Bajó del coche y esperó a que un aire nuevo se le llevase los pensamientos tristes. Pero no había aire y todo parecía tan rígido y bien anclado que no merecía la pena hacer esfuerzos para cambiarlo.
Atravesó la puerta y bajó las escaleras. Miró y se vio a sí mismo repartido en unas cuantas mesas, con las caras de otros, en los cuerpos de otros, con la desesperanza pegada a la suela de los zapatos, como un papel gomoso que no hay manera de eliminar
La música rompió caderas, un negro y una blanca bailaron haciendo con las suyas un relato imprevisible. La noche destilaba alcohol y ellos se ovillaban con un ir y venir sin pausa que ablandaba las emociones y enternecía el aire.
-Si hubiese sabido que la vida tenía islotes de membrillo también yo me hubiese animado a probarla. Pero siempre lo he comido crudo y me deja mucha aspereza en la lengua.
Lo dijo ella, Margarita, que se sentó a la mesa con él. Tenía una larga cola de caballo sujeta con una goma de color naranja y llevaba una camisa de cuadros grandes, gris oscuro. Bebía de las copas medio vacías que otros habían dejado y gesticulaba las canciones, como en un play back.
Apuró otro vaso extraño a medias de acabar y la orquesta empezó a tocar “Bailar pegados”. Ella pareció alcanzar el cielo. Estaba completamente loca. ¿Dónde está la línea que separa esto de aquello? ¿Dónde está el límite, Margarita? Muchos darían lo que tienen por saber donde está la frontera de la razón que separa un lado del otro. Él también. Vivir en ese margen estrecho es un triunfo, un equilibrio perfecto.
Margarita se bebía los restos de los vasos y hacía tiempo que había traspasado la línea mágica en la que se vive difícil. Después de un tiempo suspendida por los dedos de una mano en el borde de ese abismo, no aguanto más y se vino abajo. Lleva cayendo dos años y aun no ha tocado fondo.
- Hubo momentos en que fui feliz, momentos en que la vida era un regalo de navidad coronado por un lazo desfasado, en un escenario de espumillón y luces de colores. Pero la felicidad no esta en venta, ya no queda.
Se agotaron las existencias cuando volcó el camión de reparto – y ríe a carcajadas la ocurrencia - De eso hace ya tiempo y casi nadie se acuerda. Con el camión se fue la última partida que quedaba. Ahora hay quien quiere inventarla por métodos artificiales.
¿A quién coño se le olvidó peraltar la curva por la que había de circular el camión de la felicidad? – ríe insistiendo en la ocurrencia.
Margarita se enjugó una lágrima, se levantó y se fue a bailar sola a la pista.

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