Esta anocheciendo, ladra un perro y hace frío. Al fondo se ven las luces intermitentes de los coches que recorren la calle. No pasa nada. Todo es un calco de cada día. La calle en calma, el perro que ladra y esta vez una luna que empieza a menguar.
Él empuja la puerta de la cabina y descuelga el auricular. Despliega sobre la repisa un recorte de periódico y marca un número.
-Buenas tardes ¿Chicas de compañía?
-Si, buenas tardes, dígame.
-Desearía una chica para esta noche.
-Muy bien ¿Conoce nuestra dirección?
-Pues no, en realidad he visto el anuncio en la prensa y me he decidido a llamar.
-Estamos en la calle del Consuelo número 36 principal. Tenemos doce chicas para que usted pueda elegir. Pase por aquí y se las presentaremos.
-Ah, bueno, me parece bien. Pasaré esta misma tarde y después podremos ir a mi casa.
-Como usted prefiera, pero le informo de que las salidas tienen una tarifa especial.
-¿De qué tarifas me habla? Yo llamo por lo de las chicas de compañía que se anuncian en el periódico de hoy.
-Por supuesto señor, y yo soy la encargada de informarle sobre los servicios y tarifas correspondientes.
Ella llega poco después. Da varias vueltas a la cabina incitándole con gestos a que se apresure mientras él con la mano le pide paciencia.
-Señor, el servicio en nuestro local tiene un precio pero las salidas a hoteles se rigen por tarifas distintas.
-¡Yo no quiero ir a ningún hotel! ¿Qué necesidad tengo yo de un hotel si tengo mi propia casa aquí al lado? Solo quiero ir a mi casa con una chica de compañía, conocerla, cenar juntos, charlar de cualquier cosa durante un rato y si nos apetece, ver juntos una película en la televisión mientras tomamos un café con pastas.
-Claro señor. A lo que usted quiera dedicar el tiempo con nuestras señoritas es cosa suya. Nuestros servicios habituales incluyen masaje erótico, francés sin protección, beso negro y consoladores, todo ello en el agradable ambiente de nuestras suites con camas de agua y canal propio de videos pornográficos. Ahora bien, si usted prefiere ver la televisión en su casa, nosotros no tenemos nada que objetar, pero la tarifa seguirá siendo la que es.
Ahora ella golpea el cristal de la puerta y se decide a abrir ofendida por el escaso interés hacia sus gestos de apremio.
-¿¡Quiere ir acabando por favor?!, está empezando a anochecer y tengo mucha prisa. Esta es la única cabina útil en muchas manzanas a la redonda.
-¡Le importaría cerrar la puerta y dejarme en paz! ¡¿Es que no voy a poder hablar tranquilamente o piensa pasar la noche dando vueltas a mí alrededor sin que pueda terminar mi llamada!?.
-¡¿Oiga?! ¡¿Oiga?! – se oye a lo lejos desde el interior del auricular - ¿Sigue usted ahí?
- Si.... perdone… lo siento, pero me han interrumpido. Le decía que yo solo quiero compañía. Bien …..bueno…también..por qué no.., tampoco rechazaría rematar la noche con un poco de sexo si la señorita y yo nos avenimos.
- Señor, le repito que puede usted emplear el tiempo a su gusto, pero una salida, sea al hotel o a su casa, le va a costar doscientos euros la hora.
-¡Dios mío! ¿Pretende cobrarme doscientos euros por una hora de compañía? ¿Qué tiene de especial la compañía de sus señoritas?
-Perdón señor, ya le he dicho que si lo único que usted desea es matar el tiempo charlando allá usted, lo esencial de nuestra oferta es un completo menú sexual que incluye masaje erótico, francés sin protección...
-¡Ya, ya!...beso negro y consoladores en el agradable ambiente de sus suites con camas de agua y canal propio de videos pornográficos ¡¿Un menú sexual, dice?! Señorita no sé si hablo con Señoritas de Compañía o con un almacén al por mayor de pezones, vulvas, prepucios y escrotos.
La farola que acota la cabina se ilumina a la vez que unos fanales de forja que recorren la acera. La luna brilla con destellos de invierno y la mujer continua con sus paseos de un lado a otro animándole a terminar.
-Perdóneme pero creo que esta conversación empieza a no tener sentido y tengo otras llamadas que atender.
-¡¿A no tener sentido?! Disculpe señorita pero lo que no tiene ningún sentido es crear un negocio en el que se cobra por la compañía ¿De verdad les funciona?
-Más de lo que usted se imagina. Se lo garantizo.
-Pero… ¿y yo?... Es algo mutuo… también yo doy compañía a la persona que está conmigo.
-Por supuesto, pero el caso es que nuestras señoritas no necesitan de su compañía.
Él calla y mira hacia la calle descansando el auricular sobre la repisa. Las farolas en la noche han convertido el cristal en un espejo. Se mira la cara reflejada y percibe contornos duros que podrían ser de cualquiera, nada singular que identifique en las sombras un perfil especial, la nariz un poco más grande o un poco más pequeña, la frente más o menos ancha, nada que no pudiese ser de otro. Contempla las manos, primero el reverso después el anverso y con los dedos de la derecha recorre la izquierda señalando algunos lentigos dispersos.
-¡Oiga, oiga!-se vuelve a oír desde el auricular -¿Sigue usted ahí?
Ella lo ve absorto y callado frente al cristal y abre de nuevo para recriminarle la pasividad y la tardanza, seguramente premeditada por el placer de hacerla esperar.
-Si señorita, disculpe. Sí…sigo aquí. Solo pensaba en sus palabras.
-¿En qué palabras?, llevamos ya un buen rato de conversación y esto no es habitual. No se confunda caballero, esto no es una línea erótica. Perdone pero todo esto no será una broma ¿verdad?
-¡¿Una broma?! No señorita, claro que no es una broma. Se está haciendo tarde y ahí afuera tengo a una desconocida que no deja de aporrear la cabina y de acusarme de insolidario. ¿De verdad cree que aguantaría todo esto si mi llamada no fuese importante? Pero en fin… Si alguna vez tengo doscientos euros para gastar en una hora de compañía le prometo que volveré a llamarla. Gracias por su tiempo.
-Lo siento señor. Espero verle pronto por aquí. Recuerde, calle del Consuelo 36 principal. Doce señoritas a su disposición y una incomparable oferta sexual que incluye masaje erótico, francés sin protección, beso negro y consoladores en nuestras confortables suites con camas de agua y canal erótico propio.
Abre la puerta frente a la mujer que espera desafiante con los brazos cruzados sobre la cintura.
-¿Cómo ha podido hacerme esto? ¡Me ha tenido aquí media hora, sabiendo que mi llamada es trascendental!
La mira sin interés y vuelve la vista al cielo. Se cubre el cuello con la solapa del abrigo, espira una nube de vaho y mira hacia el lugar donde ladra el perro. Arriba la luna, a lo lejos el perro y al fondo la procesión muda de autos que recorren la avenida.
Ella entra en la cabina. Cierra las puertas y marca un número que apuntó en la agenda.
-Buenas noches ¿Caballeros de Compañía?

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