21/06/2008

BIEN HALLADO KJELL ASKILDSEN


También este año estuve en la Feria del Libro de Madrid. Llegue a Atocha en el AVE muy temprano, serían las nueve y media, así que me di un homenaje en Casa Luciano desayunando chocolate con porras antes de encaminarme al Retiro. Subí tranquilamente por la cuesta que da a la Glorieta del Ángel Caído, después del homenaje no estaba el cuerpo para prisas.

Cantos de pájaros y algunos madrugadores sudando la camiseta a golpe de zapatilla. La calma rescatada en esa especie de burbuja verde que es El Retiro. Después vino el descorrer de persianas y las casetas fueron abriendo y en poco tiempo la Feria se puso en marcha el primer sábado, tras un viernes inaugural que para no contrariar la tradición, llegó cargado de lluvia.
Actos literarios en las carpas. Iniciativa muy loable la de las “Personas Libro” en la del Ayuntamiento de Madrid. Firmas en las casetas y nubes de tormenta en el cielo, que de forma intermitente descargaban chaparrones entre sol y sol.

Muchas cosas de interés y al llegar la noche tapeo en la Plaza de Sta. Ana y cervecitas a ritmo de música en vivo en el Populart y en La Fídula.
Y como siempre hay un detalle que destacar, esta vez, entre muchos posibles, me quedo con el descubrimiento de Kjell Askildsen.

Trasteando en una de las casetas me sedujo la portada del libro Todo como antes (Ed. Lengua de Trapo), una fotografía en blanco y negro de Bruce Davidson en la que la mirada reconcentrada de un anciano en primer plano y la indolencia de un segundo al fondo, irradian la esencia tediosa y desolada de ese Todo como antes. A la hora del almuerzo, bajo las frondas del parque, entro en materia y lo que me encuentro no me decepciona en absoluto.

En la reseña de la contraportada se parangona su obra con la concisión minimalista de Raimond Carver. Algo de ello hay, pero solo algo. No creo que Carver busque emocionar con lo que dice sino con el cómo lo dice, Pienso que ese tono lo consigue por la arquitectura de su escritura, tan poco decorada pero tan bien resuelta. Alguien hacía la metáfora de que era como si el narrador entrase con una cámara y filmase lo que está sucediendo, sin implicarse en la escena. Askildsen es más directo, el tremendo desamparo de los protagonistas se expresa en una narración en primera persona, relata el desaliento de los personajes, el desafecto hacia lo que les rodea y el miedo a la soledad y todo ello sin una fórmula tan elíptica como la de Carver.

Efectivamente, pienso que hay cosas de él, pero también de Bukowski o de Cheever, por poner algunos ejemplos muy ilustrativos. Aunque también encuentro cosas de la china Li Chi (Triste Vida, Ed. Belacqua) y seguro que de muchos más. El retrato del desasosiego es un argumento recurrente en la literatura contemporánea y es causa y reflejo de una forma de vida caracterizada por los desequilibrios de todo tipo.

A mi me queda mucha literatura por descubrir y a la industria editorial le quedan muchos retos por afrontar. Sucumbimos al boom latinoamericano y lo estamos haciendo con el after boom, empezamos a conocer mejor la literatura africana y algunos asiáticos empiezan a asentarse en las librerías españolas. La literatura nórdica es todavía una gran ausente, Henning Mankell, gracias al tirón comercial de la novela negra, y poco más.

En cualquier caso, por lo que a mi respecta, bienvenido seas Kjell Askildsen.

15/06/2008

... Y KAFKA SE SUBIÓ AL TREN


Subió a uno de aquellos trenes con el billete que le habían vendido en la taquilla de la estación. Indicó un destino y el operario le alargó la cartulina por el hueco que quedaba bajo el cristal. Una vez en el vagón y después de confirmar que no había sitio donde sentarse, buscó un rincón en la plataforma y allí se acomodó.
Después, al poco de iniciarse el viaje, el interventor se le acercó y le pidió el billete que él le alargó sin interés. El revisor le dio la vuelta entre los dedos y mirándolo a los ojos le dijo que aquel billete no era válido.
- ¿No vale? – Contestó con sorpresa - ¿Acabo de comprar este billete hace veinte minutos y me dice usted que no vale? ¿Qué es lo que no vale?
- Este billete es para un tren de cercanías y usted ha subido a un tren especial.
- ¿Especial? – Se quedó mirándolo con cara de ingenuidad, recorriendo con la vista el vagón, intentando encontrar eso que lo hacía especial - ¿Qué tiene este tren de especial? Pasa por los mismos lugares de siempre, los pasajeros hablan dando voces, los niños berrean, no hay lugar donde sentarse, los teléfonos suenan sin control cada dos minutos y la gente cuenta su vida miserable a voz en grito. Eso sin tener en cuenta que hace un calor insoportable y que ha salido de la estación con diez minutos de retraso. ¿Me puede decir dónde está lo especial?
- Este tren no para en ninguna estación - Le aclaró el interventor como quien avisa de que te acabas de colar en una fiesta de gente guapa a la que no estabas invitado – Va directo a destino.
-¡Ah, vaya! Eso lo aclara todo. Lo que lo hace especial es que no para en ninguna estación hasta llegar a término. Me quiere decir que no parando en ninguna estación, y teniendo en cuenta que hemos salido con diez minutos de retraso, tardaremos el tiempo habitual de un tren de cercanías que llegase a su hora. Es decir, que en último extremo, contando con que tiene los mismos inconvenientes que los demás trenes y que la ruta es la misma, lo que tiene de especial es la puntualidad de un cercanías. ¿Es eso, no? Este billete sirve para trenes especiales que tienen como objetivo llegar a la hora de un cercanías.
-Lo que quiero decirle es que este tren es más caro porque es directo – Y ahí nota un punto de intranquilidad en el interventor, que duda entre considerarlo un listo bacilón o un estúpido redomado.
- ¿Se da cuenta de lo que dice? Si este tren no fuese directo llegaría con retraso. Que el tren vaya directo, les beneficia en último extremo a ustedes. ¿Es que no lo entiende? Al menos podrán ofrecer puntualidad de cercanías.
- Lo siento señor. No está usted sólo en este tren. Tengo que atender a otros viajeros – Y el interventor abrió los brazos pretendiendo abarcar la inmensidad de su responsabilidad.
- Pues váyase joven ¿qué le retiene aquí? No soy yo quien le pone pegas al billete.
- Le repito que con este billete no puede viajar en este tren. Este tren es de una categoría superior al que le corresponde con ese billete.
- Nadie me avisó al pedirlo en la taquilla. Nadie me informó de que había billetes distintos para trenes distintos al mismo destino. Pedí un billete y el operario me dio este que le estoy enseñando. Permítame que le diga que se está usted complicando la vida.
- Señor, es usted quien se la está complicando solo. Si usted quería viajar en un tren sin paradas debía comunicárselo al operario de la ventanilla. Si no se lo aclara, él le dará un billete normal.
- ¿Y quién le dice que yo quería viajar en un tren sin paradas? Quería un billete para un tren que me llevase a mi casa y me lo han vendido ¿Debo adivinar cuantas opciones tengo para viajar? Pedí un billete para un destino, me lo vendieron y aquí lo tiene.
- De todas formas debe estar pendiente de la megafonía. Si escucha atentamente verá que este tren no admite billetes de cercanías, y el suyo es un billete de cercanías.
- Vaya, pretende que cuando ya me han vendido el billete esté pendiente de si me sirve o no para un tren que va en la dirección que necesito. ¿Nos hemos vuelto locos? Ustedes deberían informar antes de que hay varias opciones para el mismo destino, entonces yo podré elegir, pero si me avisan cuando ya he hecho la compra ¿Qué opciones me quedan?
- Esperar al próximo cercanías
- ¿Esperar? Escuche joven. Si vengo a la estación a una hora determinada es para viajar en ese momento no para esperar inútilmente media hora más en el andén. Y eso en el supuesto de que ese cercanías de que me habla no salga con unos cuantos minutos de retraso.
- Señor disculpe. Yo soy solamente un interventor. Si quiere hacer cualquier queja hágala en la oficina de atención al viajero en cuanto llegue a su destino.
- Bien, de acuerdo. Así lo haré. Ahora si lo desea puede continuar con su ruta y yo podré descansar un poco.
- Si, pero antes debe abonarme el importe de este trayecto – Insistió el interventor demostrando que aquel asunto se había convertido en una cuestión de honor.
- Oiga, no pretendo eternizarme con esta discusión absurda. ¿Cuanto cuesta de más el billete de este tren?
- Cuarenta céntimos.
- Mire, no tengo ganas de seguir discutiendo por cuarenta céntimos. Se los pago y todo resuelto ¿le parece bien así?
- No. Lo siento pero no puede ser.
-Ah ¿no? ¿Y por qué no puede ser?
- No, no puedo hacerlo. Tengo que cobrarle el billete entero.
- Joven confío en que esté bromeando. Si ya tengo un billete ¿por qué tengo que pagarle un billete entero?
- Porque está usted viajando con un billete incorrecto y si le permitiese hacer eso todo el mundo vendría con un billete de cercanías esperando que el interventor no pase o no llegue a tiempo y así ahorrarse los cuarenta céntimos.
- ¿De verdad cree usted que alguien, por cuarenta céntimos, está dispuesto a arriesgarse a esta situación surrealista por la que yo estoy pasando?
- Son las reglas señor.
- Las reglas. Joven no me tome por estúpido. Según saco en conclusión, debo pagar un billete más caro por tener un mejor servicio. Es obvio que mejor servicio no quiere decir comodidad. ¿Se da cuenta de que estoy viajando de pie? Excluida la comodidad parece que el beneficio está en la rapidez, pero todo lo que voy a conseguir si pago lo que me pide es llegar a la misma hora que llegaría con un billete de cercanías que es el que ya le estoy mostrando. Pues bien, no hay nada más que hablar. Estoy pagando el importe correcto para el servicio que ustedes me ofrecen. Y ahora por favor, desearía disfrutar del paisaje de la costa, ya que dar una cabezada de pie se me va a hacer materialmente imposible.
- Señor, me está poniendo las cosas muy complicadas. Tendré que sancionarle – Y terminó la frase con determinación y contundencia, esperando un efecto definitivo.
- No me diga ¿Y eso? – Contestó sin asomo del efecto esperado.
- Por viajar sin billete.
- ¿Ah sí? Y esto que es – Levantó el billete hasta casi estampárselo en la frente.
- Un billete incorrecto para este tren.
- ¿Pero es un billete por el que he pagado, verdad?
- Si
-Un billete correspondiente a la misma línea que otro que me pretende cobrar.
- Oiga...
- ...Un billete para recorrer el mismo número de kilómetros y llegar al mismo destino con el que llegaría en un cercanías.
- Oiga señor...- Notó que el interrogatorio cambiaba de protagonista y se afanó en enmendarlo.
- ¿Si o no?...
- Si , pero ...- Respiró con resignación y entornó los ojos rogando paciencia.
- ...Entonces no me diga que me sancionará por ir sin billete. ¿Se da cuenta?.. Usted me está acusando de una falta que no he cometido, públicamente me está tratando de incívico y yo puedo denunciarle por eso.
- No le estoy acusando de nada...
- Lo hace desde el momento que me quiere vender un billete completo cuando ya tengo uno. Por otro lado ¿Puede garantizarme que este tren llegará a la hora prevista, que recuperará los diez minutos de retraso?
- Oiga, eso no está en mi mano yo sólo soy un interventor.
- ¿Lo ve? Ustedes acotan su responsabilidad, se blindan en unas cuantas atribuciones de manera que en el fondo la culpa no es nunca suya. Usted no puede garantizarme el servicio por el que pago y, no conforme con que le abone la diferencia por algo que no voy a tener, quiere que pague dos billetes, uno el que le estoy entregando de cercanías y otro para trenes de media distancia.
- Le repito que yo no quiero nada y en vistas de que no se atiene a razones tendré que tomar medidas.
- ¿No me diga? ¿Va a tirarme en marcha?...
- Tendrá que abandonar el tren en la primera parada.
- ¡Genial! Es mi parada.
- Pero si no paga tendré que llamar al servicio de seguridad que le esperará a pie del andén en la estación.
- Vaya. ¿No tienen nada mejor en que ocupar el tiempo? Llame a quien quiera pero no estoy dispuesto a pagar un céntimo más.
En la estación de destino, dos guardias de seguridad con las porras enfundadas y un rottweiler sujeto por una correa esperaban al viajero en el andén. En el mismo momento en que la puerta del tren se abría, lo hacía también la puerta del servicio que había permanecido ocupado la mayor parte del viaje y tres jóvenes en bañador y con toallas enroscadas al cuello saltaban corriendo del vagón mientras los pasajeros de la estación no le quitaban ojo al ciudadano incívico, acordonado por dos guardias de seguridad y un perro de presa.

12/06/2008

GUARDIANES DE LA MEMORIA - ÁLVARO COLOMER


Álvaro Colomer (Barcelona, 1973) forma parte de un nuevo colectivo de narradores que alternan su actividad literaria entre el periodismo y la narrativa de ficción. Buena parte de su obra participa de las características del denominado periodismo literario o narrativo, de manera que sus libros se fundamentan en la investigación periodística.
Consecuencia de uno de esos trabajos de campo, basado en numerosas conversaciones con diversos protagonistas del mundo de la prostitución, fue su obra “Se alquila una mujer. Historias de putas” (Martínez Roca, 2002).
Una semana en varios tanatorios de Barcelona, conociendo la realidad de unos espacios presididos por la muerte dieron como resultado su novela “Mimodrama de una ciudad muerta” (Siruela, 2004).
Su última obra, “Guardianes de la memoria” (Martínez Roca, 2008), es consecuencia de un trabajo en el que indaga sobre la realidad de diferentes espacios geográficos estigmatizados por hechos concretos causantes de una notoriedad a veces indeseada. Acontecimientos que los despojan de cualquier otro pasado, dejando una impronta que los acompañará por generaciones.
Gernika, Chernóbil, Transilvania, Lourdes y Auschwitw. Cinco referentes cuyo único protagonismo en la historia será el que les concedan unas eventualidades que no dejan hueco para nada más.
El reportaje dedicado a la tragedia de Chernóbil le hizo merecedor del premio Internacional Award for Excellence in Journalism 2007. Otras obras publicadas por el autor son “La calle de los suicidios” (Círculo de Lectores, 2000), “Que la vida iba en serio” (Martínez Roca, 2004) y “Tierra de nadie” (Martínez Roca , 2006).
Álvaro Colomer es también colaborador habitual de La Vanguardia, Qué Leer y Yo Dona. En el año 2007 participó como invitado en la Jornada Literaria VISOR’07 dedicada a la Narrativa emergente.

11/06/2008

LA CALELLA (TUDELA DE VEGUÍN - ASTURIAS)


No recuerdo cuando vi por primera vez un negro o alguien de otra raza, tampoco recuerdo cuándo me subí por primera vez a un árbol, cuándo fue la primera vez que lloré de tristeza, o cuántas veces me caí antes de sostenerme sobre una bicicleta. Pero recuerdo la primera vez que cometí un acto inútil.
Las casas de los abuelos tienen detalles que se convierten en recuerdos imborrables. De la casa de los míos conservo la imagen de las polillas revoloteando en una bombilla de la entrada, un cuadro con la ilustración de un Ángel de la Guarda custodiando una pareja de niños junto a un río, un cubo de metal esmaltado y decorado con dibujos de flores y la antigua fábrica de la Tejera, que para nosotros siempre fue el castillo de los Reyes Magos.
Delante de la casa, en el centro de algo parecido a una plazoleta en medio de la calella, había una higuera que cada año se atiborraba de higos. Cuando maduraban caían al suelo y las moscas y las abejas zumbaban atraídas por el dulzor de la pulpa.
En la copa, entre las ramas apretadas, el bullicio de los gorriones era constante y abajo, justo enfrente, nosotros nos entreteníamos con cualquier cosa. Porque lo importante no era lo que se hacía, sino hacerlo allí, en aquella calella que tenía de todo. Tenía patos que abrevaban en un reguero y gallinas y perros sueltos y unos troncos de eucalipto que cuando nevaba se cubrían de blanco y quedaban ocultos hasta que el sol los volvía a descubrir, entre los bardales había unos arbustos de bayas rojas que comían las culebras y helechos junto a la pared de un lavadero que aun se conserva.
Mis amigos tenían carabinas, en los pueblos casi todos tenían una y nos pasábamos horas haciendo puntería contra los botes de metal, las dianas de papel y las ramas de los árboles.
Un día, sentado frente a la higuera, acompañado por el zumbido machacón de las abejas y la algarabía de los pájaros, apunté el cañón hacia las ramas y encaré uno de los gorriones que se merendaba un higo a picotazos. Alineé bien la carabina y apreté el gatillo.
Fue instantáneo, una pequeña explosión, una sacudida en el hombro y el bulto gris se precipitó contra la fruta podrida del suelo. Las moscas y las abejas desaparecieron y el zumbido insistente desapareció por unos segundos.
Lo levanté en la palma de la mano y me impresionó la cálida liviandad de su cuerpo y la cabeza pequeña que se le descolgaba de un lado a otro.
-A lo mejor se ha caído del susto- pensé, esperando verlo abrir los ojos y salir volando. Pero no lo hizo, y cuando le aparté el ala izquierda, justo en el medio del lomo vi una pequeña mancha carmín que le empapaba las plumas, y el pequeño amasijo de carne que le había dejado el balín al atravesarle el cuerpo.
No recuerdo si me dio pena, pero me quedó la imagen entre la de las polillas enloquecidas, el cuadro con el Ángel Custodio, el cubo esmaltado y la fábrica abandonada de la Tejera, refugio y almacén de los Reyes Magos.
Mientras que en la evocación de todas esas cosas hay un regusto agradable, la imagen del cuerpo caliente y sin vida del gorrión no me provoca nada, ni alegría ni tristeza. Un recuerdo sin emociones.
Matar aquel pájaro fue mi primer acto inútil, algo que dejó un recuerdo vacío, una huella sin sentimientos.