31/05/2009

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT: EL SILENCIO DE LOS CLAUSTROS



Escribo estas líneas el domingo 31 de mayo. En el kiosco donde compro la prensa me he hecho con un ejemplar de la revista Qué Leer y entre las primeras páginas descubro una breve reseña insertada en la sección “La divina comedia”, donde la autora Alicia Giménez Bartlett aparece en el “cielo” de este mes, merced al éxito de ventas que “El silencio de los claustros” está teniendo entre el público italiano, geografía donde el último trabajo de la autora ha alcanzado el número uno de la lista de best sellers.
El pasado viernes tuve el placer de presentar su libro en El Vendrell, éramos pocos pero escogidos, por desgracia es lo habitual, he visto demasiadas mediocridades llenar salas y grandes autores hablar en familia, pero esa es otra historia.
Si algo tiene de bueno verse las caras con alguien como Alicia Giménez Bartlett es que la literatura se hace permeable incluso a los que no la consumen. Son autores que crean lectores porque disipan el temor por la cultura y hacen que el libro sea un material de amplio espectro, idóneo para muchos.
Afortunadamente no están la mayoría de autores para remilgos, les gusta dejarse querer, valoran el contacto con los lectores tanto como estos estrechar puentes con los creadores, y ambas cosas se agradecen. La literatura esta inmersa en tiempos de cambio, la facilidad de la comunicación hace que el libro trascienda la lectura y el lector quiere conocer al artífice de la historia, saber más de ella, conocer los disparadores que la generan, los entresijos creativos. Sin ir más lejos, la propia Giménez Bartlett tiene en Facebook una comunidad de incondicionales seguidores (203 hasta el momento de escribir estas líneas) donde se intercambia información sobre la autora y sus obras.
Algunos escritores abominan de ello. El propio Juan Marsé, en la entrevista concedida al programa “El ojo crítico” de RNE tras recibir el Premio Cervantes, declara que es una mentira la pretendida necesidad que los autores, “escritoras principalmente”, tienen de contactar con su público para escribir, es una falacia que no soporta, apunta literalmente. Hay quien comenta que el acercamiento al lector no es más que un acto de egocentrismo.
Respeto, pero no comparto.
Es cierto que en todo autor hay un asomo de vanidad, pero no hay que esperar tanto, se detecta desde el momento en que alguien escribe algo deseando que otros lo lean, y a eso son todos proclives, también los detractores del acercamiento al lector.
Pero volviendo a la presentación de “El silencio de los claustros”. Como trabajo literario me parece que dispone de los ingredientes necesarios para convertirlo en una novela sugerente y recomendable.
El primero, tal vez el más demandado por el lector, es el entretenimiento, algo nada desdeñable cuando se aspira a que la literatura compita con tantas otras alternativas de ocio. Se abren aquí tres escenarios narrativos diferentes que animan a la lectura. Por una parte el argumento troncal que da sentido a la novela, el delito y la investigación policial; por otra el plano familiar, Petra Delicado y Fermín Garzón inauguran estado civil, y los personajes se humanizan por la complejidad de las relaciones, especialmente la de la inspectora con su nuevo marido y sus cuatro hijastros, repentinos y desconocidos. Y el último, el plano personal, el de las inquietudes de la protagonista, el de las flaquezas de su mundo interior y su relación con los demás.
Otro ingrediente de interés, y especialmente indicado para los lectores de novela negra, es que es una historia con trampas, en el sentido más policiaco del término. Quiero decir que se trata de una novela con sorpresas. Como cualquier hecho criminal, el planteamiento de la línea de investigación surge de una serie de suposiciones derivadas de unos indicios. Pero en muchos casos será obligado un cambio de rumbo pues los indicios acaban apuntando en otras direcciones, obligando a tomar caminos insospechados que nos llevarán a los finales más sorprendentes.
Como tercer y último detalle, “El silencio de los claustros” tiene la virtud de toda buena novela negra, ser permeable a lo cotidiano, ser creíble. En resumidas cuentas, ser un marco de ficción por el que se trasluce la realidad más inmediata.
Alicia G. Bartlett ha abordado en sus novelas diferentes temas de interés general. La pornografía infantil es tratada en su libro “Nido vacío”, donde por cierto la inspectora Petra Delicado conoce a Marcos, su actual marido. Ha abordado el tema de los indigentes y de las mafias en su obra “Un barco cargado de arroz”. Nos ha hablado de infidelidades en “Serpientes en el paraíso”.
Ahora traspasa los muros sagrados de la iglesia y nos conduce a la intimidad de los conventos. Una historia en la que deja patente que nada es lo que parece, que nada de lo que nos rodea le es ajeno a lo más sagrado y que no hay paredes ni cancelas capaces de impedir que los alargados tentáculos de lo mundano lleguen a cualquier parte.

25/05/2009

RAMÓN CALSINA EN EL MUSEU DEU DE EL VENDRELL


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No creo que exista ser humano sin la necesidad ocasional de desaparecer de la realidad que lo envuelve, de abandonar incluso hasta de la propia piel.
Confieso que me sucede. A veces me pesa tanto la rutina que busco cómo disiparme cuando la verdadera huida me es imposible. Así que indago en porciones de realidad donde recluirme y poder llegar tan lejos como la capacidad de evasión me permita.
Son agujeros negros por los que la existencia cambia de dimensión, pequeños atrezzos para la improvisación de una falacia que nos alejará de nuestras vidas, que nos permitirá recrear la fantasía de otro mundo, de otras historias que vivir, aunque sólo sea por unos instantes
Los libros cumplen a menudo esa misión. Transcender en ellos, diluirse en sus historias y trasladarnos a confines tan apartados como la narración nos pueda llevar. Pero otras veces deseamos encontrar en la realidad esas sugerencias donde perdernos.
Entonces me acerco al mar y desde el paseo desierto en los atardeceres, recorro el horizonte con mirada de funambulista, transitando por encima de la línea estrecha que lo delimita. La visión de ese renglón concreto es tranquilizadora para los niños, es la confirmación de los límites del mundo, allá donde el mar se junta con el cielo. Para el adulto, el horizonte es una esperanza, el consuelo de que, más allá de esa ilusión que sosiega al niño, existe otro mundo al que aspirar, una promesa a la que aferrarse.
A veces también me escondo en el arte. Cada cuadro, cada escena. Me convierto en polizonte de esas historias, como el clandestino que se acurruca en la bodega de un barco, observando con discreción, ansiando que un día llegue el momento de formar parte del paisaje prohibido.
En El Vendrell, se encuentra el Museu Deu, compuesto por una notable colección de obras donadas por el notario, ya fallecido, Antoni Deu Font. A lo largo de su vida Antoni Deu llegó a reunir casi 3.000 obras de arte catalogadas en diferentes estilos pictóricos y escultóricos, además de numerosas piezas de mobiliario y artes decorativas, entre las que destaca una valiosa colección de alfombras orientales.
En la primera planta, entre otras pinturas de diferentes estilos, pueden contemplarse algunos cuadros del pintor catalán Ramón Calsina (1901-1992), propiedad de Antoni Deu.
Desde finales de marzo, el museo acoge también una muestra itinerante de obras de Calsina, cedidas por la fundación que lleva su nombre. Si me animo a reseñarlo es porque entre sus trabajos se encuentran muchas de esas pinturas que a mi, como observador insatisfecho, me permiten esos minutos de escapismo de los que antes hablaba.
El interés por Clasina está en la disparidad de su obra, desde el retrato realista más emotivo, pasando por la caricatura satírica, la ilustración, la pintura de tintes oníricos y surrealistas. Pinturas plagadas de personajes envueltos en un halo de irrealidad sobrenatural, a veces de una sordidez que preludia desenlaces inciertos, y otras de una candidez desconcertante que enfrenta al observador a un juego de perspectivas múltiples.
Ramón Calsina es un pintor inclasificable, es un creador poliédrico a quien le molestaba el encasillamiento, tal vez por eso su obra no gozó de las atenciones que debiera ni de las valoraciones merecidas. Sus dibujos están repletos de ironía y procacidad, son provocadores y a través de ellos critica los aspectos más espurios y mercantilistas del mundo del arte.
Sin embargo el paisaje onírico está mucho más vinculado a sus pinturas, en las que incorpora elementos cargados de simbolismo, todos muy próximos a su geografía más inmediata, la del Poblenou barcelones.
He visitado dos veces la exposición, me he empapado de la magia de esas terrazas, de sus pinturas, de los arreboles tristes, como atardeceres de ensueño, de la serenidad que impone el dibujo de ese rostro senil que espera la muerte. Me he recreado en su obra y he vuelto a casa dispuesto a resarcir de nuevo la necesidad de huida, esta vez a través de estas líneas.

10/05/2009

REDESCUBRIENDO EL NEGRO

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Del pasado VISOR’09 “Líneas de sombra: Crónica negra” vuelvo ileso y redivivo. Hacía muchos años que no leía tanta novela negra de un tirón. En el año ochenta y dos, cuando el género en España tomaba cariz y las editoriales apostaban por la divulgación de un sinfín de nombres de aquí y de allá, cayó en mis manos aquel “Triste, solitario y final” de Osvaldo Soriano que me puso en la senda de lo criminal, una historia delirante donde el protagonista toma prestada la ayuda del cáustico Philip Marlowe para documentarse sobre la vida de Stan Laurel y Oliver Hardy. Resulta curioso que en ese libro, y no en los propios de Raymond Chandler, conociese la existencia de su detective, pero no sería la primera ni la última maravillosa sorpresa que me depararían mis desajustes como lector.
El segundo título de aquellos inventariados como de género criminal al que recuerdo haber accedido fue “Un asesino en las calles” de Gil Brewer, novela en la que, como dice en la reseña de la contraportada “No hay nada en ella que resolver, ningún asesino que descubrir. El asesino está ahí, frío e implacable, desde las primeras páginas, y como él hay miles. Porque la responsabilidad de la muerte ha dejado de pertenecer única y exclusivamente a la sabia naturaleza para pasar a manos de una sociedad disparatada, monstruosa y ciega que parece complacerse en su autodestrucción”.
Dicen algunos que las obras de Brewer no pueden considerarse excelsas, si bien “Un asesino en las calles”, la única suya que he leído y que me cautivó desde el inicio, es considera la mejor de sus creaciones. Su vida no fue un camino de rosas y harto de cardos y espinas, decidió poner tierra de por medio y elevarse a la espiritualidad llevándose a sí mismo por delante.
Parece evidente que no llegué a la novela negra por las vías principales sino a través de carreteras secundarias, aunque a pesar de la arbitrariedad de los accesos, esta deplorable memoria que desde siempre me ha acompañado conserva el recuerdo lúcido de algunos títulos y argumentos, algo a lo que no han resistido lecturas mucho más recientes.
Después llegaron muchos más, sin orden ni concierto, como caídos del cielo por obra de un azar del que ya no recuerdo rostros ni nombres, probablemente colegas con los que compartía aficiones y lecturas.
Ross Macdonald, Chester Himes, David Goodis, Mario Lacruz, M.V. Montalván, Carlos Pérez Merinero, James M. Cain, J. Thompson y tantos y tantos otros. Por aficionarme, hasta me aficioné al Gimlet, bebida predilecta de Marlowe, una combinación de ginebra y lima que todavía hoy me gusta paladear cuando el Jack Danields resulta prematuro o se agradece un punto de frescor ácido en las amígdalas.
Agoté muchas horas de lectura bajo las luces del flexo que iluminaba mi cuarto de estudiante, y a través de las páginas ásperas de las ediciones baratas que preludiaban las colecciones de bolsillo, descubrí los paisajes sórdidos de sus escenarios, los detectives dipsómanos y melancólicos que nada tenían que perder, los barrios de Harlem con iglesias de negros cantores, las historias de malos con causa, las bajezas de asesinos detestables y las crueldades de psicópatas enfermizos sin otra solución que terminar con un bala entre las cejas…Hasta que un día, no sé cuando, abandone la obstinación por lo negro para remitirme a otras fuentes menos catalogadas.
No fue ninguna abjuración, la literatura negra deja también impronta en otros autores sin dedicación preferencial por ningún género literario, y de lo último leído podría referirme a “Abril rojo” de Roncagliolo, al “Tiempo de los emperadores extraños” de Nacho del Valle, a algunos relatos de Cristina Fernández Cubas y a “Los asesionos”, una perla descubierta casualmente durante el periodo de preparación de la jornada VISOR’09. “Los asesinos” es una muestra magistral de la narrativa breve de Hemingway. Una historia condensada en trece páginas de la edición publicada por Debolsillo, en la que se incluye una ilustrativa introducción de García Márquez.
“Los asesinos” es un relato de género negro sin muerto, pero que puede tenerlo; sin justificación de la posible muerte, pero que puede tenerla. Es esa punta del iceberg a la que Hemingway gustaba de recurrir cuando quería explicar el fundamento de un buen cuento. “Los asesinos” es una narración cargada de elipsis significativas, de interrogantes y omisiones que ponen al lector ante la obligación de implicarse en la historia.
No es material para haraganes, ni para espectadores pasivos, amantes de historias circulares y cerradas. La grandeza del relato, la potencia de las imágenes que permite recrear en la mente del lector y las innumerables elucubraciones que genera, podrían dar lugar a un material mucho más amplio y explicito. Afortunadamente Hemingway no cayó en esa falta, loada sea su intuición.