El inicio de los años ochenta se adivinaba como una travesía con viento a
favor hacia un destino inevitablemente dorado. Con la dictadura recién
finiquitada quedaba por delante un futuro esperanzador del que todos anhelábamos
formar parte. El mundo de la cultura parecía liberarse de una pesada losa y en
lo musical alumbraban nuevas ideas demostrándonos cuánto quedaba por recorrer mientras
surgían nombres capaces de hacerlo posible. En la dramaturgia aparecían o se consolidaban retos que nos
acercaban a renovadas puestas en escena. En lo literario arrinconábamos el
realismo de compromiso y apostábamos por fórmulas más híbridas mientras irrumpía
con fuerza la novela negra revelándonos un nuevo universo literario. Todo eso
y mucho más iba surgiendo en una realidad por inventar y de la que nadie quería
sentirse ajeno.
Pero entre tanta promesa y
fantasía animada crecían también amenazas, lodos que se extendían por las alcantarillas
de manera imparable a la sombra del mundo nuevo. Los primeros ochenta fueron
también los años de la heroína y entre la psicodelia y la hierba pujaba la inclemente
fiebre narcótica que buscaba a codazos su lugar entre un colectivo variopinto que
día a día se desmembraba dejando un rastro de desahuciados arrinconados en las
orillas de aquella arcadia de la que empezábamos a levantar los cimientos.
Fue también a principios de los ochenta cuando yo terminé mis estudios de
psicología y por una de esas casualidades de las que apenas recuerdo los
detalles, tuve la oportunidad de pasar varios meses como psicólogo en prácticas
en la unidad de desintoxicación de drogodependientes de un conocido hospital de
Barcelona. Todos heroinómanos, todos atados a todo, incapaces de romper los
nudos bajo los techos de sus casas. Por allí pasaba buena parte de la
marginalidad adicta de la nueva Barcelona y allí empecé a conocer los detalles
de un mal que aunque con formas distintas ahí sigue omnipresente. Conociéndolos
a ellos fui descubriendo un mundo complejo en el que no cabían posiciones
maximalistas y lo mismo me repateaba el hígado la progresía del momento
obsesionada en hacer de la sociedad la responsable de aquellos males, que los
moralmente intachables empecinados en calificar como vicio todo lo que escapaba
a los estrechos límites de su comprensión, como si la condición humana fuese
única y producto de una alquimia perfecta.
Por allí vi pasar gente buena y gente mala, auténticos hijos de puta
capaces de arruinarle la vida a aquellos que hubiesen dado la suya por ellos,
errores engendrados para recordarnos que
el mundo es un invento fallido y un paisaje especular donde conviene disfrutar
de los buenos momentos, porque hay veces que de la trastienda más sombría
apenas si nos separan unas pulgadas de azar. Pero también di con gente noble, caída
en desgracia sin casi buscarlo, como el que jugando se adentra en un bosque espeso
y se encuentra un día en un agujero de paredes vacías sin salientes donde
agarrarse para volver. Gente que en ese tránsito por el desierto había reconocido la voz de Dios en comunidades evangelistas y que arrodillados a los
pies de la cama se entregaban a la oración y a las lecturas sagradas. Otros
habían encontrado refugio entre aquellas paredes blancas después de intentar sin
suerte desaparecer para siempre por la puerta de atrás. Recuerdo todavía al que
temblaba en el momento de irse, tan temeroso de la libertad que no llegó a
resistirlo hasta que un día, por fin, consiguió un viaje sin billete de vuelta.
Los que superaban aquel par de semanas volvían a sus casas para continuar
con la parte más dura. De forma pautada seguían un tratamiento ambulatorio de
visitas programadas con la finalidad de ayudarles a salir de tanta basura.
Aunque las analíticas eran un requisito imprescindible pocas veces era
necesario. El desaliño, los engaños a quienes más los querían, el brillo
extraño de los ojos y las formas sospechosas de las pupilas eran más elocuentes
que cualquier formulario de laboratorio. Con el tiempo las ausencias se iban
haciendo frecuentes y entonces terminabas por aceptar que la carrera de fondo
había quedado reducida a un bienintencionado sprint con una meta demasiado
lejana.
Después de aquellos meses volví de nuevo a la universidad, esta vez para cursar
un postgrado y saber más. Aprendí mucho, la esencia de cada droga, cada
alteración neuronal, los neurotransmisores en las sinapsis, cada efecto en el
organismo, consecuencias de la ingesta, pero nadie me enseñó cómo romper con
ello cuando aquella mierda encontraba acomodo en unos cuerpos que se
debilitaban a marchas forzadas.
Más tarde continué en otro lugar, fui monitor ocupacional y de deporte en
un centro de día. Trabajaba con ellos codo con codo, esquizofrénicos para los
que la droga no era más que un complemento que ayudaba a precipitar sus
desequilibrios, marginales salidos de sabe dónde que habían vivido siempre al
límite hasta traspasar la línea roja, mujeres jóvenes que habían sido guapas
hasta que se les empezaron a pudrir los dientes mientras hacían la calle en la
misma rotonda que yo atravesaba cuando regresaba a casa.
Recuerdo bien a muchos de ellos, el ciego de ojos blancos como canicas de
vidrio al que los colegas ayudaban con la hipodérmica, el gitano que se quiso
matar cuando le detectaron los anticuerpos, el psicótico que apuñaló a su madre
por indicaciones del diablo. Compartíamos horas en aquella sala en la que no
faltaban los himnos de Camarón. Y a la hora del deporte corrían detrás de mi
hasta la playa, sudaban luego en el gimnasio, revelábamos fotos en el taller, amasábamos
barro con las manos y pintábamos las paredes cuando la humedad las abombaba y hacía
saltar el yeso. Los veía mejorar en poco tiempo, cogían peso y su aspecto era
más saludable y te parecía que esa vez sí …hasta que un día venían mal o no
venían y sentías que tu trabajo era estéril y que no merecía la pena soportar
aquella dualidad de sentimientos encariñándote un día con unos y conteniendo el
impulso para no romperles la cabeza a otros.
No, volver no era fácil. Muchos se quedaron en el camino y otros aun permanecen
colgados de un nimbo que les va consumiendo sin esperanza ninguna. Por eso sé
bien del mérito del que sale, un mérito no exclusivo, compartido con los
incondicionales que siguen ahí cuando lo más fácil hubiese sido poner tierra de
por medio. El amor tiene esas paradojas y mientras algunas familias saltaban
por los aires incapaces de afrontar tanta vejación y desconsuelo, otras se
aferraban a cualquier rescoldo de esperanza con el convencimiento de que no
todo estaba perdido.
No conozco a David Reboredo pero es uno de los que han vuelto de esa zona
de sombras en la que muchos se pierden para siempre, lo ha hecho arropado de
los suyos, el viaje de vuelta se hace siempre en compañía. Su delito ha sido
trapichear con un par de papelinas, el de otros ha sido torturar, expoliar,
malversar. Después de tres años de rehabilitación y conseguida su reinserción
social, se pide ahora su ingreso en la cárcel sin atender a las peticiones de
indulto. Los torturadores y defraudadores sí tuvieron el suyo.
Todavía me acuerdo. El inicio de los años ochenta se adivinaba como una
travesía con viento a favor hacia un destino inevitablemente dorado.











