casual, sentiría la presencia de Couto.
Este verano, durante mi habitual estancia en Asturias, dediqué una mañana a deambular por las librerías de la vetusta ciudad de Oviedo. Recorrí sus escaparates, curioseé en sus estanterías y hojeé algunos títulos con la agradable parsimonia de sentirme libre de prisas.
Como en otras partes, en algunos de esos establecimientos se acostumbra a ofertar saldos, última oportunidad antes de su definitiva demolición. Son títulos caídos de los anaqueles y de los catálogos, añosos ejemplares de cubiertas amarillentas e interiores deslucidos que resisten amontonados en esa especie de desolador purgatorio al que recomiendo acercarse.
Entre un surtido de especies esotéricas, geografías trasnochadas, elucubraciones astrológicas y tratados de sodokus, cabe la posibilidad de desenterrar alguna joya que ni los libreros inexpertos ni los lectores de best sellers acostumbran a reconocer.
Y en uno de esos destierros injustos descubrí por tercera vez el nombre de Mia Couto, ahora hecho carne, casi rogándome su salvación. La “Tierra sonámbula” que hojeaba entre las manos tenía las tapas ajadas, pero hubiese sido un despropósito contradecir al destino, desperdiciando la oportunidad que parecía fabricada para mí, enterrada en aquel cementerio de títulos.
“Tierra sonámbula” es un libro de libros, una exposición de historias paralelas que se alimentan una a la otra.
En el África mozambiqueña, sobreviviendo a una guerra que en todo momento aparece como telón de fondo, un joven y un anciano encuentran cobijo en un destartalado autobús que ha sido pasto de las llamas. Entre escombros y cuerpos calcinados aparece el cuaderno de Kindzu, un conjunto de relatos que transitan entre lo mágico y lo real, la historia de una búsqueda imposible salpicada de supersticiones y aparecidos que ocupará los preludios del sueño en las noches muertas del joven y el viejo, en la espera de su viaje a ninguna parte.
La prosa transcurre por un campo indeterminado, entrando y saliendo de lo irreal, de lo onírico, sin que en ocasiones uno llegue a saber muy bien el camino por el que discurre. El lenguaje que articula toda la obra bascula entre una narrativa exquisita, poética muchas veces, condimentada con neologismos y otros recursos lingüísticos, y unos diálogos afectados por la cercanía de múltiples dialectos que impactan y transforman la lengua portuguesa en esa geografía.
Un ir y venir entre dos mundos, un paseo entre esto y lo otro, tropezando con leyendas y atavismos en una tramoya sobrenatural.
Mia Couto y su “Tierra sonámbula” merecían ser salvados del destierro, ser devueltos al mundo de los vivos, y me alegro de haber escuchado el lamento exangüe que del fondo del cajón de los saldos susurraba “¡pssst...¡oiga!...¡caballero!, los que van a morir le saludan”.

24-ago-2006

CUADERNOS DE GOZÓN (R)

Este texto forma parte de los "Cuadernos de Gozón", anotaciones y escritos sobre este concejo asturiano donde paso mis vacaciones estivales. Afortunadamente, uno de esos pocos lugares donde el mundo parece aun recién salido del huevo.
(Para entender por qué escribo sobre este lugar, te invito a ver otras imágenes de esta parte de Asturias)


Siempre sube este mismo viento del mar y sacude la urdimbre espesa de brezo y pétalos violeta. Abajo el agua de siempre, roncando, sobrevolado por graznidos de gaviotas en un ir y venir interminable.

Transito por estos caminos tan asomado a sus abismos que el vértigo me obliga a aposentarme bien en el suelo mientras un vahído, como de mal sueño, me acerca a esos momentos de pesadilla y desplome interminable.

Apenas si diviso algún barco esta tarde. Una breve estela blanca riela en la popa de una nave que se confunde con el agua. Un pescador de San Martín de Podes me contó que había temporal entrando por el oeste, tuvo que cancelar los planes, plantarse en tierra y esperar a la bonanza. Casi un día navegando en una bonitera de ocho metros de eslora. Ciento cincuenta millas para encontrarse con el cielo reventando de agua y la mar convertida en una encerrona. Pero saldrá otra vez cuando se civilice el tiempo. En las noches de estrellas reina un silencio espectral, apenas roto por la proa partiendo el agua, iluminados por un crepúsculo de claroscuros perlados.

Más allá de los farallones filosos descanso la vista sobre el lomo esmeralda de la isla Erbosa. Una cresta erguida frente al Cabo de Peñas, refugio de gaviotas, rastreada por ese viento incansable que se crece y frustra el espigueo de los arbustos.

Solo cuando las gaviotas se aventuraron tierra adentro la mar se hizo brava en esta tierra.
Se contaron sobre el viaje, sobre el litoral del este hasta las riberas de Cantabria; sobre el Finisterre, donde la costa se rompe y vira trazando los perfiles de Portugal; sobre las tierras del carbón y las montañas del interior.

Conocieron las estaciones recreándose en los paisajes. Y cumplido el invierno, rebrotando la primavera, las gaviotas volvieron a la Erbosa y dejaron saber de los lagos dulces y los valles verdes de occidente; del macizo de picos que se envalentonaba por el oriente, donde la nieve se acomodaba eterna, donde las montañas eran tan altas y los rincones tan umbríos que no se animaba la hierba.

Contaron de las vegetaciones de olmedos y avellanos, de los robles y castaños ceñidos entre sí, amparando fuentes y regatos donde se escondían ninfas y medraban engendros.

La conversación se acunaba en las olas, mimada por la mar curiosa y así se encrespó el océano, arriando el temporal contra la costa, cabalgado por espumeros como aurigas empecinados, queriendo remontar los acantilados imposibles y conocer las maravillas que allí se relataron.

Fue desde entonces que la mar no ha cejado en el empeño de auparse a la barrera terca de los abismos, buscando empapar las montañas desmedidas. Fue desde entonces que no se rinde a conocer los prados donde crecen los bosques y se empantanan las nevadas.

Puede que haya sido así. Así lo pensé queriendo recrear lo que veía, olvidadizo de influjos lunares y atracciones terrestres.

La mar que contemplo desde los riscos tiene la magia de lo que creció del ingenio. El viento que sostiene los pájaros es como una pócima que silba cantos de sirenas, envolvente, embriagadora.
Estas olas brincarán por siempre incapaces de sobreponerse a los acantilados, y ahí seguirán las gaviotas, trasegando nuevas, animando mareas.

06-dic-2005

SALMAN RUSHDIE



Dentro del ciclo de conferencias programadas por la Biblioteca Jaume Fuster con motivo de su reciente inauguración, el 21 de noviembre tuve la ocasión de escuchar a Salman Rushdie que, entrevistado por Rodrigo Fresán, hacia interesantes aportaciones sobre su obra y su forma de entender la literatura.
Con la finalidad de no alterar el contenido de sus comentarios, me limito a transcribir tan literalmente como me es posible sus palabras.


La novela actual:
Ya no vivimos en el mundo clásico de la novela que se desarrolla en un lugar y con un pequeño grupo de personas que descubren su destino, como sucede por ejemplo en Madame Bovary.
El nuevo mundo es complicado y difícil de colocar en la novela. La novela se resiste, es un género que quiere ser provinciano, quiere estar en un tiempo específico.
¿Cómo escribir el nuevo mundo? Es lo que he intentado hacer. La idea de la interconexión es un tema nuevo para la novelística. “Guerra y Paz” trata sobre la interconexión.
Las ideas de que una parte del mundo está relacionada con otra más grande es nueva en la novela. Hoy es difícil separar Oriente de occidente.
Crecí en Bombay, construida por los británicos. Esta mezcla cultural está presente cada día. Si tienes que hablar o escribir de esas ciudades hay que tenerlo en cuenta y hay que buscar las formas de narrarlo.

Su inicio como escritor:
La película “El Mago de Oz” hizo que me convirtiera en escritor. En la adolescencia fui un fan de “El señor de los anillos” y aprendí el idioma de los elfos.
Me interesaban los libros. Nunca leí el Mago de Oz porque no había llegado a Bombay. La película es mejor.
Vi la película y escribí in relato sobre un niño que encuentra el inicio del arcoiris. Tiene escaleras y sube por ella. Mi padre conservó el relato y después la perdió.
Esa película me convirtió en escritor.
Cuando estudiaba internado en Inglaterra leía mucha ciencia ficción. Odiaba el internado. Leí “El Señor de los anillos” con catorce años. Tolkien era un gran lingüista y yo llegué a aprenderme el lenguaje de los elfos.

Realismo mágico:
Frente al realismo mágico el habla yo hablo de “Ilusionismo histórico”, del manejo de la historia con frases mágicas.
Globalmente no pienso en términos de etiquetas. El realismo mágico es un término útil para unos escritores con una empresa colectiva. Ellos estaban implicados en un proyecto literario. No es distinto al surrealismo francés cuyo líder fue André Bretón. Tampoco es diferente al movimiento de los fabulistas americanos de los años 50.
El término es útil cuando se les aplica a ellos. Es un estilo que no aplica el naturalismo y yo si lo hago.
Aunque aplico técnicas de fantasía, cada vez lo hago menos.
En el punto álgido de la novela realista de principios del XIX había consenso entre el escritor y el lector sobre cómo era el mundo. El realismo se basa en esos fundamentos, la idea compartida de la realidad.
Ese consenso ya no existe. Hoy no se puede asumir que el escritor y el lector comparten la misma idea del mundo.

Hubo un científico que decidió estudiar todos los dioses de la India, todos sin exclusión. Llego a calcular unos 300 millones de dioses. La India tiene 1000 millones de habitantes, lo que da un dios por cada 3,5 habitantes.
Desde mitad de los años cincuenta, la India ha doblado el número de dioses. Como asumo que el número de dioses se ha mantenido estable, en los años cuarenta había en la India más dioses que población.

Siempre pienso en escribir un libro en el que no haya política. Yo estudié historia en la universidad, no literatura y siempre encuentro que los hombres están afectados por la historia de su tiempo. En ese sentido no creo que el realismo mágico sea apolítico.
Todos los autores contemporáneos están afectados por la política, el mundo ya no es realista.
Cualquier escritor diría que es mejor vivir épocas desagradables. En las épocas agradables no hay de qué escribir. Con el final del comunismo y la caída del muro de Berlín, los escritores no tuvieron de qué escribir.

El humor:
El ataque contra mis libros ha sido de tipo teológico, por eso los lectores pensaban que también mis libros lo eran y que por lo tanto eran arcaicos. En realidad mis libros son humorísticos.
Como lector no me gustan los libros sin sentido del humor, ha de ser una forma de ver el mundo no estrictamente seria.

He llegado a la conclusión de que soy una persona sencilla porque me gusta el rock y ese tipo de cosas. La novela trata sobre cosas reales y las da a conocer a la gente. El rock & roll es de mi época. El secreto de la música pop esta en que a tu madre no le gusta. Cuando somos jóvenes las cosas importantes son las que no gustan a tus padres, en el momento en que hay coincidencia tenemos un problema. Me interesa el fenómeno global del rock & roll.
En aquella época era difícil escuchar determinada música y esa música, a pesar de ello, viajó por todo el mundo. Además, no agradaba a las madres de ningún lugar.
Cuando quise escribir una novela sobre el amor y la muerte, me sorprendió ver que el mito de Orfeo era también una obra sobre la música. Como primer papel es un poeta y como segundo un músico.
La gente me decía que escribiera sobre rock en lugar de sobre extremismo. Los libros te llegan y capturan y cuando te capturan los escribes.

Influencias:
Cuando escribí “Hijos de la medianoche” quise escribir sobre mi infancia en la India, en Bombay. Supongo que una novela en particular que pudo haberme influido fue “El tambor de hojalata” de Günter Grass. Yo tenía que tratar sobre el final del imperio y él sobre los nazis.
También me ayudó la supervivencia de la tradición oral india. A causa del analfabetismo, es todavía un hecho.
Interesa que la forma en que la historia es narrada no es sencilla.
El narrador empieza con una historia antigua pero la irá cortando para incluir nuevas líneas argumentales: anécdotas actuales, canciones, malabares, etc.
Esta idea de la narración como juego que se rompe me pareció mejor que la forma clásica. Pensé como hacerlo de forma escrita. Intenté encontrar una versión escrita de ese método narrativo.

Antología de escritores indios:
Respecto a la coedición de una antología sobre nuevos escritores indios, la conclusión de esa antología es que no vuelva a hacerlo nunca. Los que dejas fuera te odiarán. No ganas amigos y si enemigos. Las antologías sirven para enfrentarte a las personas.
Yo la hice porque era una literatura muerta que se ha enriquecido. Se ha convertido en escritura muy saludable. Tras “Hijos de la medianoche” hubo gente que quiso escribir su propia versión. Hoy son voces nuevas.

“Shalimar el payaso”:
Es frecuente que los regímenes totalitarios, laicos o religiosos formen su punto de vista sobre el escritor. Si se quiere imponer una forma de autoridad el escritor es peligroso porque tiene una visión disidente de la realidad.
Cuando la verdad pública es una mentira, el escritor de ficción tiene la obligación de contar la verdad. El escritor de ficción dice más verdades que quien se supone que ha de decir la verdad. Es una voz independiente que aporta su punto de vista.
Si miramos la forma en que los escritores se han mantenido firmes ante la tiranía eso tiene un gran mérito.
Mientras los políticos te machacan no es agradable pensar que dentro de 200 años la gente te leerá.

Los nueve años de "fatua" lanzada sobre él por Khomeini:
El no haber sido vencido implicaba no dejarme invadir. No quise convertirme en una criatura definida por el ataque hacia mi. No quería ser una criatura objeto de una venganza. Soy capaz de sentirme furioso hacia muchas cosas que me han sucedido. Por eso no escribí mis memorias. Es volver a aquella pesadilla de nueve años.

Proceso de escritura de “Shalimar el payaso”:
La primera imagen fue la del americano muerto, el hombre con un cuchillo y la hija ilegítima. Sabía que el asesino sería de Cachemira y que sería un crimen político. Dejé este hecho de lado y escribí “Furia”. Después de “Furia” miré lo que había hecho y me di cuenta de que lo que decían los personajes era que tenía que escribir toda la historia. No era solo una historia de esos tres personajes, tenía que entrar en la historia de Cachemira, en la Europa nazi y en la historia de California para hablar de la hija ilegítima. Tenía también un cuarto personaje, la mujer del muerto. Pero la novela trata sobre la traición.
Mi interesan las personas cuyas vidas cambian mucho. Esta es la cuestión de este libro. Alguien inocente que se convierte en un asesino en serie. Cuando lo aprecias y se convierte en un asesino, nos afectará. Es importante que el lector lo quiera y que se sienta confundido. Quiero que el lector tenga una reacción complicada.

Por cuestiones de espacio, si te interesa conocer el resto de la información recogida, envíame un correo a la dirección:

tarratertulia@terra.es

y te remitiré un documento de Word con el resto de sus comentarios.

05-dic-2005

IGOR (R)


Imagen de María Desatadora de Nudos

B. Asensio Dosaguas refirió la historia por pura obligación, con el estilo aborrecible de un periodista mal pagado que cubre la sección de sucesos sin otro propósito que invertir en un futuro dudoso desde un presente decepcionante.
B. relataba las crónicas desde la convicción de un anacronismo informativo que solo podía satisfacer las mentes más retorcidas y descompuestas.
Arrogándose no sé qué autoridad moral, escatimaba oficio en sus escritos, con la voluntad de castigar la perversidad de los lectores ávidos de historias morbosas, los que a su parecer hurgaban en las flaquezas de los demás sin imaginarse lo cerca que las propias andaban de emborronar las páginas de esos mismos periódicos.
Su contacto profesional con el lado más oscuro del hombre, le había transformado en un inquisidor que se desquitaba contra la maldad restándole trascendencia mediática, con unos escritos asépticos y mutilados, sin ningún interés periodístico.
Asensio Dosaguas se convirtió en un justiciero a sueldo de un periódico cicatero, obligado a informar de todo aunque fuese convirtiendo la noticia en un pobre ejercicio de elipsis y omisiones.
A Silvina la conocí en unas jornadas sobre Resistencias Patológicas a Traumas Emocionales, una cita para especialistas en psicopatología del comportamiento a la que fui invitado después que un compañero de estudios supiese de mi interés literario por algunas formas de neurosis obsesiva entre victimas de sucesos traumáticos.
Silvina ofrecía información sobre su experiencia como afectada que en los últimos tiempos empezaba a emerger de su crisis emocional. Sin que en sus argumentos se vislumbrase un ápice de Síndrome de Estocolmo, estaba claro que, incluso sin haber superado la experiencia, había racionalizado la conducta de Igor, su agresor, con mucho mejor criterio que el idiota de B. Asensio Dosaguas.
Lo más llamativo de las manifestaciones de Silvina, y que fueron lo que me puso sobre la pista de esta historia, fue la descripción de su asaltante. Un hombre joven, con la cabeza cubierta por una capucha negra en la que llamaban la atención las protuberancias laterales en la zona de las orejas y la corona de nudos ceñida a su frente, hecha con una soga de esparto.

Para seguir leyendo pulsa sobre el vínculo:
http://desatadora.blogspot.com

04-dic-2005

ANTONIO OREJUDO: "HISTORIA, FALSIFICACIÓN Y DESEO: LECTURAS DE CERVANTES"



Con motivo de las V Jornadas de Literatura organizadas por la Asociación de Escritores de Asturias, tuvo lugar en Gijón el 11 de noviembre la charla de Antonio Orejudo, presentado por Manuel García Rubio, titulada “Historia, falsificación y deseo: Lecturas de Cervantes”. Tomé algunas anotaciones sobre su ponencia y las incluyo a continuación por si son del interés de alguno de vosotros.

...Me gusta una novela si me produce ganas de imitarla. Eso me sucede con las Novelas Ejemplares de Cervantes, me dan ganas de plagiarlas.
El origen la de la literatura es la falsificación de la historia. La novela caballeresca europea nace en el siglo XII con Ehrétrien de Troyes, personaje inventado que se finge real. La confusión historia-ficción está en el origen de la novela moderna.
La historia, además de referirse al pasado, es también la trama de una novela. El idioma no distingue entre ambas nociones.
Hay dos textos fundamentales: El Lazarillo de Tormes y El Quijote.
En común tienen que son de ficción y que juegan a ser historias verdaderas.
El Lazarillo es el más radical. Fue leído como respuesta de un pregonero a una alta personalidad que le preguntaba por la veracidad de la historia.
Lázaro, antes de la carta, cuenta con detalle cómo se ha llegado a esa situación.
El Lazarillo se presenta como la carta auténtica de un pregonero llamado Lázaro de Tormes.
Los primeros lectores no estaban preparados para leer como falso algo que se presentaba como verdadero. El autor no firmó el libro.
Por su parte, el Quijote tiene intención paródica. Presenta el libro como la traducción de un texto escrito en árabe. Se burla de la literatura caballeresca

¿Por qué jugar con historia y ficción?
La deliberada confusión expresa la esencia del mundo, incapaz de alcanzar certidumbres sobre nada. Ahogados en información vivimos angustiados sin saber lo que es verdad o mentira. Hay una perversión del lenguaje por parte de los políticos. El juego entre verdad y mentira, practicado en el siglo XVI, sirve para que un escritor actual exprese su mundo.

En el origen de la novela, además de la falsificación, está también el entretenimiento. Cuando no había literatura y se hacía transmisión oral, el escuchador no podía volver sobre lo dicho. La literatura vivía en un presente continuo, dirigida al entretenimiento. La asociación narrativa más divertimiento, no es una atrocidad sino una vieja aspiración de la literatura.
No entendemos una novela que no sea divertida para el lector. Muchos piensan que lo contrario de divertido es aburrido. En concreto, en España lo divertido se asocia a la estupidez.
Libros que cumplieron el objetivo de divertir:
Libro del buen amor (S. XIV)
La Celestina (S. XV)
El Lazarillo de Tormes (S. XVI)
Don Quijote de la Mancha (S. XVII)

La relación lector autor es la misma de dos personas en el proceso de seducción. La del rol activo, la estrategia para hacerse atractivo y despertar deseo.
El escritor ha de hacerse interesante al lector provocando interés, curiosidad y deseo.
La lectura es la plasmación de un deseo. La escritura es seducción.
Leer es proyectar nuestro propio deseo. Nuestra manera de hablar de los libros dice poco de los libros y mucho de nosotros mismos.

Cervantes: El casamiento engañoso y el coloquio de los perros
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cervan/casamien.htm (“El casamiento engañoso”)
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cervan/coloquio.htm(“El coloquio de los perros”)
http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=0&Ref=7757&audio=1(“El coloquio de los perros”, documento sonoro)
En esta obra, su protagonista Campuzano hace con el lenguaje lo que Estefanía con el cuerpo. Imita la forma de una prostituta para crear interés.


La obra de Orejudo “Ventajas de viajar en tren”, es la historia de una lectura inspirada en “El casamiento engañoso”
Encuentro en un tren: El acto de leer y el acto de viajar tienen suficientes puntos en común:
- Se hace sentado
- Ciertos viajes y lecturas inducen al sueño
- Paisajes variados
- Al final uno está en otra parte

Embelesados en la lectura nos olvidamos de la vida, proyectamos los miedos en la lectura.
Cervantes fue el primer escritor que tuvo conciencia del mercado recurriendo a la prostituta y a su semi ocultamiento para despertar el interés de Campuzano. El no ve a Estefanía sino a la Estefanía que desea (ella va semi cubierta)

En “El coloquio de los perros” se ve claro que la imaginación es un medio de denuncia tan válido como la historia. Se reivindica la ficción que no quiere ser realidad.
La realidad también es literatura pues se transmite en forma de texto. En esta el discurso narrativo es insuficiente para describir el mundo.
Una novela realista no está más comprometida con la realidad que una novela que desde el principio se plantea como ficción

02-dic-2005

OBRA ORIGINAL "EL CASAMIENTO ENGAÑOSO"


Como curiosidad y en referencia al tema de Antonio Orejudo, en el vínculo siguiente tienes la posibilidad de leer el original de “El casamiento engañoso” recogido en la obra “Las novelas ejemplares” de Cervantes.

http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12371390889011518532624/ima0000.htm

01-dic-2005

CAFÉ DINDURRA (R)



Escribí esto el 11 de noviembre de 2005, mientras hacía tiempo en el Café Dindurra de Gijón, en esperas de que Antonio Orejudo iniciase su charla “Historia, falsificación y deseo: Lecturas de Cervantes”. Al margen de mi desvarío narrativo, el lugar es entrañable. Uno de esos cafés centenarios estilo art deco, por los que el tiempo no parece haber pasado y que evocan imágenes en blanco y negro de principios de siglo XX.
(En este caso, la foto que ilustra el texto es del genial fotógrafo Luis Argüelles. Si presionas sobre la foto te invito a darte una vuelta por su obra)

En el Café Dindurra los viejos y las viejas meriendan chocolate con churros entre una atmósfera de voces sobre las que se descuelgan los globos de luz blanca que alumbran el salón.
El verde resplandeciente del globo que sujeta un niño por una cuerda, parece el reclamo de una compañía telefónica buscando encontrarse con las lámparas blancas sostenidas contra el techo. Mientras, la camarera me acerca el café con leche y le pago la locura de un euro con cuarenta por una consumición ridícula, acompañada con un trozo de churro azucarado. Un extremo de churro cortesía de la casa. Pincho de churro.
Contemplo la porción amputada del churro sobre el plato donde humea el café y me parece un miembro seccionado, una falange azucarada que se quedó sin uña por el camino, el prepucio de un perro que ha perdido su rubor en el tránsito hasta mi mesa, dos centímetros de churro que crujen entre mis dientes y se pierden garganta abajo dando por concluidas las divagaciones sobre el obsequio raquítico. Después nada, apenas el regusto aceitoso y una sombra de dulzor en las papilas.
Desde el altillo del café oigo las voces abajo y me cuelo entre las permanentes de las abuelas y me deslizo por las calvas de los abuelos donde los globos de luz también se recrean.
Las columnas palmiformes podrían sostener el templo de Saqqara, encumbrar la marcha nupcial de un faraón aireado por abanicos de plumas, trazar la senda oculta de una sala hipóstila o tutelar una procesión de monjes sectarios salmodiando con voces graves. Entonces podría asumir el euro con cuarenta, pero estas columnas resisten los techos de un café con clientes rociados por laca y brillantina que han gravado los perfiles de sus culos en las sillas y en los bancos donde meriendan churros con chocolate.
Pero se me acabó el tiempo. Del churro-polla-falange amputado ya no me queda ni el regusto en la boca. Se perdió en los tractos intestinales, se diluyó en sus jugos y ya solo me preocupo por el brillo de las calvas y las permanentes que me abarca la vista.
En el altillo lee una joven en un rincón al que apenas llega la luz blanca del techo, otra recoge sus cosas y se dispone a marcharse.
Se fue el niño del globo verde, lo único que era verde. Lo llevó arrastrando de una cuerda mientras se abría paso entre el humo de los cigarros y los murmullos.
-Te cambio el globo por la punta de un churro-polla-falange.
Le hubiese dicho, y el me habría mirado con desconfianza, presintiendo la trampa, intuyendo que un globo verde que transita por el aire arrastrado por un hilo, jamás podrá ser reemplazado por una porción ridícula de churro-polla-falange. Y me habría aguantado la mirada sin contestarme, siendo su silencio la mejor evidencia de sus razones, hasta que habría dado media vuelta y desaparecido entregado a su labor de pasear el globo verde por la noche de Gijón.

12-oct-2005

PARIS-TEXAS BY RY COODER ®


Callejón en El Raval (Barcelona)

No existe un guión escrito ni un laberinto de pabellones tortuosos para llegar al mundo. Tampoco se ha escrito una manual de supervivencia, ni se inventó un astrolabio para orientar a los que llegan por mar. Tomar rumbo es como un vuelo desordenado de palomas tras una palmada. Por eso Malcolm, el guitarrista tímido, el músico venido de algún lugar sin interés, se encerró a vivir en un piso pequeño de una calle perdida en la ciudad a la que llegaba por primera vez. Podía haberse instalado en cualquier parte del mundo, no hay destino malo cuando nada se busca.
También el callejón era de lo más vulgar, una hilera de fachadas deslucidas y colores apagados, con esos desconchones de humedad, de lluvia y orines que despiden vapores de miseria. El suelo era un mosaico de adoquines, martirio de ciclistas, donde los neumáticos de los automóviles tableteaban a ritmo de ametralladora.
De día lo cruzaban los que nunca pudieron marcharse o los que sentían que no había un destino mejor. Ahora cargaban bolsas o tiraban de carros de la compra que saltaban sobre el mosaico mellado, trabándose entre los huecos eternos.
Con las primeras sombras, se veían yonkis desdentados, la piel color de cera y las venas como cuerdas cruzándoles los brazos. Paseaban con sus parejas, desnutridas y encorvadas, discutiendo a voces o deteniéndose en los portales para chutarse el penúltimo pico. Mientras, se escuchaban zureos de palomas en los tejados y por encima palidecían las horas hasta quedar sepultadas bajo la noche.
En un bajo próximo a la casa de Malcolm, unos paquistaníes habían abierto un local de verduras. Lo atendía una mujer cetrina con un hijab en la cabeza y un kaftan de tonos marrones. En el friso de la entrada colgaron un cartel con dibujos de frutas que anunciaba la mercancía y a la hora de abrir, la mujer levantaba la persiana de metal alertando a los gatos del callejón.
Más allá había una imprenta. De la parte alta de unos ventanales a medio abrir, salía el ruido insistente de los pistones que escupían el papel hacia una cinta inagotable y el aire se llenaba de olor a tinta y a disolvente.
Habitar en aquella calle era como sentirse a bordo de un tren de vapor sin paradas, transitando por un entrevero de esquinas, imposibles de ubicar en el mapa más preciso.
En algunos balcones, entre coladas de ropas que flameaban al viento, había quien colocaba macetas con molinillos de colores, rodando y dibujando arcoiris de trapo.
Otros plantaban claveles o geranios y también el color naranja de las botellas de butano era un guiño que fulguraba en los balcones de forja oxidada.
Pero se echaban de menos los pájaros. Desde el eclipse nunca más habían vuelto a oírse pájaros en el callejón. Hacía tiempo del eclipse, pero como las leyendas o los malos augurios, hay historias que pasan de unos a otros y que nadie quiere perturbar. Desde aquella mañana, después de que el sol quedase eclipsado por la luna, los pájaros de los balcones aparecieron muertos cuando el día se recuperó de la noche imprevista que apenas duró unos minutos.
Algunos lo achacaron a que las aves cautivas ajustan su existencia a un ritmo interno que no puede ser alterado, y que la aparición inopinada de la noche trastocó esa secuencia natural hasta acabar con su vida. Los otros hacían una mueca y se encogían de hombros cuando les preguntaban por las muertes de los pájaros.
De Malcolm el guitarrista, nadie sabía nada, ni siquiera el nombre. Para los vecinos era un transeúnte circunstancial que de vez en cuando daba vueltas desorientado sin otro motivo que estirar las piernas. A veces se detenía en el establecimiento de los paquistaníes y compraba algunas piezas de fruta que con arrobo y en silencio, pagaba sin levantar la mirada del suelo.
Es posible que en la soledad de su casa Malcolm solo encontrase alivio en su guitarra, y tocaba canciones de Ry Cooder y de Ben Harper poniendo en la música todo el sentimiento.
Así pasó el invierno. En su balcón no había molinillos ni macetas con plantas de colores. La puerta de cuarterones tenía cristales defectuosos donde las formas se reflejaban como en las ondas de agua de los charcos. En los marcos resecos se escamaba la pintura y había grietas por donde se colaba el aire llevando el frío de la calle.
Al llegar el verano el calor se hizo insoportable y las puertas y ventanas de las casas empezaron a abrirse dejándose oír las voces de los inquilinos, las de los locutores de radio y las de algunos niños que estaban de vacaciones. El balcón de Malcolm fue el último en rendirse, y una mañana de principios de julio las hojas cedieron abriéndose de par en par y el cuarto respiró de pronto.
Aquel mismo día, las notas de la guitarra volaron más allá de la casa. Entre la quietud fantasmal en la que se ahogaban los sonidos de la ciudad, las notas de “Paris- Texas” se estiraron como un suspiro y fueron a enredarse entre las antenas, hasta transformarse en silencio al alcanzar los extremos más alejados del callejón.
Después, su música pareció inventarse un sol naranja que brillaba al caer la tarde, una burbuja que emergiese del mar después de alimentarse de peces de colores, hasta quedar suspendida del cielo. Las notas gomosas, rebozadas en el polvo invisible de un desierto imaginado, sentaron a una anciana y al primer yonki en los peldaños de un portalón. El sol fue perdiendo fuerza y cuando el último latido se hundió tras las casas, la música de Malcolm se detuvo y el callejón pareció quedarse desnudo.
Los días siguientes fueron iguales y la gente acudía al blues de su guitarra como las ratas al flautista. La calle llegó a ser un tumulto insospechado, entronado por una cúpula naranja en la que el sol se agostaba al compás de la música. La paquistaní vendía latas de refrescos en silencio y el olor a tinta y aceites barnizaba el aire por donde transitaban las notas. Así un día y otro, gente ocupando la calle en silencio, ignorando la identidad de quien parecía diluirse en la nada, convertido en un vuelo de notas de las que se alimentaba el arrebol de cada tarde.
Hasta él día en que ese sol empezó a menguar, a perder su deslumbrante órbita, a carcomerse como si su perfil fuese una cápsula hueca disolviéndose en el aire. Las notas de París Texas parecieron más tristes y desangeladas, más perdidas en una tarde que se descomponía con rapidez. De pronto, del sol quedó solo un rescoldo desvaído que apenas alcanzaba al callejón. Alguien menciono el eclipse, y la guitarra de Malcolm enmudeció quedando el aire viciado por el olor a tinta y el cosquilleo de murmullos.
Su música no volvió a oírse en la calle sin importancia y la gente dejó de congregarse bajo el balcón. La puerta de cuarterones quedó cerrada para siempre y en los cristales siguieron dibujándose los reflejos del día como espejeos de agua.
Meses más tarde, cuando los dueños accedieron a la casa, encontraron una guitarra tendida en el suelo. Pegada a la pared solo había la litografía de un sol enfebrecido sobre la torre de Londres resplandeciendo en las aguas del Támesis.
En el suelo, descubrieron el cuerpo de un pájaro muerto tendido sobre unas partituras en las que se leía “Paris-Texas by Ry Cooder”.

08-oct-2005

PINOCHO



Pinocho acosado por una carga de la caballería ligera y un indio renegado

La cabaña y una noche quieta de verano filtrándose por las ventanas abiertas de par en par. Los grillos y el rastro de las ráfagas de un viento suave entre los árboles. Brillaban las estrellas y la que más despuntaba se descolgó y fue a estamparse contra el suelo del cuarto.
Gepeto dormía entre ronquidos. Frente a la chimenea, donde aun permanecían las cenizas de los últimos rescoldos, Pinocho colgaba de sus hilos con la cabeza hecha carbonilla.
- No podemos seguir así. Gepeto no sabe que hacer contigo.
Dijo la estrella convertida en Barbie Hada Madrina, agitando una varita mágica que desprendía ascuas de luz.
-Te lo he repetido mil veces. ¡Olvídate del Breakdance! ¡No es un baile para ti! ¡No es un baile para ningún muñeco de madera que pretenda envejecer dignamente!
Mírate Pinocho; los último trompos te han dejado la cabeza como una tea. No puedes girar y girar sobre el suelo sin pensar que terminarás ardiendo como una antorcha.
Tú no has nacido para esto. Has nacido para algo más encomiable, eres una puñetera moraleja, un compendio de virtudes. Estás aquí para transmitir valores, no para unirte a esa pandilla de desarrapados que piden limosna en la calle mientras se arrastran por el suelo.
¿Y qué es eso de tu relación con el Pájaro Loco? ¿Es que definitivamente has perdido el juicio? Pepito Grillo te deplora, está cansado de ser la voz de tu conciencia clamando en el desierto ¡Está hundido! ¿A qué viene eso de tu relación con un pájaro carpintero? ¿Te has vuelto estúpido? ¿No ves que te destrozará? Cualquier noche, mientras duermas, se abalanzará sobre ti y te dejará echo virutas. Recogerán tus restos con una escoba. Es una odiosa relación contra natura. Pepito Grillo exige ser liberado de su papel en esta historia. ¿Te das cuenta? ¿En qué lugar quedo yo, muñeco idiota? ¿Quieres decirme cómo reciclo ahora a un grillo con bastón y bombín en el siglo veintiuno? ¿Le pago una carrera de psicología? ¿Un master en recursos humanos y lo pongo de coacher en una multinacional?
No me lo podía creer. Te presenté a Pocahontas, una belleza india, de lo más lúbrico que tenía en mi catálogo de princesas de cuento. Descarté a Mulán por su falta de feminidad, demasiado sospechosa y no quería correr riesgos respecto a su inclinación sexual. Por razones obvias me olvidé de la Sirenita. Como no quería conflictos religiosos ni culturales no tuve en cuenta a Jasmine, y la Cenicienta me pareció tan cursi que la reservo para tirar de las sillas de ruedas en los geriátricos.
Así que me fijé en Pocahontas, una hembra envidiable, una hermosura étnica, puro primitivismo indígena. Por una vez en la vida habrías conocido el verdadero sentido de esa larga narizota...y tú te decides por el descerebrado de Woody Wood Peacker, el Pájaro Loco.
Gepeto tosió desde su cama, por un momento interrumpió sus ronquidos. Su apnea era una fuente de sobresaltos. Mientras, Pinocho era poco más que un resto requemado suspendido en un tendal. Entraron las nubes, el cielo perdió la claridad y las estrellas dejaron de estar visibles.
- Y ahora va y se nubla. Como me pierda de vuelta a casa, entonces sabrás lo que es el fuego.

06-oct-2005

ENCUENTRO CON RAÚL ARGEMÍ


Fotografía tomada en la Tertulia Literaria Jacaranda (Barcelona 24-9-05)


Nos sentamos a charlar en uno de los salones del hotel Duques de Bergara de Barcelona y su única urgencia es hacerse con un cenicero que las horas y las pitadas irán colmando de colillas.

Raúl Argemí podría ser un personaje de sus propias historias, un figurante de aspecto marmóreo y recio que pide la baja al autor cuando los años empiezan a desmayarle ese perfil severo que el tiempo y las arrugas ponen bajo sospecha.

Los dos pequeños peces tatuados con imprecisión en su antebrazo izquierdo, dan fe de un pasado entre escenarios difíciles, muy alejado de ese contorno de tiralíneas que confiere el aura de la intelectualidad.

Conocí esos tatuajes imperfectos en el servicio militar. Para muchos formaban parte del mismo ritual de iniciación, otra forma de perder la virginidad, sometiendo la piel a la laceración de unas agujas emparedadas entre dos mondadientes. Desconozco el significado de esos peces en la piel de Argemí y me olvido de ellos cuando entre las primeras volutas de humo, destapa su naturaleza de narrador incombustible, de contador de historias que me permite descender a los paisajes más recónditos de la Patagonia sin haber puesto nunca los pies allí. Esa es la peculiaridad, tal vez la riqueza de la literatura, el libro tiene tantas lecturas como lectores.

Una de las facetas más cautivadoras de Argemí es su crónica embaucadora. Como la de esos personajes de sombras trémulas que al calor de la lumbre y de los tragos de mate, relatan “sucedidos” en los parajes más profundos de la Argentina rural. “Sucedidos” que parecen beber de las mismas esencias del realismo mágico o que, sin ir más lejos, podrían ser concebidos por la misma fantasía que evoca los “aventis” con que los personajes más jóvenes de Marsé perfilan una realidad nueva, apartada de las miserias de posguerra.

Una constante inevitable que parece gravitar sobre sus historias es la fragilidad de las identidades. Una persistencia justificada para quien la clandestinidad política y los años de prisión forman parte de su biografía. Dice Raúl que el nombre propio es inmerecido, es un regalo de bienvenida, será la historia particular la que nos bautice con los apodos que merecemos. Uno es lo que le dejan ser y en ciertas circunstancias uno puede ser cualquier cosa.

Esta singular forma de entender la vida se apodera de su novela “Penúltimo nombre de guerra”; una novela tramposa, según el mismo confiesa. No nos resistimos a la necesidad de poner imágenes a los personajes, pero en esta historia las apariencias son solo un juego de espejos trucados y página tras página, el lector ve sus sospechas frustradas, hasta llegar a la conclusión de que la identidad es inconsistente y múltiple.

También los seres más abyectos tienen identidades adorables. Como él mismo nos cuenta, entre atrocidad y atrocidad, el bárbaro tiene tiempo de pasear al perro, acariciar a sus hijos y emocionarse con una canción. Y eso nos horroriza, su camaleónica capacidad para camuflarse entre nosotros, mostrando su apariencia más adorable.

En otros casos la maldad es impostada, es un esfuerzo del personaje por hacerse creíble y se inviste de una personalidad que le imprima la pátina de autoridad y determinación necesarias para incurrir en el delito.

“Patagonia chu chu” es un relato de hombres buenos, incapaces de ser otra cosa. Una novela lineal, como los raíles por donde circulan los vagones de la “trochita” que son el escenario de esta historia de iluminados.

Genaro Manteiga se trastoca en Bairoleto, un bandido rural elevado a los altares por la gente del pueblo, mientras Haroldo Boccini se siente imbuido por el arrojo de su presunto abuelo, el pistolero Butch Cassidy, que dejó sus huellas en la Patagonia.

Amparados por el brillo mágico de los sobrenombres, sus apodos quieren ser la prolongación imposible del personaje, la máscara transparente bajo la que se trasluce la inevitable naturaleza de Genaro Manteiga y Haroldo Boccini.

“Penúltimo nombre de guerra” es una novela negra de personajes turbios y entreverados, un relato de múltiples aristas con un enigma en el trasfondo que arrastra al lector por callejones sin salida. “Patagonia Chu Chu” es una historia de aventuras, un western en un escenario árido e infinito donde la maldad se queda solo en un intento.

La misma inquietud por las identidades plasmada en diferentes arquitecturas literarias. En todo caso, historias siempre por las que el lector se dejará llevar sin sentirse defraudado por el autor.

Raúl Argemí nació en el año 1946, en la Plata (Argentina). Actualmente vive en Barcelona.

Con su obra “Penúltimo nombre de guerra” gana los premios de novela “Luis Berenguer de S. Fernando de Cádiz” y el “Dashiell Hammett de Novela Negra” organizado por la Semana Negra de Gijón.

Con Patagonia Chu Chu” ha conseguido el VII Premio de Narrativa Francisco García Pavón.

09-sep-2005

RESEÑA: "SE DETUVO EL MUNDO"



Ni todo es lo que parece ni el futuro es un tablero sobre el que se puedan marcar las coordenadas que lo definan.
Igual que Cosimo Piovasco, el barón rampante de Italo Calvino, se sube a un árbol para escapar de la realidad, Jaime, el protagonista de “Se detuvo el mundo”, se instala en el tejado de su casa para trazar en el aire la medida de sus sueños.
El cielo de la ciudad de Oviedo será fiel testigo de sus aspiraciones alejadas de la tierra, y en él perfila su porvenir, obsesionado por volar, sin entender otro destino que el de vivir lejos del suelo.
Ese mismo tejado será el escenario donde muy temprano se darán cita el amor y el odio que marcarán sus días.
Pepe Monteserín nos presenta una historia de fidelidad inquebrantable, de lealtad hacia quien se ama y hacia unos ideales que el tiempo y los desengaños se empeñarán en desbaratar.
“Se detuvo el mundo” es una novela de ilusiones, una historia donde las pretensiones son solo intentos fallidos, donde la obstinación se hace virtud y donde el amor, como el aire, busca cualquier resquicio por donde seguir respirando.

“SE DETUVO EL MUNDO”
Autor: PEPE MONTESERÍN
Editorial: ALGAIDA

02-sep-2005

REVOLUCIÓN


Amsterdam (2003)

A las tres de la tarde el termómetro digital de una esquina en la calle Mallorca marcaba treinta y cinco grados. Ella entró en un café vestida con una falda corta de color violeta y unas mallas negras, llenas de agujeros, que le cubrían hasta por debajo de las rodillas. Calzaba botas militares sin atar. Los calcetines, negros también, le terminaban solo un poco más abajo de donde le alcanzaban las mallas. La camiseta, de manga larga y sintética, no disimulaba los cercos de sudor que le orlaban las axilas.
Nada más entrar sacudió con las manos su melena, negro intenso, corta y desgreñada, mientras las cadenas y colgantes tañían como los grilletes de un galeote pero con más alegría.
-¡Jordi... sudo como una cerda!
Medio bar se volvió y él la miró, ladeando tímidamente la cabeza.
-Vengo de manifestarme por la condonación de la deuda externa para los países pobres. Microsoft ha repartido dividendos y el jodido Bill Gates denuncia a Google porque dice que le ha robado a uno de sus ejecutivos. ¡Ja! ¿Te das cuenta?
Era obvio que por la expresión, él no se daba cuenta de nada.
Fue entonces cuando ella se dirigió al terrario arrinconado en una esquina del local y metió la mano hasta hacerse con una de las tortugas que del sobresalto soltó el trozo de lechuga que sostenía en la boca.
Se subió a una silla, agitó la tortuga en lo alto entre los tintineos de sus abalorios y reclamó la atención del público.
¿Veis esto? – y golpeo con fuerza el caparazón mientras el animal replegaba la cabeza bajo la concha - Así funcionan las jodidas grandes corporaciones, creando barreras de entrada que dificultan la participación de los países más desfavorecidos. ¿Y cómo lo hacen? Blindándose ante los más débiles. Podemos sacudirlos – y agitaba la tortuga mientras del animal apenas si se intuían los ojos entre los pliegues de su cuello – Podemos acosarlos – y entonces la golpeaba sobre el mármol de la mesa sin que diese señales de vida - Pero siguen impertérritos, estoicos ante su vileza sin límites. Pero ¿sabéis una cosa...? – y entonces provocó un silencio intrigante que uno desde el fondo y con delantal blanco aprovechó para intervenir.
-Señorita ¿le importaría dejar de arrearle a la tortuga? Es que es de Marquitos, el hijo de los dueños, que nos las deja aquí, a nuestro cargo, porque en casa no tiene espacio para ellas. Si les pasa algo a las tortugas, Marquitos dice que nos corta los huevos y nos hace tragarlos, como hacen los indios con los violadores en las películas del oeste. Eso sin tener en cuenta que sus padres nos echan a la calle sin indemnización ni nada, por desidia laboral.
- ¡Jodido esquirol!. ¿¡De dónde has salido tú!? ¿¡Para quién coño trabajas!?
- No... mire señorita, no se enoje, pero es que yo soy el cocinero, dominicano para más señas y como soy el más antiguo en la casa tengo la responsabilidad de que todo funcione bien.
Los demás callaban y Jordi escondía la cabeza detrás de una Vanguardia manoseada que rodaba por el mostrador desde las nueve de la mañana.
- ¿¡Y eso te da derecho a boicotear mi intervención!? ¡A ti, al puñetero Marquitos y al comemierda de Bill Gates, os reservamos nuestro mejor homenaje!.
Entonces levantó su mano izquierda, extendió el dedo medio imprecando al cocinero, y de un golpe seco se lo introdujo a la tortuga por el culo haciendo que su cuello se disparase, turgente y pardusco, rematado por la cabeza con unos ojos muy abiertos y el pico córneo boqueando como un pez falto de aire.
De pronto, con la mirada perdida y los parpados abatidos, dejó su cabeza desplomarse ante la mirada atónita del dominicano.

26-ago-2005

LA SOLEDAD DE LAS PAPELERAS (R)



Supongo que imágenes como esta son ya habituales en muchos lugares. En concreto esta fue tomada en El Vendrell (Tarragona)

A veces me planteo si no estaré envejeciendo prematuramente, si no me estaré convirtiendo en uno de esos abuelos cascarrabias a quienes todo molesta, dispuesto a levantar el garrote ante la inofensiva algarabía de unos críos corriendo en un parque. No deseo convertirme en una mosca cojonera que deambula sin rumbo fijo, buscando donde hincarle el diente a los colgajos más obscenos de la villa donde vivo. Pero no es menos cierto que, indagando un poco, uno descubre que más allá de obsesiones seniles, hay un poso de indignación que se extiende y que tímidamente empieza a manifestarse, aunque sin el eco suficiente para transformarse en auténtica queja.

En el escenario que componen los pueblos y ciudades por los que transitamos, uno encuentra elementos singulares, característicos de esos lugares, combinados con otros que suponemos comunes a cualquier geografía, por ejemplo: las papeleras.

En el mundo de la empresa, el desarrollo de cualquier producto lleva implícito un laborioso análisis que determinará sus posibilidades de éxito y tratará de prever la rentabilidad de su puesta en el mercado y a ser posible en qué plazo de tiempo.

Uno de los factores a determinar antes de su creación, será el de la definición e identificación del público a quien habrá de satisfacer las necesidades para las cuales ha sido pensado. Es obvio que si un producto no presta ningún servicio, no es de ninguna utilidad, es solo un trasto inútil. Lo detallaré con un ejemplo.

En una época en la que asumía la responsabilidad del departamento de márketing de una empresa del sector textil, tuve la oportunidad de colaborar con una conocida compañía de alimentación dedicada a la fabricación y comercialización de cacao soluble. En una de las reuniones, me permití preguntar por qué la empresa no se expansionaba hacia otros mercados teniendo en cuenta la larga y exitosa trayectoria que tenían en España. Ya lo hemos hecho - me contestaron - Intentamos introducir nuestro producto en un país centro americano pero fracasamos, no tuvimos en cuenta que la leche la consumen habitualmente fría y en esas condiciones nuestro producto es poco soluble, dejando grumos que no llegan a disolverse.

Ahí estuvo su gran problema, la compañía no tuvo en cuenta los hábitos de consumo de esa población en concreto descubriendo, cuando ya era tarde, que ese cacao tan exitoso en nuestro país apenas si satisfacía alguna necesidad en una geografía donde la leche se consume fría.

Efectivamente no existe cosa más inútil que un producto huérfano de usuarios, nada más penoso que un bronceador en el Congo, un tanga en Siberia, un sastre en la casa de Tarzán o...una papelera en El Vendrell.

En nuestra vida ordinaria estamos rodeados de objetos que mientras para unos son de la más apremiante necesidad, para otros son un total estorbo. Los objetos son como hijos en busca de parentesco y un objeto huérfano es un trasto inútil que a todos incomoda. Suponemos de antemano que hay productos comunes a la inmensa mayoría de necesidades; no así, para algunos, las papeleras en el Vendrell.


Dónde está el problema ¿Acaso los fabricantes de estos artilugios se olvidaron de incluirnos en las poblaciones de estudio empleadas para conocer su grado de utilidad? ¿Tal vez el concepto papelera va unido para unos cuantos a un significado diferente al del resto de los mortales? Posiblemente sea eso, de otra manera no se entiende la imagen de una papelera vacía, rodeada de desperdicios. Eso es, la misma definición que utilizaríamos para una isla, la utilizarían los incívicos para una papelera en El Vendrell: Una papelera es una isla rodeada de un mar de basura por todas partes.

Ante esta imagen uno piensa que si de pronto los objetos inútiles se rebelasen e iniciasen una procesión del desencanto, veríamos un pasacalles de papeleras apátridas y desengañadas buscando aires y tiempos mejores. Huyendo a toda prisa del desamparo, escapando de la soledad que provoca la inutilidad.

En su libro “La inteligencia fracasada” José Antonio Marina hace mención a la definición que Carlo Cipolla hace de la estupidez: “Una persona estúpida es la que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Aunque Marina matiza esta definición, no cabe duda que un ligero vistazo a nuestro alrededor nos lleva a la conclusión de que los estúpidos proliferan como hongos, que son una especie en vías de expansión y que por más que lo queramos evitar, terminan por condicionar buena parte de nuestras vidas.

José Antonio Marina, con buen criterio, prefiere el término “inteligencia fracasada” como alternativa al de “estupidez”. Considera que este último es un vocablo demasiado genérico y carente de base científica. Aceptando sus consideraciones, confieso que me resulta difícil admitir que cualquiera de los individuos que convierten las calles en un vertedero, tengan la inteligencia fracasada ya que, por definición y aunque arruinada, presupone aceptar que tengan capacidad de discernimiento, algo duro de tragar en vista de los resultados de sus actos.

Hace unas semanas yo proponía desde este mismo medio la necesidad de políticas educativas que ayudasen a erradicar los malos hábitos de ensuciar las calles. Tal vez deberíamos empezar por ahí, por la resurrección de Barrio Sésamo, Epi, Blas y la gallina Caponata recorriendo la ciudad, sosteniendo cada uno de ellos una papelera sobre sus cabezas, con Espinete detrás recubierto de púas envenenadas y amenazando con abalanzarse sobre los incapaces de definir su utilidad, o de silabear adecuadamente la palabra pa-pe-le-ra. Podríamos hacer que Don Pimpón aporrease un tambor convocando a los curiosos para demostrarles que las papeleras no son canastas de baloncesto para enanos, ni esculturas posmodernas pagadas por el Ayuntamiento para el embellecimiento de las calles. Y el Monstruo de las Galletas, en lugar de engullir bizcochos, tragaría mondas de naranja y otros desperdicios comparando la utilidad de su enorme boca con la de una papelera. Le llamaríamos “La Charanga de la Papelera” y sería el primer paso para un objetivo más amplio que nos llevaría a la enseñanza de términos como contenedor, recogida selectiva... pero esto ya sería para nota.

02-ago-2005

SMOKE


Imagen de Londres tomada desde la Tate Modern

-Llegas y te parece que el tiempo se haya detenido por ti.
-Bueno, eso es algo muy manido. Nada tiene de especial sentir que el tiempo se detenga. La frase es muy recurrente y la sensación muy convencional.
-Ya, pero es que en la plaza había un enano negro, desnudo de cintura para arriba, haciendo malabarismos con la llanta de una bicicleta y la gente hacía corro aplaudiéndole.
-Y eso ¿qué tiene que ver?
-La última vez también hacían corros para ver a la gente actuar.
-¿Al enano negro?
-No, no. Entonces no estaba el enano negro. Había un latino con cara de indio que tocaba la guitarra y soplaba una quena a ritmo de rumba española. Era horrible.
-Entonces no vale. Nos falta el enano negro.
-Pero la plaza y el corro de la gente…
-Eran otros. Solo el corro era parecido. Pura geometría. Cuéntame otra cosa. Algo diferente. Alguna novedad
-No las hay. Son irrelevantes. Son solo detalles. Tienen consistencia etérea, muy volátil, como un gas. No interesan los detalles en si mismos, solo nos afecta lo que queda de ellos. Ya sabes, una especie de holismo de los sentimientos en los que el todo es más que la suma de sus partes.
-Pero no aporta nada.
-Es posible. No escribo historias de aventuras ni cuentos con finales sorprendentes.
-¿Entonces?
-Cuento cosas comunes a los demás. Nada de especial.
-Pero la gente busca historias excitantes. Algo que vaya más allá de su propia monotonía, de su propia realidad. Ya tienen de sobra con la suya.
-Bueno. Tal vez otros busquen que alguien les cuente lo mismo que ellos sienten.
-¿Y qué sentido tiene?
-Quizás les ayude a sentirse normales. A saber que sus inquietudes y sus temores son compartidos por otros.
-Vaya ¿literatura para neuróticos?
-No. Para gente de la calle, del montón. Ya sabes, esa masa imprescindible.
-¿No pensarás en un manual de autoayuda?
-¡Venga ya! No me hagas reír ¿Me ves a mí dando consejos?
-Era solo una pregunta
-Bien
-Pero, joder. No es posible que después de seis años lo más interesante de Londres sea un enano negro, haciendo piruetas en Leicester Square.
-¿Te parece poco?
-Bueno. Estarás de acuerdo conmigo en que la noticia no llenaría la portada de un periódico.
-Posiblemente. Pero dime, ¿has intentado alguna vez congregar a cien personas a tu alrededor?
-Si fuese enano, negro y malabarista, no sería difícil.
-Efectivamente. Pero como no lo eres, te limitas a formar parte del corro. Él es la excepción, es el detalle crítico. Sin él y sin el indio que destrozaba las rumbas, nada sería lo mismo.
-Empiezo a no entender nada. Decías que el tiempo parecía haberse congelado desde tu última visita a Londres y todo gracias a un personaje estrafalario que se entretiene haciendo piruetas en la calle.
-No, no. Los entretenidos somos los otros. Los que miramos. Lo importante no es si miramos a un enano o a un indio. Lo importante es la necesidad de mirar. Hay quien puede necesitar que le cuenten historias con finales magistrales, quien necesite verse en la heroicidad de sus personajes, pero todos necesitamos ser espectadores a diario. De tan normales somos vulgares. Al circo le sobra gente.
-Bueno. Tú ya has encontrado al enano.
-Esta gracia era más previsible que mi reflexión sobre el letargo del tiempo.
-Cierto. Pero yo no pensaba ponerla en un libro.
-Touche.
-No tiene importancia. Pero sigo sin entender esa pretensión didáctica de tus relatos.
-En absoluto. Te he dicho antes que nada hay más alejado de mi voluntad que impartir enseñanzas a nadie. Solo quiero contar cosas. Las mismas que contaría cualquiera si no tuviese más que aportar que la humilde experiencia de quien solo alcanza a ser observador. El enano y el indio tendrían mucho más que decir, o al menos, tendrían algo diferente que expresar. El punto de vista del observado. Una gran mayoría hace que el mundo se mueva, pero necesita que alguien ponga las anécdotas para liberarlo de la rutina.
-Joder. Eso suena a demagogia rancia, a lenguaje político. Es hablar para no decir nada.
-No, no. Yo no critico nada. Solo pongo de manifiesto una evidencia.
-Por supuesto. Hemos tenido gladiadores, bufones y hoy disfrutamos de toreros, futbolistas y de esa escoria que llaman mediática. Ahora tú descubres a un enano, negro y malabarista y antes a un indio músico. ¿Y bien? ¿Adónde nos lleva?
-A ninguna parte. Por eso sentí que el tiempo no había pasado. Que todo seguía igual de entretenido gracias al enano, como antes fue gracias al indio ó como antes lo fue gracias al bufón o al gladiador.

También había luces iluminando los teatros y librerías que animaban a hojear los libros y una batahola muy diversa en las calles que me hacía sentir mejor.
Por la mañana, frente a la habitación del piso número trece de un hotel con moqueta granate y paredes empapeladas con flores abigarradas, se levantaban los rascacielos que recogían en sus cristales los movimientos de la calle y los brillos nuevos del día.
El Támesis cruzaba entre los edificios y una pequeña barca a motor avanzaba desde lo lejos abriendo abanicos con la proa que partía el agua.
Por detrás del río se crecía la mañana con una fuerza de luz inesperada para aquella ciudad de cielos apagados.
Un tren cruzó el cauce por el puente que unía las orillas sin que desde el cuarto con ventanas herméticas pudiese oírse nada.
Innumerables trabajadores con cascos amarillos y chaquetas fosforescentes discurrían por un recinto de andamiajes y armazones inacabados.
La próxima vez solo eso será lo nuevo. La abundancia de las nuevas torres tocando el cielo.
Pero en Leicester Square o en cualquier otro sitio, permanecerán los corros y la avidez de los observadores. En el centro el enano negro malabarista dará paso a nuevos actores, igual que el indio músico que destrozaba rumbas le había cedido su sitio a él. Serán solo detalles para esa mayoría que necesita algo que observar.
No empujen que el tiempo espera.

18-jul-2005

METRO



Diapositiva tomada en Nueva York hacia 1986, luego la retoqué y quedó esto

Me adentro en los corredores donde las voces se transforman en ecos arrebujados. Subo después al vagón lleno de gente apiñada, sujeta a las barras del techo. Ahí están los detalles de la proximidad, un aluvión imprevisto: los perfiles de las uñas, los esmaltes nacarados, las siluetas de las caras, el color de los ojos, la longitud de las pestañas, los ribetes de sudor, el olor de los abrigos, el color de los zapatos, los perfumes en la piel, los tonos de las camisas, las miradas perdidas en el linóleo, en el fondo de los vagones, en otros ojos más atentos, en la nada.
Dejo el tren una estación antes y camino. En los andenes la gente se mueve. Mirarlos quietos es una impertinencia a su exposición estática. La quietud es una forma de desnudez, de exhibición sin remedio.

La gente apiñada no vale gran cosa. Un hombre calvo y pequeño va a la cola de la multitud. Tiene un bigote previsible, de militar chusquero, de virilidad impostada, chaleco de punto gris, abotonado hasta abajo y gafas de concha. Sobre su cráneo brillante se posan escurridizas todas las luces del andén. Camina con pasos cortos, alargando muy poco las piernas, sin casi doblar las rodillas. Las manos delante de la cintura y las palmas hacia adentro. Asexuado. Débil de fuerza y carácter. En Power Drills había alguien así. Un hombrecillo diminuto que abonaba las notas de gastos. También le brillaba la calva y se movía con pasos cortos y las palmas abiertas contra los muslos. Frágil como una silueta de papel silenciosa, desplazándose muda sobre la moqueta verde que despedía un calor asfixiante. Era un hijo de puta.

Desde abajo se le aupaban sobre la montura de concha los ojos hundidos y bisbisaba que algo no estaba bien. La nota no estaba bien, faltaban detalles.
Montalvo tardó quince días en cobrar unos gastos que había adelantado.
- La nota no está bien. Desglose gastos por partidas.
Desglosados por partidas.
- La nota no está bien. Ajústela a una página.
Ajustada a una página.
- La nota sigue sin estar bien.
Montalvo había cruzado el mar hasta Mallorca sobre una tabla de esquí náutico tirado por una motora y esperó al administrativo en el aparcamiento. Le abordó antes de que cerrase la puerta del coche. Se inclinó sobre él y le cogió de la pechera. Acercó su cara a la suya y los ojos del hombrecillo se llenaron de lágrimas, tragó saliva, sorbió los mocos y escondió el cuello entre los hombros.

Montalvo lo sostuvo frente a sí unos segundos. No le dijo nada. Aflojó el rostro y luego la mano. El otro se desplomó contra el asiento como un fardo pequeño. Miró hacia el frente y accionó el motor sin descongestionar el cuello de los hombros. Montalvo cerró la puerta y le miró alejarse. Se sintió mal. No durmió. No se libraba de la cara del hombrecillo, con los ojos anegados y la calva brillante.

Al día siguiente Montalvo recorrió avergonzado la moqueta que daba tanto calor, en dirección al hombre diminuto. Se paró frente a él y se inclinó para disculparse. El administrativo miró hacia la cara enorme del fenómeno que había llegado a Mallorca en una tabla de esquí y le murmuró con un papel en la mano.

- La nota no está bien. Desglose los trayectos del apartado kilometraje.
Montalvo recogió la nota en silencio y se fue con ella a desglosar el apartado del kilometraje.

Los últimos escalones antes de llegar a la calle están mojados. Llueve. Da igual, aprovecharé los voladizos para avanzar por las aceras. Otra vez gente apiñada. Todos quieren guarecerse bajo las cornisas. Sin darnos cuenta se hace de noche y se encienden las luces.

-¡Taxi!. Gritan desde las aceras.
-¿Dame algo? Piden desde un portal.
-¡A 3 euros! ¡A 3 euros!. El negro avispado ofrece paraguas.
-Mamá, cómo es la gente cuando se hace mayor. Pregunta un niño con ganas de saber.
-Invisible. Contesta la madre que todo lo sabe.

17-jul-2005

CARTA DESDE PRAGA


Vista del puente de Carlos y del castillo de Praga al atardecer

Querida tú. Estuve en Praga cinco días. En Praga hay praguenses y praguensas, chicos y chicas, checos y checas, pero en verano pocos y pocas, también hay tilos que huelen a miel y puestas de sol por detrás del castillo y una ciega que canta arias en el puente de Carlos y barcos que parecen de piedra entre los ocasos, sobre el agua que espejea como lentejuelas en un vestido a ritmo de foxtrot.

A veces graznan los pájaros sobre el Moldava, -¿qué pájaros vuelan sobre el Moldava?- y te hacen levantar la vista y es fácil encontrar la estela de una avión
que traza líneas blancas sobre el cielo inabarcable.

Inabarcable parece que venga de barca y las barcas cruzan el río con turistas y orquestinas de jazz que esparcen las notas mientras van enmudeciendo remontando la corriente.

La gente corriente, el agua corriente, la corriente, no quedan praguenses corrientes se han ido de Praga, pero eso ya te lo dije.

¿Se te curó la añoranza? Espero que si ¿De dónde viene añoranza?
¿Vendrá de “año”? Será que dura un año. "Ranza" será eso, “duración”.
Ahora está claro Año-ranza: Estado anímico caracterizado por un
sentimiento de melancolía sobre hechos pasados que tiene un año de
duración. Plas, plas, plas. Y se oye ¿No tiene nada más
inteligente que decir Sr. Espina? Es que he estado enfermo (le
contesto). Entonces seré benévolo con usted (me dice), pero la próxima
vez ahórrese comentarios estúpidos. Bueno, vale ¿puedo sacarle punta
al lápiz? De acuerdo, levántese y vaya hasta la maquina afiladora.
(Cómo me gustaba el olor a cedro de la madera). ¡Ahora se sienta y me
conjuga el verbo añorar! (me sanciona). ¿Y si me entra pena?, ¡Ni se le ocurra llorar! (me advierte)
..Yo añoro, tu añoras, el añora.....

Una vez un pájaro se cayó de una palmera del parque, yo era un niño y lo subí a casa, la casa la recuerdo en penumbra, por el calor del verano, y también recuerdo un rumor de la tarde. Sr. Espina ¿Ya empieza otra vez? ¿Qué es eso del rumor de la tarde?. Déjeme ya Don Manuel, se acabó su párrafo.

No se le pueden dar opciones a la infancia, siempre se te cuela algún censor.

¿Sigues ahí?..El rumor de la tarde, te decía. Las tardes de verano parecen empujadas por la fuerza de un motor que deja en el aire un silbido casi inaudible. Se le superponen los gorjeos de los gorriones, y la fricción de las copas de los árboles entre sí. El gorrión apenas si había perdido el plumón de recién nacido. Una noche mi padre lo cebó con tortilla y yogurt y al día siguiente se murió entre los algodones llenos de mierda de una descomposición fulminante.

En Praga también las palomas se cagan en las cabezas de las estatuas encaneciéndolas para siempre. No sé si comen yogur y tortilla.

La calle la impregnan el olor de los tilos, olor meloso, de la familia del azahar, del jazmín, olor envolvente, principalmente.

Mente: sustrato intangible del cerebro - parte compleja del sistema nervioso central- que configura las emociones. Principal: original, primigenio, prioritario.

Principal-mente: Afectos originales. ¡Sr. Espina, por favor! (me increpa), ¿Usted no se había ido? (le interrogo),En estas circunstancias no me atrevo (me contesta).

Arrecia el viento sobre el río y levanta crestas sobre el Moldava. La montaña se echó a la espalda el sol de la tarde.

De un barco con turistas llegan las últimas notas de un ragtime.

19-jun-2005

EXPOSICIÓN RINEKE DIJKSTRA


Rineke Dijkstra

La colección “Retratos” de Rineke Dijkstra estará expuesta en Caixaforum de Barcelona hasta el 21 de agosto.

Hace años circulaba por casa una foto en blanco y negro en la que yo aparecía en una playa de Asturias recién salido del agua. Tras de mí se veía el mar y algunas siluetas de gente caminando a mis espaldas. Los tonos grises de la imagen permitían disimular un cielo seguramente apagado y con poco sol, un cielo que, en el mejor de los casos se abriría y cerraría al paso de las nubes que hacían del mar una espesura oscura en movimiento.

No tendría más de doce o trece años y mi cuerpo era una masa muy liviana sin más andamiaje que un entramado de huesos a flor de piel. Cómo lo echo hoy de menos.
A pesar de mi poca consistencia exhibía una pose desafiante, la propia de un aspirante a coloso que en su soledad resiste al desamparo con actitud retadora.

En Caixa Forum, Rineke Dijkstra (Países Bajos, 1957), expone varias colecciones de retratos que merece la pena visitar. Más allá de los aspectos puramente técnicos y artísticos sus trabajos entran en la dimensión de lo psicológico pues en la mayoría de tomas, se plantea el conflicto de la individualidad personal enfrentada a la cámara del fotógrafo. La soledad del sujeto observado en un entorno casi siempre árido y que solo él puede llenar.

Someter al otro a un espacio al que adaptarse es obligarlo a hacerse con él, a ocuparlo, a hacer brotar de sí mismo los elementos inmateriales que llenen un área desamparada.

En la colección de “Los retratos en la playa”, Rineke Dijkstra solo presenta una porción de mar que en el observador se traduce en una imagen de inabarcables dimensiones y en el suelo, la infinita capacidad de descomposición de unos palmos de arena.

Frente a esa especie de naturaleza muerta el modelo se sabe único, centro de todas las miradas y en todos, esa sensación se transmite por la inestabilidad de sus perfiles, los rictus, las contorsiones y el desequilibrio de las formas que, de alguna manera, manifiestan el malestar.

Todas las imágenes son imperfectas. La soledad ante el espectador, es esa exclusividad lo que las hace imperfectas. Nada hay que distraiga al observador de esa visión única que representa al modelo en la playa. El personaje lo sabe, por eso rehuye la simetría y rompe el equilibrio natural de la playa y el mar.

Pero la exposición es mucho más. La serie “Las maternidades”, “Los toreros”, “El Buzzclub”, “Los estudiantes de secundaria”…En algunos casos una provocación al visitante, en otros un ejercicio de experimentación con el centro de atención en la singularidad individual.

15-jun-2005

"EL VENDRELL QUE NO VOLEM"


Fachada de El Vendrell

Las reflexiones expuestas en este escrito sirven para cualquier lugar de características parecidas. Si lo he centrado en El Vendrell es porque esta es la población donde vivo, donde tributo y donde más directamente padezco los inconvenientes que denuncio.

Hace ahora unos cuatro años, en una reunión de vecinos con un político municipal de orientación conservadora y nacionalista, este que escribe proponía la necesidad de establecer sanciones para aquellos individuos que, haciendo caso omiso de las más elementales normas de convivencia, consentían que sus perritos fuesen soltando excrementos por la calle sin preocuparse por recogerlos.

En un alarde de demagogia, propio de quien solo ha bebido de los libelos y panfletos del propio partido, el político respondió que ellos no estaban por la labor de políticas coercitivas, prefiriendo intervenciones de tipo educativo.

Era una respuesta previsible en alguien que, a falta de algo más original que decir, tira de muletilla tan rimbombante como inútil. Pero me indignó esa respuesta hueca en la que asumía como propia una reflexión que le venía al pelo, escurriendo las responsabilidades que como político municipal le correspondían.

Yo fui más pragmático, pues ni me dedico a la política ni tengo que contentar a nadie desfigurando opiniones entre nebulosas de frases que no dicen nada: Hasta los diez años se educa, pero el adulto que saca su perrito a evacuar dejando la mierda a disposición de los demás, solo aprende si se le sanciona.

Puede que alguien quiera matizar o discrepar; tal vez haya quien crea que la educación por si sola, es válida hasta los catorce o dieciséis años. No entraré a discutir por unas primaveras de más o de menos; pero ¿de verdad alguien cree que unas recomendaciones sobre buenas maneras son suficientes para disuadir a un treintañero de ignorar los excrementos de su perro en un lugar público? ¿Alguien piensa que quien lanza impunemente al suelo una lata de refresco o una bolsa vacía, se sentirá aludido cuando se le diga que eso no está bien?

No creo descubrir nada, pero en otros ámbitos, está más que demostrado que cuando los comportamientos están ya establecidos y basados en aprendizajes erróneos, pretender modificar una conducta a base de buenos consejos tiene mala solución. Ejemplos hay muchos. Si la siniestralidad en las carreteras ha disminuido ha sido, además de por el efecto de drásticas campañas sensibilizadoras, por el mayor control de los infractores y el temor a las elevadas multas.

En último extremo el verdadero motivo de mi indignación, fue que ni nuestro político ni su partido habían desarrollado jamás un programa educativo dirigido a mejorar los hábitos cívicos de los ciudadanos, ni por supuesto tenían intención de gastarse un céntimo en hacerlo.

Un postulado sobradamente conocido dice que la libertad de uno termina donde empieza la de los demás. El problema es saber dónde se establece ese límite, en el supuesto de que tal límite exista.

Escuchaba hace pocos días a un tertuliano en la televisión, lamentarse de que se estaba confundiendo disciplina con represión y que todo aquello que pusiese en cuestión las conductas individuales, corría el peligro de ser interpretado como una injustificada conculcación de derechos.

Bajo este argumento, entonces, está claro que la máxima que condiciona nuestra libertad a la de los demás, queda por lo tanto superada: Mi libertad no tiene límites, pues ponérselos es tanto como atentar contra mis derechos.

Así las cosas, los límites de mi libertad son los que yo le quiera imponer siendo lícito atropellar la de los otros.

Parece realmente que cuarenta años de represión dictatorial nos hayan inoculado un resistente complejo de inquisidores que nos lleva a inhibirnos a la hora de cuestionar lo que, trascendiendo la libertad personal, se convierte en una limitación de la libertad de los otros. Por lo tanto, si un sujeto se quiere permitir llenar las calles de pintadas, no pasa nada; si alguien quiere que su perrito deje las deposiciones en la puerta del vecino tampoco pasa nada; si un hortera quiere circular por las calles a toda velocidad inundando de música estridente nuestras cabezas, pues puede hacerlo; y si alguien quiere lanzar basura en un parque donde juegan los niños, está en su derecho.

Pero mi reflexión llega más lejos y me atrevo a decir que en parte de la población, hay una tendencia a la patología social que ya afecta a demasiados. Una de las características propias de las personalidades anómalas es la falta de empatía o dicho de otra manera, la incapacidad para situarse en el lugar del otro. La carencia de empatía llevada a determinado extremo, es un trastorno de las emociones que permite causar daño a los demás sin experimentar remordimientos. Tal vez sea excesivo llevar esta reflexión hasta el extremo de la psicopatología, pero no me cabe la menor duda de que no existe ningún sentimiento de culpa cuando alguien comete alguno de esos comportamientos antisociales y sino, prueben a reprender a quien los comete.

Centrados en lo social, esa carencia de empatía se traduce en falta de civismo y de solidaridad. Más allá de patologías complejas, estas conductas también se abordan con prevención y tratamiento.

La prevención se consigue por la educación, especialmente dirigida a los menores. Una educación en la que ha de tener especial relevancia la familia y la escuela, un entorno en el que el niño ha de aprender conceptos como el de ponerse en el lugar de los otros, entender que los demás tienen también unos derechos que han de ser respetados, que los bienes públicos son de todos porque entre todos los pagamos y que cuando se destruyen o maltratan, se daña una propiedad que es común a los ciudadanos. Parece fácil ¿verdad? Ahora bien, unos profesores a los que se ha dejado desnudos de autoridad ¿estarán en condiciones de llevar esto a la práctica? Además. ¿existe alguna materia en los primeros años de escolaridad en la que estos contenidos puedan ser transmitidos de forma inequívoca? Pues creo que no.

Ya ven, cosas de Perogrullo, del más común de los sentidos, pero que de tan obvio ha dejado de ser común; incluso alguien habrá que tache estas ideas de reaccionarias cuando al fin y al cabo solo hablo de educación, esa educación con la que el político se llenaba la boca, acudiendo a ella solo como concepto fácil que de tan manido pierde fuerza.

¿Y el tratamiento? El tratamiento hace referencia a una legislación en la que han de estar implícitas unas sanciones que, por desgracia, son inevitables pero necesarias para disuadir a esos a los que la sola educación les llega demasiado tarde.

Si un ciudadano desea que la calle por la que transita esté limpia, está en su derecho, entre otras cosas porque paga por ello, como también paga por unos servicios que hagan cumplir lar normas de convivencia. Las instituciones públicas tienen la obligación de garantizar esos derechos a los ciudadanos y una forma de preservar la libertad individual y por extensión, el propio sistema democrático, es aplicar con contundencia los mecanismos que nos permitan disfrutarla.

De aquel encuentro hace cuatro años hasta ahora, han cambiado los partidos y los gobernantes, pero nada más en lo que a este tema respecta.

Alguna vez me he visto tentado a calcular los metros de pared cubiertos de pintadas que se extienden por las fachadas de El Vendrell. Invito a quien quiera, a dar un paseo por sus calles a primera hora de la mañana y verá el reguero de papeles que adornan sus aceras. Animo a quien tenga interés, a asomarse al Pont de França y descubrirá una riera convertida en vertedero municipal.

Como muchos otros, también yo exijo que parte de mis tributos se empleen en hacer de este lugar una población digna y limpia. Este no es “El Vendrell que volem”. Sobran eslóganes bien sonantes y frases de laboratorio. También mis derechos tienen que ser reconocidos y si mientras quienes gobiernan vuelvan la vista a otro lado, lo sucio y lo chabacano acabará convirtiéndose en signo distintivo del lugar. Después será demasiado tarde.

14-jun-2005

MARCELLA


Obra de Ernst Ludwig Kirchner (Artista:Marcella)



Visité en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid la exposición dedicada a los fundadores del grupo BRÜCKE, iniciadores del movimiento expresionista alemán. Hasta septiembre, esta misma muestra estará en el MNAC de Barcelona.

Me levanté de madrugada. A primera hora tomaba un avión a Madrid donde me esperaban a las cinco de la tarde. Quería llegar pronto, hacía más de tres meses que no pisaba la capital y empezaba a convertirse en un mal presagio. Había caído en un agujero del que no veía como salir y tenía la sensación de ser un residuo varado a la espera de una destrucción lenta y dolorosa de la que nadie me podría exonerar.

Hacía un frío saludable. Dos grados anunciaron en el avión, pero lucía un sol rutilante que a media mañana fue deglutido por las nubes. Caminé por el Paseo del Prado con la sensación artificiosa de que todo podría volver a ser igual, de que los edificios, los adoquines de las calles y sus farolas, seguirían pacientes en el mismo sitio, esperando a que volviese para extraviarme entre ellas.

En el Thyssen exponían obras del movimiento Brücke, una escuela alemana fundada a principios del siglo XX por un grupo de arquitectos aficionados a la pintura. Entré. Los museos tienen una magia que me serena, algo encerrado en las pinturas me provoca un interés pasivo, una atracción por la pura contemplación, sin vocación intelectual. El silencio de las salas cubre un hueco más íntimo que parece llenarse del olor denso de los cuadros y de la viveza de los colores.

Pero esa mañana el Thyssen estaba infectado de señoronas elegantes y ociosas que en grupos de quince o veinte se deslizaban frente a los cuadros como loros incontinentes, sin poder aplacar el tono de sus conversaciones. El embrujo de las salas se evaporaba en la urdimbre de voces, incapaz de soportar el entrevero de ruidos que las atenazaba. Alguien comentaba la proximidad de los Brücke con los fauvistas, los post impresionistas e incluso con el etnicismo más característico de Gauguin.

Acabé por refugiarme en el banco de una de las salas, excluí la posibilidad de alquilar una de esas audio guías que informan con detalle de las obras y me limité a leer el folleto informativo que descomponía a grandes rasgos lo esencial de los pintores. Me senté frente a una pintura y escribí estas líneas.

Una joven descansaba en un sofá donde un gato blanco reposaba junto a ella. Un lienzo verde firmado por Ernst Ludwig Kirchner titulado “Artista (Marcella)”.

Verde el suelo, verdes las paredes, verde el sofá donde meditaba la muchacha y verde su vestido cruzado por rayas negras. Mi mujer había tenido un vestido como aquel, pero de eso hacía ya mucho tiempo, un vestido de algodón blanco surcado de listas azules. Asocio ese vestido a un verano lejano, casi irreal, de piel cálida y tostada.

Pensé que me gustaría tener aquel cuadro en casa, sentarme frente a el y embarrancar entre aquellos tonos turquesa con la misma actitud reflexiva que la muchacha del lienzo. Me admiraba pensar que alguna vez allí no hubo nada, solo un vacío blanco donde Kirchner había desvelado la forma de aquella Marcella pensante.

No es fácil ponerles palabras a las escenas. Es difícil transcribir la expresión perdida de la muchacha, su mirada interior, como un pensamiento escindido que ahonda en ella misma a través de una pequeña partícula de color blanco, abierta entre sus parpados almendrados. No consigo traducir el instante retenido en esa escena adormecida, la cara de ella reposando sobre la palma de la mano, desvelando sus emociones por el escueto ojo introvertido y anegado de misterio, ajena al gesto torturado de su pierna sobre el sofá. El gato blanco es solo un esbozo que rompe la soledad de la mujer, una mancha que sale del cuadro como si el pintor nunca hubiese querido ponerlo allí.

Sobra el maldito gato, cuanto más lo miro más odio siento por ese animal, trunca la armonía de la escena y perturba la concentración en el líquido amniótico de los colores verdes. El pérfido Kirchner no quiso que el enigma de la mujer magnetizase la atención del observador. Bajo la presión de sus celos infantiles quiso presentarnos a la mujer sin permitirnos caer en su adoración, y para ello garabateó la forma de ese gato blanco sobre el sofá, un gato informe, lo bastante engorroso para que su silueta ovillada nos impida adormecernos entre los mismos pensamientos que embelesan a la mujer.

Madrid 3 de marzo de 2005

02-jun-2005

FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2005 (28 y 29 de mayo)




Feria del Libro de Madrid 2005



Madrid ardía, aunque eso ya era previsible a las seis de la mañana, cuando desde el tren y a falta de una hora de viaje el día ya alboreaba limpio de nubes. Pasé la noche en una litera acunado por el traqueteo constante del vagón y cuando irrumpí en Callao a las siete treinta de la mañana, la calle era un paisaje exhausto donde algunos terminaban la noche y otros empezábamos el día.

Ocupé las horas con prensa y cafés, y a las diez de la mañana rastreaba el parque del Retiro poblado solo por el trino de los pájaros y los resoplidos de los corredores más madrugadores.

Visitar la Feria del Libro de Madrid no es menos agotador que el esfuerzo de los atletas más tempraneros y conviene dosificarse si uno se enfrenta a un maratoniano fin de semana inmerso en el mundo de las letras.

La de este año es una feria para los más jóvenes y, tanto el Pabellón Infantil como el del Ayuntamiento de Madrid, dan acogida a numerosos actos destinados al público más menudo.

Poco tardaron en anunciarse por megafonía las primeras apariciones de escritores dispuestos a estampar dedicatorias, Zarraluki, Llamazares, Vidal Folch, Gonzalo Suárez, Mateo Díez, Ruiz Zafón, Mendicutti, Eslava Galán, J.L. San Pedro, Cercas, Javier Marías… También llegó Delibes hijo, incapaz de sacudirse de encima la recurrente sentencia “hay que ver como se parece a su padre”. No faltaron los mediáticos Concha Velasco, Nacho Duato, Pablo Motos, Carmen Sevilla… que lo mismo te animan un desfile de modas que prologan un congreso de taxidermistas. Me gustó que una de las aglomeraciones más tempranas fuese la provocada por la valenciana Laura Gallego que, cuanto menos, consigue encandilar con su narrativa fantástica a todo un séquito de adolescentes.

Avanzar entre las casetas era también ir topando con todo tipo de reclamos: Una manifestación que a golpe de megáfono solicitaba la condonación de la deuda externa para los países pobres; sufridos figurantes que bajo la solana de la mañana uno se los imagina convertidos en jamón cocido dentro de sus disfraces blindados; Don Quijote y Sancho transformados en lata de refrescos; la ratita Maysi resoplando al borde de la deshidratación y una especie de rey blanco con el logotipo de Anaya en la corona, que a la sombra de El Mundo regalaba globitos a los niños.

Entretanto aproveché para escuchar a Tobias Wolf que, acompañado por Paz Soldán, presentaba su libro “Vieja escuela”. El aire acondicionado de las carpas justificaba por si solo un receso en el camino.

Por la tarde descubrí el retiro sembrado de boy scouts uniformados, grupos de cristianos cantando y salmodiando en busca de adeptos, tarotistas, un Sreck de pega con una cesta a los pies dispuesto para hacerse fotos con los niños, un Piolindo astroso incapaz de tentar a nadie, treinta y cinco grados de calor y dos gaiteros gallegos a ritmo de muñeira.

Muy interesante la presentación de “La ciencia y el Quijote” en el pabellón Martín Gaite, un libro de varios autores dirigido por José Manuel Sánchez Ron que nos acerca al estado de la ciencia en la época cervantina.

Mas tarde se presentó la campaña “Pobreza cero” un proyecto noble y una causa justa a la que se han adherido numerosos escritores y artistas que, con auténtico fervor y, desde mi punto de vista, bastante ingenuidad, defendieron públicamente con breves intervenciones.

Gonzalo López presentó con loable entusiasmo su recién creada “Editorial Inéditor”, acompañado de sus primeros autores Félix Chacón, Germán Temprano y Susana M. Veiga. Asistí por la curiosidad de conocer a alguien que un se atreve a apostar por un proyecto de estas características. Mis mejores deseos, de corazón.
Ni los pies ni el ánimo me dieron para más.

Desfilé de madrugada por el Populart, el Café Central, Cardamomo y la Negra Tomasa. Demasiada gente en todas partes para disfrutar de su música y de su ambiente. Madrid bulle en exceso los fines de semana y yo me he vuelto un misántropo celoso de su espacio vital. Después caí rendido en una cama descubierta a última hora, en un hostal que olía a fritanga y a piso antiguo con gato.

El domingo nació entre brumas, frescor y unas nubes tentadas a echar agua. Volví al Retiro y a sus libros. La mañana encapotada fue el mejor atractivo para un público que a primera hora desfilaba ya en masa frente a las casetas. En el pabellón de actividades culturales Carmen Martín Gaite, Luis Rojas Marcos departía sobre el optimismo y las ventajas del pensamiento en positivo diseccionadas en “La fuerza del optimismo”. En las dependencias del Círculo de Lectores se rendía homenaje a Carmen Martín Gaite y se presentaba su obra “Cuadernos de Nueva York”.

Cuatro gotas muy tímidas nos hicieron levantar la vista hacia el cielo que se arrobó ante tanta mirada expectante, conteniendo el agua entre las nubes.

Dejé la feria a mis espaldas, también a los cantantes, las barcas del lago, los músicos y los vendedores de globos. Crucé frente a la Puerta de Alcalá que lucía una banderola olímpica y me despedí de La Cibeles y de sus leones. Agoté la tarde por Gan Vía y al llegar la noche retomé el tren de vuelta encerrado en un compartimento con cinco financieros de Singapur que querían conocer Barcelona.

La noche fue una incansable procesión de saetas de luz cruzando por la ventana.

08-may-2005

ZORITA SE ESFUERZA


Fachada: Hice esta foto en algún lugar que no recuerdo (¿Tal vez Toledo?)

Zorita se esfuerza. Zorita, ¿de dónde ha salido ese nombre?, ¿cuál es el verdadero apelativo con que esta mujer, a un suspiro de los cuarenta, fue bautizada? ¿De qué recóndito martirologio han desenterrado una santa de reminiscencias moras acomplejada por un diminutivo?.
Entre harta y resignada Zorita se esfuerza por convencer a su hijo de que, esas formas negras y deslucidas que se desenvuelven a sus anchas por la despensa, no son aceitunas sino cucarachas enloquecidas que retozan entre la mugre acumulada por el tiempo y la desidia. Después lo levanta y soporta su pataleo, él abre y cierra los dedos con avidez acaparadora, contemplando la familia de ortópteros que horrorizada y con los élitros desplegados, busca zafarse en una fuga enloquecida.
Y ya en la cocina, con el índice a punto de producirle arcadas, Zorita insiste entre los intersticios de su boca, rebañando los últimos restos de insectos que, con obstinación, su hijo protege contra los carrillos.
Por la mañana recorre la calle con la sincronía perfecta de un arraigo enfermizo. Nueve de la mañana, puerta del colegio, camión de reparto estacionando frente al comedor. Diez de la mañana, puerta de la panadería y los de la sucursal bancaria que abandonan la oficina para tomarse un café. Doce del mediodía, el repicar de campanas la recibe junto a la torre de la iglesia. Hay un revuelo tímido de palomas, a la vez que los segundos se desgranan y parecen caer al suelo desde la espadaña para alimento de esas aves que odian la lluvia de tiempo desmigajado. Después hay un callejón de gatos ariscos, sombras y orines, y un breval que cobija gorriones y huele a látex amargo cuando no hay fruto. La mano negra del mendicante, los geranios y los canarios, la música de las casas y Dios en la de todos.
Una invasión de tedio y modorra ya la carcome a esas horas, le ronca un rumor mudo en las tripas cuando a las doce treinta se cruza con el argentino de los cupones que a las doce y veinticinco cambia de sitio. Sin detenerse, arrastrando la cojera de la pierna derecha, arranca un número de la tira y ella le pregunta por Río de la Plata y por la Tana, que sabe cuanto le gusta; ¿y cuándo lo supo?, no lo recuerda bien, pero fue un día mientras de la cafetería de la plaza se descolgaba la tramposa música de campanillas con que una máquina tragaperras alentaba al último ludópata. Por distraerse de la añagaza le preguntó por su tierra y por su música, ella siempre pensó que no hay argentino emigrante que no añore el tango, ni portugués triste que no adore el fado, ni español ausente que no extrañe algo ¿qué extraña un español ausente? Por eso él no la mira, para no ofrecerle el brillo de la nostalgia que se le encharca indecoroso en los párpados. Y al verlo marchar ella siente que la zancada tullida marca el contrapunto por donde transita la melodía de un gotan que lleva prendido de la pernera del pantalón. Tirao por la vida de errante bohemio estoy, Buenos Aires, anclao en París.Hay un aluvión de voces agudas que en un tropel imposible se empolvan de la tierra levantada del patio de la escuela. Lo espera y lo mira venir, interrogándose sobre cada gesto, sobre cada movimiento, escrutando su silueta, cada centímetro de su forma hasta que lo abraza y lo besa y caminan de la mano tirando de la saca vacía donde ella le pone el almuerzo.
Y al atardecer el borbolleo en las tripas se dejará sentir como una rogativa, como un clamor diciéndole déjame ir, no puedo más, y ella resiste y mira por la ventana cómo la tarde pende del techo, basculando como un afilado azadón... don, don, don.
Un coro de grillos brama desde el televisor, encima el video. La última vez el técnico se lo entregó con dos fichas de parchís, un muñequito articulado y un chicle endurecido adjuntados a la factura. La garantía no cubre sabotajes y vuelve su cara al crío que la mira sin entender la indignación. Así otra vez, día tras día hasta la noche. Entre la espesura de sueño y sombras se deslizará por sus entreveros, midiendo la distancia entre el amor y el reproche, envilecida y culpable, buscándose en él, ignorando lo del otro. Ni ángel de la guarda ni dulce compañía que le de su amparo por la noche y por el día. Y desde la iglesia otra vez, se desgranan las horas en segundos, al ritmo pendular del amenazante azadón...don, don, don, don.

5 de mayo de 2005

EL SUEÑO


Foto tomada en un lateral de El Corte Inglés de Barcelona (Avda. Diagonal)


Hay escenas abominables.

Están ahí.

Deambulan cada día como bolsas de plástico sobre nuestras cabezas, zarandeadas por el viento.

Entonces se posan como la sombra de un fantasma que busca un respiro.

Están ahí.

A la vista de cualquiera, una amenaza constante, hasta que alguien recoge el gesto.

El gesto exclusivo, el estatismo de la secuencia inocua que solo habla cuando se la aprisiona.

La imagen única que guarda la sordidez del instante y la inmortaliza.

El cuento de Cenicienta, la historia paralela, la imagen especular.

El engaño del sueño ofreciendo una tregua.

Abril 2004

06-abr-2005

DEDOS


(Imagen importada de Internet)

Se miraban los dedos de los pies.

El tenía los dedos tristes, regordetes y replegados, como si las uñas fuesen cabecitas atormentadas buscando perderse entre las sábanas.

Los de ella eran dedos dispuestos, envarados y desafiantes, queriendo proyectarse hacia el futuro.

Y así estuvieron.

Hablándose el uno al otro de sus dedos, estudiándose cada pliegue, las intersecciones donde cada porción se articulaba, deteniéndose en las pequeñas cicatrices y en las callosidades, en las uñas pulcramente rematadas de ella, sin sombra de esmalte, en los apéndices entristecidos de él, casi suplicantes.


Marzo 2004

03-abr-2005

CIUDAD HUECA


Foto fachadas Casa Batlló y Casa Ametller

Siempre abandonaba la estación por la misma salida, la que emergía frente a la fachada principal de la casa Batlló, frente a los balcones de forja de la casa Ametller, sus capiteles, el gablete azulejado y sus arcos neogóticos. Un fogonazo de claridad me transportaba a la inamovible realidad de aquella acera donde nunca faltaba un turista embelesado en las contorsiones mágicas de la casa de ensueño.

El trasiego de cosmopolitas, urbanitas satisfechos atravesando las aceras con zancadas resueltas, alejándose de la incertidumbre de los descontentos, de los pusilánimes. Una ciudad hecha de figurantes, de personajes elegidos para un instante que volverán a sus casas tras unas horas de rodaje. La ciudad superficial, inútil y frágil como las cutículas de piel que saltan bajo el contacto de la cuchilla.

Me fijaba en ellos, mucho más en ellas y les descubría un posado de marcialidad y arrogancia que los definía como triunfadores, puede que ocasionales, bajo la tutela de aquellos edificios venerables, ebrios de su misma soberbia y optimismo.

También yo sentía en mis piernas la inercia de su vitalidad, el contagio de su altivez a través de la sombra que proyectaban contra el asfalto, y trataba de encontrarle el pulso a aquella ciudad que veía abocada a una espiral de decadencia mientras para otros relumbraba como un astro ante el que planetas menores estaban obligados a claudicar.

Pero quién era yo para dudar de una verdad que parecía incuestionable, premisa contra el recelo y el estigma. Y esa era precisamente la primera sombra de duda: la irrebatible bondad consensuada por una comunión de voceros, ponía la ciudad bajo sospecha erigiéndola en gigante con pies de barro.

Los decretos convenidos ni imprimen grandeza ni convierten en marfil las torres de arena. Sin la ósmosis espontánea no se engendra la auténtica vitalidad y yo aborrecía la carga laudatoria de los mensajes inventados, de las consignas manipuladas que nos vendían un vergel donde yo solo veía un erial.

La ciudad palpita a diario por las arterias que desfilan de los despachos a los sumideros. Un pálpito desigual, contracciones distintas para una misma geografía, vitalidades ajenas a estatuas humanas, paseos modernistas y puestos de flores, un bombeo provocador e ignorado que crepita desde los rincones escondidos.

Las voces espontáneas que se diluirán en el cauce convenido, ahogadas por el consenso, como el fajo de tallos que anula las flores y las convierte en manojo.

Solo así se las permitirá ser escuchadas.

19 abril 2005

02-abr-2005

FANTASMAS

Levanté el auricular y marqué. Unos tonos de espera y escuché al otro lado la voz atiplada de una niña respondiendo un

-¿sí?

musical.

-Con Manu Albalá, por favor.

Y las palabras trastabillaron, convertida la pregunta en traición inesperada. Su voz no perdió la agudeza del tono, solo se volvió más sobria y cuando contestó

-Está fallecido

sonó a muletilla mal aprendida, a frase desgastada o a sonsonete repetido que pierde precisión.

Sentí que no hay niños perfectos cuando se ven enfrentados a los fantasmas de la muerte.

04-mar-2005

DEDICATORIA


(Imagen importada de Internet)


Eran las nueve y veinte de la noche y por encima de las nubes el cielo era tan azul y la claridad tan intensa que el día parecía acabado de nacer.

La masa esponjosa y tupida que se abarcaba bajo el aparato, era una trampa lechosa que se interponía a un mundo más siniestro y distante.

Ante el descubrimiento de la asombrosa realidad que se nos revelaba de pronto, sentía que, enredado en los entresijos de las nubes, podía esconderse cualquier cosa, la respuesta a las apariciones de los sueños, a las pesadillas y a las aflicciones que nos someten en la noche.

La exorbitante claridad celeste y las frágiles colinas de vapor abrían esperanzas a la posibilidad de que, por encima de la realidad del suelo y mucho más allá de la congoja diaria, pudiésemos encontrar un recodo reservado donde vivir para siempre, iluminado por la incandescencia del sol que no parecía eclipsarse nunca.

Para mi padre.

LEER


Hice esta fotografía tomando un café en la playa, mientras leía a Chejov.

Lees a Chejov, a Benedetti, a Cheever, a Carver…, qué más da a quién leas, lees porque nada de esto te importa.

No hay nada atractivo en miles de kilómetros a la redonda. Más allá no lo sabes, pero sospechas que un rápido vistazo te llevaría a la conclusión de que lo que pasa en el infinito de tu mundo tampoco vale nada.

Lees para esconderte de algo o para completar el hueco insondable que no abarcas con la mirada. Embebido en la grafía eres como el avestruz que busca su hoyo o como la rata que explora un agujero. Recorres las palabras en silencio, solo para tí.

Nada es tan detestable como escuchar un texto en boca de otro. Nada más insufrible que hacer tuyo el relato que otro declama. Naufragas en esos signos hechos voz, ajenos y lejanos. El texto tiene un solo dueño, aquel que discurre por él. Como el onanismo más primigenio, un acto oculto y privado.

Bukowski no escribía para recitar. La insustancial pretensión de la comunión por la poesía es un pretexto de la vanidad. La conversión colectiva ansiada por el autor, a través de su obra, el acto del gurú ganando adeptos por la influencia de su doctrina.

Sus palabras son volutas de humo que al brotar de su boca se deshacen en el aire, livianas, sin poder de penetración. No se agitan las tripas cuando las palabras suenan huecas. Es el acto impuro de las palabras erradas.

Lees buscando una música que no está en las gargantas, solo en la idea que fluye de las palabras encadenadas. Las resonancias mudas rebotarán en la cabeza como la bola de caucho en un cubo hermético. Y con cada impacto brotará una idea, y una tras otra evocarán ese paisaje ausente en los miles de kilómetros baldíos.

2 de diciembre de 2004



03-mar-2005

MADRID


Imagen de un día cualquiera en uno de mis viajes a Madrid

Será mi vulgaridad que me hace sentir feliz cuando al dejar el metro en Gran Vía me asalta y ciega un sol intenso, de tarde de primavera.

El sol que sortea las nubes sucias de tormenta, desmigajadas, estiradas.

Atardece y Madrid se amontona en Callao y circula como una incursión perenne por Preciados hasta descongestionar en Sol, un estuario de especies raras buceando en los restos del día.

Parpadean las putas en la calle Montera, como posos de carne desprendida, pusilánimes y extraviadas, bajo ese mismo sol marchito que las adormece.

El ritual del movimiento y la batahola adherida al asfalto. Los latinos y los negros, la música de las calles, las barbas de los pobres, sus santuarios de cartón, sus miserias.

Resucitan como puñados de estampas otoñales en la madrugada de estrellas rubias.

Reverdece el candor, la sensación ya vivida de que la ciudad se parte por un resquicio que crece bajo los pies, como la grieta abierta por un seísmo.


Entonces empieza todo.




02-mar-2005

DE PERROS Y PALOMAS


Foto tomada en la Playa de Sant Salvador-El Vendrell

Sobre el pequeño muro que separa la playa del paseo, dos palomas y un gorrión esperan a que un perro astroso y enano se canse de roer un trozo de pan reseco.

Lo mastica, lo babea y al final se olvida de él, entonces las palomas y el gorrión aprovechan y se acercan cautos hasta el mendrugo.


El perro se desentiende de todo y camina hasta la arena para abrirse de patas y soltar una mierda que después reboza con tierra.

Mira hacia el paseo y ve a las palomas ocupadas en el pedazo de pan, lanzado al aire con picotazos que desgranan migas.

Apura el paso y se lanza ladrando sobre ellas, que levantan el vuelo hasta posarse de nuevo en el muro bajo que separa el paseo de la playa.

Ahora ladra más fuerte y una hormigonera empieza a ronronear.


Contra el fondo del agua se contrae la silueta de una mujer joven paseando un perro que enerva las orejas al oír los ladridos.

Se acerca, camina sobre la arena y sostiene la correa de su perro grácil que no se molesta en contestar.

Es hermosa y la arena irregular bajo sus pies no le altera la armonía del movimiento. La hormigonera calla y ella se pierde a lo lejos, absorbida por los promontorios de barcas embarrancadas junto a la orilla.

Un hombre patea lejos el mendrugo y las palomas dejan de merodear sobre el muro mientras el perro se acurruca junto a una mesa dispuesto a dormir la siesta.

Yo esperaré, esperaré mientras el sol pierde fuerza deshaciéndose en reflejos sobre el mar y el canturreo de las olas se queda solo en la playa.




MANGUERAS


Una noche cualquiera paseando por Barcelona

He pasado muchas horas y recorrido muchos kilómetros callejeando por la noche de las ciudades, y lo que más me ha sobrecogido son esas mangueras lanzando enormes chorros de agua contra el suelo, formando arcos de acera a acera, convirtiendo las calles en rieras breves, llevándose los restos del día y preparando las calzadas para nuevas hazañas.

Como si vistiesen el asfalto con una muda limpia con la que encarar el nuevo amanecer.


TIEMPO A LA FUGA


Volviendo del trabajo en un vagón de la RENFE

Repantigado en el asiento de un tren casi vacío, vuelvo a casa. El discman que le regalamos a mi hija por Navidad acostumbro a usarlo yo y me libera de las estridencias de los pasajeros y de sus conversaciones.

Escucho por los auriculares una selección de los Rolling Stones y miro por la ventana la negrura de la noche sin destacar en ella poco más que las luces de las farolas y de las casas en movimiento, ámbar para las farolas, rojo para los autos, blanco para las casas.

Me apetece dormirme y me sumo en un sopor incompleto por la música de los Rolling. Un hombre joven juega con su hijo en los asientos vacíos. El niño apenas alcanza el año. Sonríe cuando el padre lo voltea en el aire, lo sacude y lo zarandea en uno de esos juegos que solo complacen a los niños. Presiento las carcajadas en su boca y la hilaridad en algunos momentos del juego marcado por los acordes de Angie.

También yo jugaba con mi hija y viéndolos echo de menos ponerle el abrigo en invierno, cubrirle la cabeza con la capucha y ceñirle la bufanda al cuello. Entonces no presentía que un día ella no me necesitaría para ponerse la ropa y cuando la sostenía en brazos, tampoco imaginaba que un día pesaría demasiado ni que rechazaría las caricias en público o esas torturas que tanto le gustaban cuando también ella tenía un año.

Las farolas pasan tan deprisa que es difícil reconocerles la forma y cada punto de luz que avanza es tiempo materializado que se va, reunido en nubes de partículas amarillas reflejadas en el fondo oscuro de la noche, ascuas de tiempo escindidas en breves relámpagos que anuncian su huida.

La noche me parece una senda desnaturalizada por la que el tiempo se escurre con la fragilidad de esos puntos de luz alejándose, y me siento petrificado en mi rincón con la voz de Jagger en los oídos.

Mientras, el padre acomoda a su hijo en el cochecito, listo para descender del vagón, insensible a las luces que se van, inconsciente a la inapelable realidad de que dentro de poco verá como su hijo se pone él solo la chaqueta y se ajusta sin su ayuda la bufanda.

Para entonces las partículas de tiempo que corretean enfebrecidas perdiéndose tras las ventanas, estarán ya tan lejos que nadie las echara de menos y las nuevas iridiscencias en las ventanas tendrán también para él ese sentido de tiempo a la fuga.

ESQUINAS


En Asturias (San Martín de Podes)

Las esquinas son puntos de inflexión donde las calles se disocian.

Son los momentos críticos e ineludibles. Respuestas sin retorno, porque la andadura del tiempo no permite indecisiones.

Las esquinas son los cruces de caminos en los que solo los primeros metros de la senda ya escindida se alcanzan a tocar.

Tras los primeros recodos se esconde un final desconocido, dualidades incompatibles que marcan destinos desiguales.

Las esquinas son como los entrecejos de dos mundos paralelos discurriendo por galerías inaccesibles entre sí.

Es el descarte perfecto, nada es tan inédito como la opción desechada. La negación más absoluta de algo que tuvo la oportunidad de ser y nunca fue.

Septiembre 2004

PAISAJES


Foto tomada en Avilés (Asturias)

En Asturias pienso en la muerte. En la de quienes me dieron sentido, los que forman parte del paisaje que conozco.


Las historias las ilustran escenarios que precisan de personajes, esos que transitan haciendo de las estampas algo vivo. Sin ellos no hay historia, solo postales amarilleando con el tiempo.

Algo así como la distancia entre el viajero y el turista, el segundo se conforma con perfiles estancados, no precisa vidas, solo materia muerta que encontrará siempre a su regreso.

Para el viajero no hay paisaje sin almas instaladas en las aceras, en las plazas, en las voces que las llenan. Y cuando esas vidas se agotan, la escena se pierde, carece ya de sentido, será para siempre solo una imagen. Ya no habrá necesidad de volver, el escenario inerte será la misma instantánea que se sujeta de un clavo en la casa del turista .

No hay vida sin personajes y cuando faltan, el pasado es un residuo que no encuentra lugar más que en la memoria y se resume en un poso evanescente que huye de puntillas por la puerta de atrás.

Por eso las historias de los viejos perecen leyendas, porque las cosas y los personajes que las participaron ya no existen.


Agosto 2004

ADIOS NONINO (A.PIAZZOLLA)


PINTURA DE E.NANI (SALÓN DE BAILE)


La noche se le descubrió como un pabellón prolongado, de una negrura abisal en la que al fondo brillaba un punto de luz, y sentía una irremediable atracción, como la absorción de un embudo que lo reclamaba, orientándolo hacia el centro, hacia el vértice del ángulo, y no había coacción, solo deleite ante la proximidad del punto fulgurante del que arrancaba el revoloteo de notas, como las mariposas de un vivero que parten el aire con quiebros menudos, envolventes y desconcertantes, como un puñado de confeti propulsado a las nubes por el aire cálido que exhalaba el respiradero del metro cerca de ella.

El cielo son partículas de libertad robadas al tiempo, descubriéndose en reductos insospechados, en los pasillos de un metro, en la acera de una calle. El cielo era poco más que un rincón ignorado y ella le daba vida, pulsando las cuerdas de la guitarra, llenando la misma negrura que lo arrastró hasta allí.

Nonino volaba invocado por sus dedos y por ella tendrá para siempre un lugar en esa esquina.

Así fue como ella se convirtió para él en un pedazo de cielo.


Junio 2003
(En la calle Preciados de Madrid, una joven tocaba a la guitarra esta canción de Piazzolla cuando ya escaseaban los transeúntes. Oír aquellas notas en la noche me sugirió estas líneas)

20-feb-2005

"EL TRANVÍA" PEDRO DE SILVA


"El tranvía" Pedro de Silva
Edit. Losada
Crecer tiene demasiados inconvenientes, uno es el desapego, otro el abandono de las ilusiones.
A los personajes que Pedro de Silva desmenuza en esta historia, crecer les ha supuesto demasiado, la renuncia les resulta inquietante, hasta perversa. Ellos que en un tiempo hicieron de las ideas el motivo de comunión que daba sentido a sus vidas, contemplan cómo los principios se hunden ahora bajo las ruedas de la ambición y del éxito.
Se justificarán diciendo que los ideales evolucionan, que se reciclan, pero no que se traicionan, son como esa materia que jamás desaparece, que sólo se transforma. Y así conseguirán que el poso de culpabilidad resulte menos denso.
El tranvía es entonces como una vieja placenta seca y desnutrida donde los personajes de esta novela buscan cobijo una vez al año. El mismo escenario, los mismos roles, las mismas historias.
Funciona como el vaso comunicante de unas energías que han dejado de fluir. A pesar de ello sus personajes acuden al refugio, como si la nostalgia fuese un alimentador de ilusiones, sin calcular la perversión del ritual, sin ser conscientes de cómo las pequeñas faltas han degenerado en rencores añejos, con restos de insalvable amargura.
Pedro de Silva esboza con maestría los trazos que definen a buena parte de una generación que creía en los valores colectivos como fórmula para cambiar el mundo. Los ideales como motor de cambio, la antesala de un mundo nuevo más justo y solidario.
Pero les toco crecer, y donde unos vieron contradicciones, otros solo encontraron evolución, transformación, adaptación de las ideas a los nuevos tiempo, dejando a salvo las conciencias y haciendo compatible la opulencia con el discurso progresista.
Los protagonistas de la historia, conscientes de la necrosis, buscan un referente al que remitirse. Hay en esa voluntad gregaria un sentimiento de culpa, una necesidad de volver a ser lo que fueron, sin darse cuenta de que los viejos rencores son como clavos que se oxidan y amenazan con gangrenar las partes más sensibles.
El tranvía es el reducto que permite la expiación de la culpa, como si crecer fuese un pecado plagado de errores y las contradicciones una anomalía consentida.
Tiene mucho de cámara de tortura, de impulso destructivo.
La necesidad de volver a alguna parte, de no renunciar al pasado, se materializa una vez al año entre las paredes de ese vagón varado desde años en un lugar que no lleva a ninguna parte.

01-ene-2005

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